Enrique Colmena

24/08/2026

Los hechos

El exterminio de los pueblos amerindios durante la Conquista del Oeste en Estados Unidos fue un violento proceso de expansión territorial y despojo que diezmó a las naciones indígenas a lo largo del siglo XIX. Esa Conquista del Oeste rompió con las formas de vida tradicionales de los nativos mediante el uso sistemático de la fuerza militar. Ideológicamente el país se apoyó en el llamado Destino Manifiesto, creencia cuasi (o sin cuasi…) teocrática que entendía que Dios había dado a los colonos blancos el derecho de ocupar todo el continente (como si Dios estuviera para eso…). Ello conllevó un evidente desprecio racial, viendo a los indígenas como salvajes que estorbaban el progreso de la nueva nación. La justificación legal se apoyó en un “corpus” legislativo aprobado “ad hoc” por el gobierno, como la Ley de Traslado Forzoso de los Indios de 1830, que fue utilizada para expulsar a las tribus aborígenes de sus tierras ancestrales. Para ello el muy democrático (por las que hilan…) estado norteamericano no dudó en lanzar campañas bélicas de su poderoso ejército, con ataques indiscriminados y matanzas masivas, como la tristemente conocida como Masacre de Wounded Knee, en 1890, en la que los militares acabaron con la vida de cientos de hombres, mujeres y niños sioux. Las guerras contra los indígenas (apaches, comanches, cheyennes, semínolas, navajos, chéroquis, sioux, arapajoes, entre otros), comandados por legendarios jefes como Toro Sentado, Cochise, Caballo Loco o Gerónimo, se prolongaron durante décadas, utilizando el gobierno técnicas tan inicuas como fomentar la matanza masiva de bisontes para dejar sin alimento a las tribus de las llanuras. Finalmente, vencidos los pueblos amerindios, los supervivientes fueron confinados por la fuerza en “reservas”, donde se buscó despojarles de su identidad mediante la “reeducación” de los niños en colegios para desarraigarles de su lengua y sus costumbres ancestrales, lo que, a la larga, terminó con el fin del tradicional modo de vida nativo. 


Las películas y las series

Si hay una mentira realmente gigantesca en la Historia del Cine, esa es la forma en la que el cine clásico norteamericano de los años treinta, cuarenta y cincuenta (con algunas excepciones) trataron este exterminio amerindio, haciendo que lo que se presentaba en pantalla fuera justo lo contrario de lo que ocurrió: los indios eran los malos, los salvajes que asesinaban cruelmente, y los blanquitos (civiles o militares) lo que hacían era proteger a los pobrecitos colonos que “solo” querían echarlos de su tierra…

Afortunadamente, a partir sobre todo de los años sesenta, ese paradigma voló por los aires, dado que era difícil seguir sosteniendo una mentira tan abominable. Pero para eso tuvieron que pasar muchos años, y muchas películas, en las que los amerindios eran presentados como seres infrahumanos, menos que animales, y por supuesto ahítos de todas las perversiones imaginables.

Parece conveniente que nos vayamos prácticamente a los inicios del cine, o casi, a un corto de 1914, The Battle at Elderbush Gulch, dirigido por el pionero (y en buena medida creador del lenguaje del cine) D.W. Griffith, en el que plasmaba, quizá por primera vez en pantalla, el canon de los indios salvajes sedientos de sangre, que asediaban un campamento de inocentes colonos, mujeres y niños incluidos… Griffith, que ese mismo año ya había rodado una de las películas más racistas de la historia, El nacimiento de una nación, se volvía a cubrir de gloria; y es que Griffith fue un cineasta extraordinario, pero como persona dejaba mucho que desear…

