C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN MOVISTAR+, HBO MAX, PRIME VIDEO Y APPLE TV
Definitivamente, el personaje de Supergirl, creado por los mismos autores de Supermán, Jerry Siegel y Joe Shuster, no tiene suerte en sus adaptaciones cinematográficas. La de 1984, realizada al calor del gran éxito obtenido por la primera trilogía de Supermán (1978-1980-1983), fue un fiasco de taquilla, casi arruinando a los Salkind, sus productores. Ahora esta nueva versión, mucho más cínica y desprejuiciada (quizá demasiado…), también se ha pegado un costalazo monumental, con 170 millones de dólares presupuesto y una recaudación mundial de solo 126 millones (fuente de las cifras: The-numbers.com).
La historia se centra en la prima de Supermán, Kara, a quien conocemos ya adulta, el día que cumple 23 años, aunque su vida no es precisamente de color de rosa: vaga por los espacios siderales con su perro, al que adora, pero por un camino que no tardando mucho la llevará a las reuniones de Alcohólicos Anónimos… Se le cruza en el camino una adolescente de 13 años, Ruthie, que busca venganza por la muerte de sus padres y su hermano. Kara, como era de prever, pasa tres kilos de la niña, pero como también era de prever (qué previsible es el cine actual…) al final termina, a regañadientes, ayudándola, aunque intentando que la niña no arruine su vida matando a otro ser humano, aunque se lo merezca absolutamente…
Pero nos parece que Craig Gillespie, el director al que se le ha encargado el proyecto, quizá no ha sido la mejor elección: aparte de su irregularidad, sus películas de interés anteriores han sido, esencialmente, productos esquinados como Lars y una chica de verdad (2007) y Yo, Tonya (2017); aunque incidió en el fantástico en la versión siglo XXI del tema de los 101 dálmatas en Cruella (2021), en esa moda revisionista de nuestro tiempo de reivindicar a los malos de toda la vida de Dios, que resulta que no eran tan malos sino que la vida les hizo así (aquí suena el pitido estridente de un matasuegras…), no parece estar especialmente dotado para un film como éste, con tanto efecto digital y tanto escenario que solo existe en el disco duro del ordenador de los chicos del CGI.
Y es que nuestro tiempo parece requerir (o así lo creen las productoras y sus guionistas a sueldo…) la desmitificación, darle la vuelta como un calcetín a los mitos: así, nuestra Kara, la angelical Supergirl imaginada por Siegel y Shuster hace casi un siglo, es aquí una veinteañera muy echada a perder: cínica, borrachuza, sin horizonte vital más allá de ir dando tumbos de un planeta a otro, y que sólo tendrá una motivación realmente fuerte cuando su compañero del alma, su perrito, se encuentre en situación de vida o muerte y depender de ella poder salvarlo (no hablamos de llevarlo al veterinario, aquí las cosas son mucho más complicadas...). Tampoco, salvo al final, se pone el traje de Supergirl, sino que vuela y hace todos sus numeritos de superheroína con un “look” tirando a zarrapastroso, siendo benévolos en la expresión… Pero si la sacan hasta haciendo pis, por favor…
Todo ello como contraposición con Supermán, que aparece en varias ocasiones (aunque su papel no llega mucho más allá del cameo), al que aquí se le pinta como un tipo balbuceante, extremadamente bondadoso y totalmente entregado a la causa de cuidar de la Humanidad (vamos, lo que en estos tiempos es un papafrita…).
Hay alguna referencia audiovisual curiosa, como el deseo de venganza de la adolescente contra los que asesinaron a su familia que pide ayuda para ello a gente de colmillo retorcido, todo un clásico que ha aparecido reiteradas veces en el cine, sobre todo en el contexto del wéstern, como en Valor de ley (1969), con John Wayne, que tuvo un buen “remake” de la mano de los hermanos Coen en la también titulada Valor de ley (2010), con Jeff Bridges,
Las escenas de acción, realizadas con solvencia, tienen sin embargo el problema de, como es bastante habitual hoy día, estar montadas de una forma tan rápida que a veces el ojo humano no es capaz de asumir lo que está viendo, con lo que en buena medida lo que queda es un barullo de guantazos y puñetazos, sin que nos enteremos demasiado bien de quién le pega a quién, aunque suponemos que es la prota la que endiña y los malos los que reciben…
Hay también una tendencia bastante acentuada a lo que podríamos llamar el “muñequismo” entre los alienígenas, un poco en la línea que impuso hace décadas la saga de Star Wars, lo que, paradójicamente, otorga al film un tono impremeditadamente infantil, con tanto muñequito (o muñecazo…).
En cuanto al mensaje que busca transmitir (o al menos eso nos parece) es el de que en esta vida hay que ser buena (o bueno, claro), aunque se pueda ser a la vez desagradable o duro: no veo porque no se puede ser bueno, agradable y no duro, pero ese es el mensaje… También su tema es el de la esterilidad de la venganza, aunque aquí tenga una doble vertiente: si estás al comienzo de tu vida, no la arruines con eso; pero si estás echada a perder, ¿qué más da? (una peculiar interpretación, la verdad…).
Hay formas y formas de desmitificar, y nos da la impresión de que aquí se han pasado de frenada. Sí es verdad que hay cierto humor, no se toma demasiado en serio a sí misma, y eso siempre es una virtud, aunque no está claro si los fans de la franquicia lo ven así…
La prota, Milly Alcock, resulta una convincente Supergirl que pasa de todo; la jovencísima Eve Ridley da bien el papel; Jason Momoa vuelve a sus personajes malos pero buenos, con una estética “punk” de lo más divertida. El belga Matthias Schoenaerts, el villano por antonomasia de la peli, aplica el mismo criterio de Henry Fonda en el único papel de malo que hizo en su vida, en Hasta que llegó su hora, y no mueve (literalmente…) una ceja…
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