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En 2019 RTVE, a través de la compañía DLO Producciones, acometió la grabación de una serie titulada La caza. Monteperdido, sobre la novela de Agustín Martínez precisamente titulada Monteperdido. El novelista actuó también como creador de la serie, compuesta por 8 episodios, un thriller ambientado en el Pirineo Aragónes, en el entorno del Parque Nacional de Ordesa y Monteperdido, paisaje de extraordinaria belleza donde la UCO, la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (la élite de la investigación policial en el Benemérito Instituto), reabre un caso de desaparición de dos menores cuando una de las dos niñas reaparece inesperadamente; pronto veremos que la investigadora principal, Sara, tiene serios problemas psicológicos derivados de traumas infantiles… Como la serie fue bien de audiencia y crítica, se hizo una segunda entrega, ahora titulada La caza. Tramuntana (2021), ambientada en la Sierra de Tramuntana, en Mallorca, ahora con la UCO investigando un extraño asesinato ocurrido en la zona.
La tercera entrega (siempre en tandas de 8 capítulos) será La caza. Guadiana (2023), ahora ambientada en la frontera fluvial entre Portugal y España, en las riberas del río Guadiana, para investigar el caso de un asesinato ejecutado por un menor diagnosticado de esquizofrenia, con brotes psicóticos.
Esta cuarta entrega que ahora comentamos, La caza. Irati, como siempre compuesta de 8 episodios, se sitúa en Navarra, concretamente en el entorno de la llamada Selva de Irati, al norte de la comunidad foral, y en ella Sara ya no está en la UCO ni forma parte de la Guardia Civil, pero sí presta servicios de asesoría al cuerpo armado como psicóloga. Ahora tendrá que intervenir en el caso, junto a los investigadores principales, el teniente Selva (del que se puede decir que es cualquier cosa menos simpático…) y la capitana Gloria Mencía, que está al frente de la investigación. Aquí, cinco años más tarde de los sucesos acontecidos en el entorno del Guadiana, el crimen a indagar será el de una mujer, llamada Laia, que, en medio del bosque de Irati, cuando camina junto a su pareja, sufre un accidente que le impide andar; su compañero va en busca de ayuda, pero cuando llega con otras personas a auxiliarla, la encuentran muerta, colgada boca abajo de un árbol, totalmente desnuda y chorreando sangre… Llega la UCO para investigar el crimen, y pronto se enteran de que hay cosas extrañas en el caso, como que el hijo de la muerta, un chico autista llamado Eneko, desapareció 3 años atrás y nunca más se supo de él, aunque se buscó exhaustivamente en la selva de Irati. Conocen también que la asesinada estaba muy involucrada en movimientos ecologistas que se oponían a la tala incontrolada de árboles del bosque, una de las fuentes de ingresos del pueblo, con lo que no era precisamente muy popular entre sus paisanos…
Agustín Martínez, el creador de las sucesivas entregas de la serie, es evidente que ya le tiene tomada la medida a la misma, moviéndose con seguridad con los personajes, que están muy perfilados. Otra cosa es que el esquema sigue siendo, en términos generales, el mismo, con un crimen (sea secuestro, asesinato o similar, más los que se suelen ir añadiendo en el transcurso de la trama) que hay que resolver, los guardias civiles de la UCO en el lugar de los hechos, y los problemas psicológicos de Sara (protagonista absoluta de las cuatro La caza) como línea secundaria que con frecuencia se convierte en primaria y, también a menudo, converge con los casos que se van investigando, como ocurre aquí también.
Así que está bien que nos encontremos en un universo ya conocido, con la confortabilidad que da ello, pero también con una cierta sensación de fatiga en las historias que presentan elementos redundantes respecto a las anteriores entregas; tampoco ayuda el hecho de que aquí aparezcan asuntos que parecen sacados directamente de otros audiovisuales, como las fantásticas criaturas de la mitología eusko-navarra, como el basajaún, una especie de primo segundo (por parte de padre…) del yeti, pero con menos frío y menos pelo, una figura legendaria que ya apareció en la llamada Trilogía del Baztán, las novelas de Dolores Redondo que serían llevadas a la pantalla por Fernando González Molina, ambientadas precisamente en una zona igualmente boscosa de navarra, el llamado Valle del Baztán. Y en los últimos capítulos aparece la evidente influencia de otros audiovisuales en torno a la sobreprotección paterna y la obsesión de los progenitores de evitar el contacto de los hijos con la civilización, tema central de films como el griego Canino o el yanqui El bosque.
Habrá también espacio y tiempo para otras derivadas que en las otras La caza ya aparecían, como el acoso infantil y adolescente a chicos desvalidos o con problemas de autoestima, ya un lugar común siempre que haya personajes de ese sector de edad de la población en la trama, haciendo una denuncia acerba de esos grupos de chulitos que le hacen la vida imposible a quienes no tienen la suerte de tener tanta seguridad en sí mismos, o una familia bien que te respalde absolutamente, hagas lo que hagas, o simplemente que les caigas mal.
Aquí la historia irá haciendo flashbacks hacia 3 años atrás, con la desaparición de Eneko, el hijo autista de la primera víctima asesinada, y con algunas irisaciones derivadas de esa desaparición, que permitirá el acercamiento al tema desplegado en las mentadas Canino y El bosque, un tema que, ciertamente, parece un tanto pillado por los pelos, y no digamos sus consecuencias, que entroncan directamente con el mito del buen salvaje de Rousseau o con El pequeño salvaje, de Truffaut…
Eso sí, con más frecuencia de la deseable, La caza. Irati recurre a los sustitos y los rancios trucos del mal cine de terror (aunque ése no sea el género de esta serie), ése que no concibe el misterio si no es asustando o sorprendiendo al espectador, buscando más procurarle un infarto que una placentera sensación de escalofrío.
Hay una línea argumental que aquí se hace especialmente fuerte y visible, cual es la capacidad de Sara de “corporeizar” (evidentemente en su magín…) a seres que han sido determinantes en su vida, en una suerte de poder de disociación que le permite crear personalidades extracorpóreas, como su amado Víctor, asesinado en el caso anterior, un ectoplasma generado por ella misma que actúa un poco a modo de Pepito Grillo, aunque a la inversa: éste en vez de frenarla para que no haga disparates, la empuja a ello…
El conjunto mantiene razonablemente el interés del espectador, que al fin y al cabo es a lo que aspira un producto como este, aparte de tocar temas de actualidad como el “bullying”, el ecologismo, los problemas psicológicos o la tentación del aislacionismo de la sociedad. No es ninguna maravilla, pero ciertamente resulta agradable de ver.
En el reparto actoral Megan Montaner confirma que es una de las actrices de su generación mejor dotadas para sufrir en pantalla (a ver si le dan ya una comedia, pobrecita…). El carmonense Félix Gómez también encarna con soltura su (más bien desagradable) personaje, si bien en otros papeles nos parece que los directores de casting no han estado demasiado acertados, como en el caso de Roger Casamajor, cuyo airado padre de Eneko, el adolescente desaparecido, no nos lo terminamos de creer en ningún momento, apareciendo demasiado sobreactuado; y es que al por lo demás buen actor andorrano, este tipo de personajes irascibles no le cuadran para nada…
(11/06/2026)