Uno de los directores (otro de los grandes) que más hizo, al menos en una primera etapa, por acuñar ese tópico del indio malvado “per se” fue John Ford, quien nos dio varias “perlas” tan buenas cinematográficamente hablando como, en el aspecto humano, muy controvertidas. Así, en la espléndida La diligencia (1939) los indios son una presencia amenazante que aparece casi de la nada para asesinar y destruir salvajemente, como si su sentido en la vida no fuera otro que matar cuanto más sádicamente mejor a aquellos rostros pálidos que lo único que hacían era invadir sus tierras, pobrecitos… También en Fort Apache (1948), igualmente de Ford, la mirada hacia los amerindios no era nada positiva, pintándolos como una masa cruel y vengativa, traicionera y sádica. Pero Ford, que no tenía un pelo de tonto (en esa época ya tampoco de los otros…), supo darse cuenta de hasta qué punto ese retrato funesto, ese cliché de los indios malísimos, en realidad, no se correspondía con la realidad, y nos daría posteriormente dos películas que fueron matizando claramente su primitivo y tan asqueante mensaje: así, en Centauros del desierto (1956), la figura de John Wayne, su héroe por antonomasia, el macho total del Oeste, está determinado a matar al personaje de Natalie Wood por haber sido raptada cuando niña por los indios, sabiendo que, ya adulta, había desposado voluntariamente con el jefe indio, lo que, a sus ojos, la convertía en una india más, y por ello, sin derecho a vivir; sin embargo, el personaje de Jeffrey Hunter, el hermano adoptivo de la chica, mucho más joven y tolerante (y con el que el espectador se identificará), se opondrá absolutamente a ello, incluso arriesgando su vida para evitarlo. Wayne, en una evolución que marca también la del propio Ford, terminará aceptando a Wood tal cual es.

La otra película de John Ford sobre el tema, y que culmina la transformación del cineasta de ancestros irlandeses sobre la cuestión amerindia, será El último combate (1964), su penúltima película, en la que se cuenta la historia desde la perspectiva india (cheyenne, en este caso), a partir de un hecho real, el confinamiento de esta nación indígena en la árida Oklahoma, y cómo este pueblo amerindio decide viajar 3000 kilómetros hacia sus tierras ancestrales de Yellowstone, donde espera vivir en libertad, y la persecución a la que fueron sometidos por el Ejército yanqui, todo ello hacia 1878.

Dentro de esa mirada antiaborigen del cine clásico destaca por su maniqueísmo manifiestamente mentiroso Murieron con las botas puestas (1941), dirigida por Raoul Walsh, con Errol Flyn como el execrable general Custer, que aquí aparece como un héroe cuando no fue sino un matarife, un tipo con tantas agallas como falta de piedad, que incurrió en matanzas como la del Río Wishita, donde los hombres a sus órdenes masacraron a cientos de cheyennes. La película de Walsh narra la biografía mitificada de aquel canalla, y se cierra con su muerte y la de sus soldados a manos de los indios en la batalla de Little Big Horn, por un gravísimo error de cálculo en el que incurrió por una mezcla explosiva de arrogancia y temeridad, al no pedir los refuerzos necesarios para enfrentar a una poderosísima coalición amerindia. 

Pero, ya a comienzos de los años cincuenta, Hollywood empieza a darse cuenta de que el retrato del indio como asesino salvaje sin piedad ni compasión se alejaba absolutamente de la realidad y, aunque aún habrá bastantes films donde aparecerán como tales, también comienza a modularse el discurso en la buena dirección. Así, en Flecha rota (1950), de Delmer Daves, veremos a un jefe indio, el mítico Cochise, como lo que fue, un líder, un hombre de estado, que se entenderá con el protagonista blanco (un James Stewart muy en su papel humanista); eso sí, de Cochise hacía el muy blanco y occidental Jeff Chandler, adecuadamente maquillado para la ocasión… En esa misma línea, Robert Aldrich hace pocos años después Apache (1954), en la que tendremos a Burt Lancaster haciendo el indio (literalmente…), como orgulloso indígena que se enfrenta a los blancos cuando su jefe, Gerónimo, se rinde, en una historia de nuevo sobre la dignidad del amerindio y la forma en la que los rostros pálidos la intentaron doblegar. 

Aunque en los años sesenta hay algunas películas más que inciden en esta revisión del papel adjudicado a los amerindios en la Conquista del Oeste, serán en los setenta cuando, con los nuevos tiempos más libres y menos prejuiciosos, eclosionará un cine que reivindicará la figura del indio norteamericano como el ser humano que fue expulsado de sus tierras, masacrado si no se marchaba, y finalmente confinado en guetos llamados reservas. Se sucederán los títulos de interés en ese sentido: Un hombre llamado caballo (1970), de extraordinario éxito comercial, con dirección de Elliot Silverstein, presentará a un hombre blanco secuestrado por los indios que terminará convirtiéndose en uno de ellos, imbuido a la perfección del sentido de la dignidad y del orgullo de los pueblos indígenas americanos, con un Richard Harris en el papel de su vida; de su éxito da idea el hecho de que se hicieran hasta dos secuelas, progresivamente más endebles, eso sí… 

En Soldado azul (1970), con dirección de Ralph Nelson, se enfrentarán dos criterios contrapuestos, el del militar del título (yanqui, de ahí el color…), interpretado por Peter Strauss, y el de una mujer, Candice Bergen, que conoce perfectamente a los indios por haber convivido con ellos varios años. Con un final atroz, que recrea una de las masacres que perpetró el ejército yanqui sobre los indios, la película fue un punto y aparte tras la que difícilmente se pudo volver al discurso oficial y aberrante de la maldad intrínseca de los indígenas y la supuesta guerra defensiva de los blancos. 

Para terminar de remachar el clavo, ese mismo año se hace Pequeño gran hombre (1970), con dirección de Arthur Penn, del ala progresista de Hollywood, en el que contaba la historia de un hombre blanco (inmenso Dustin Hoffman) criado por los cheyennes, que a lo largo de su existencia vivirá alternativamente como hombre blanco o indio, y cuyos recuerdos desmontarán, con cierto humor negro, todos los tópicos sobre la supuesta monstruosidad amerindia, terminando con la batalla de Little Big Horn donde un Custer delirante resulta la contrafigura absoluta del que compuso Flynn en Murieron con las botas puestas.

Damos un salto de casi dos décadas para encontrar otro título relevante sobre este asunto, largo período sin películas a glosar en este aspecto que se justifica por el hecho de que, a partir de 1976, con El último pistolero, de Don Siegel, el wéstern clásico prácticamente desaparece. Pero en los noventa tendrá un efímero refulgir con Bailando con lobos (1990), dirigida y protagonizada por Kevin Costner, que consiguió 7 Oscars, incluidos los relativos a Mejor Película y Dirección, una melancólica elegía sobre el pueblo indio visto desde la perspectiva de un desencantado oficial yanqui que entablará una profunda amistad con los habitantes de una tribu sioux. En esa misma década nos encontramos con Gerónimo, una leyenda (1993), cuya peculiaridad estriba en el hecho de que, con dirección de un entonces todavía en forma Walter Hill, el guion estaba firmado por John Milius, epítome del ultranacionalismo americanista (blanco, se entiende…), un tipo a cuyo lado Santiago Abascal es un peligroso izquierdista… Pues sin embargo la mirada que se hace aquí es bastante proclive a las tesis indígenas, relatando el justificado levantamiento efectuado por el jefe indio del título cuando su pueblo es confinado a una reserva, con un Wes Studi (por fin un actor con ancestros aborígenes…) como verosímil caudillo piel roja. 

Ya en el siglo XXI nos encontraremos (a pesar de la defunción del wéstern clásico, aunque se pueda hablar con toda razón de un muy interesante neowéstern) con algunas muestras sobre este tan justificado revisionismo, como el telefilm de la HBO Entierra mi corazón en Wounded Knee (2003), con dirección de Yves Simoneau, que presenta en pantalla la lacerante historia de la decadencia de los indios a manos del brutal empuje y las masacres perpetradas por los norteamericanos blancos, culminando en la famosa y terrible masacre de Wounded Knee, en 1890, en la que murieron cientos de indios, incluidos mujeres y niños.

La guinda de esta increíble historia del aniquilamiento de una raza por otra la tendremos ya en nuestra década de los años veinte de este siglo XXI, en la (hasta ahora) última película dirigida por el gran Martin Scorsese, Los asesinos de la luna (2023), basada en hechos reales acontecidos en los años veinte del siglo pasado; aunque ya había terminado la Conquista del Oeste, la traemos aquí porque ejemplifica perfectamente la postura paternalista y, en el fondo, criminal, que inspiró en buena medida al estado norteamericano (y a muchos de sus ciudadanos, me temo…), en una historia en la que nos enteramos de cómo los blancos de la época se las ingeniaron para quedarse por la cara con las propiedades de los indios (y, ya de paso, pasaportar al otro barrio a varios de ellos…) a los que, se supone, debían proteger… Con un estupendo Leonardo DiCaprio, al que cada vez se le dan mejor los personajes bobos (no es un insulto, ni mucho menos: hacer de memo, no siéndolo, no es tan fácil…).

Ilustración: Una imagen de Bailando con lobos (1993), dirigida y protagonizada por Kevin Costner.

Próximo capítulo: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. La Conquista del Oeste: las guerras con México (VIII)