C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN FILMIN
Algún día habrá que comentar más detenidamente el papel que está jugando la figura del robot en el cine moderno, quizá a la par que las nuevas tecnologías (como esa Inteligencia Artificial tan fascinante como inquietante, que amenaza con revolucionar el mundo futuro, que cada vez está más cerca), aunque hay que decir que, en general, el cine está tratando benévolamente a este novísimo personaje (bueno, no tan novísimo, que ya aparecía, sin ir más lejos, en el Metrópolis de Lang de los años veinte del pasado siglo…), a veces en carne y hueso (bueno, queremos decir en silicio y fibra óptica…), como en las todavía recientes Robot dreams, de Pablo Berger, o Robot salvaje, de Chris Sanders, magníficas películas que proponen una relación como iguales con los humanos, o incluso tomando el papel de estos, plenamente humanizados.
Mi robot favorito (título algo pedestre para el original Space cadet, literalmente “cadete espacial”, que tampoco es ninguna maravilla…) es la película con la que se estrena en el cine eso que habitualmente se suele llamar “un artista multidisciplinar”, Kid Koala, nombre artístico de Eric Yick Keung San, canadiense cuyos padres eran hongkoneses, un hombre que se ha hecho un nombre como artista en muy diversas facetas, aunque la preponderante sea la de músico, disciplina en la que se ha desempeñado como DJ, productor musical e intérprete multimedia, además de haber actuado como productor teatral, artista visual en “performances”, actor, compositor para bandas sonoras de películas, novelista gráfico… vamos, nada más que le falta hacer números acrobáticos como en el Circo del Sol, que también son canadienses, así que no hay que perder la esperanza de verlo de saltimbanqui…
En 2011 Kid Koala, ya convertido en toda una personalidad de la escena cultural canadiense, publicó la novela grafica Space cadet (ya anteriormente había publicado otra, titulada Nufonia Must Fall). Ahora la lleva a la pantalla, en una obra ciertamente singular, aunque es cierto que se nota un tanto la novatez de su bisoño director, como veremos.
La historia se ambienta en un mundo indeterminado, en el futuro (o es un mundo alternativo al nuestro, que también puede ser; en realidad, es una cuestión irrelevante…), en el que los viajes al espacio, fuera de la Vía Láctea, son lo más común del mundo, como ir a comprar el pan (bueno, casi…). Conocemos a Celeste, una joven que se prepara en la Academia Espacial para ser astronauta, como su madre, Stella, desparecida en las estrellas (sí, los nombres están puestos “ad hoc”, como la propia Celeste, “del cielo”). La joven está al cuidado de un robot, que hace las funciones de servicio de casa, pero también, casi inadvertidamente, actúa como “mamá suplente” de la joven. Cuando la muchacha sea enviada al espacio en su primera misión galáctica, tendrá que dejar durante 6 meses a su robot, que habrá de entretener la espera como pueda… si es que puede…
Sobre el guion escrito por Mylène Chollet, a partir de la propia novela gráfica homónima de Kid Koala, la película está rodada en animación digital CGI, si bien el director, con buen criterio, ha optado por jugar con fondos muy naifs, casi como dibujos en 2 dimensiones hechos por un niño, para acentuar el carácter de fábula infantil y familiar de su proyecto. Así, formalmente la película presenta paisajes premeditadamente muy esquemáticos, buscando el diseño infantil, simple, sencillo, huyendo de la perfección de Pixar y otras grandes multinacionales, con las que no puede competir en recursos económicos. Por supuesto, es una opción artística plenamente válida.
En cuanto al fondo, Mi robot favorito indaga en la posibilidad de que los robots, los androides, pudieran generar lazos sentimentales con las personas que tienen a su cuidado, especialmente en el caso de los niños, con los que podrían actuar, como aquí, como auténticas madres sustitutas, no solo atendiéndolos en lo material, sino también en lo afectivo: ese robot arropando a la pequeña Celeste cuando ésta se acuesta por la noche sería quizá una de las pruebas más evidentes y sencillas; también lo será, en cuanto a las consecuencias en esa relación emocional, el proceso de deterioro cognitivo al que la melancolía de la ausencia del ser querido, para el robot, supondrá la pérdida de sus funciones, al negarse a perder los recuerdos de la infancia de la niña, que son algo más que un archivo multimedia: son su propia razón de ser, de existir, haber vivido, y haber contribuido, a esa infancia salpicada de momentos dichosos, tan fugaces como valiosísimos, en una bellísima metáfora sobre los sentimientos maternales, paternales. Habrá que hacer mención especial a la intencionalidad que pone Koala en el uso de la papiroflexia entre sus personajes, dando lugar a una forma de complicidad más entre la chica y su robot ayo, elaborando figuritas de una gran creatividad, que finalmente servirá también, como símbolo, para cerrar el duelo de la joven por el amasijo de chips que tan amorosamente la arrulló durante su niñez.
Esa cercanía entre robots y humanos, en especial de los humanos todavía en ciernes como adultos, es su tema, plasmado de forma sutil, delicada, por un neófito cineasta, este Kid Koala, que ciertamente apunta muy buenas maneras en la forma y el fondo de lo que nos cuenta. Otra cosa es que quizá el tema no diera para un largometraje al uso, y haya que estirar un poco las situaciones, en una historia que, desde que Celeste se va a la bóveda celeste (lo siento, no lo he podido evitar…), presentará por un lado la melancolía del robot, que intenta llenar el tiempo libre que le ha dejado la ausencia de su amada niña, con pasatiempos como la pintura, en la que de todas formas lo que retratará será, precisamente, esos recuerdos de infancia que, al final, lo son todo para él, simultaneando esa línea argumental con la de la joven astronauta en el espacio teniendo que hacer frente a un casi infinito ejército de comecocos (es que lo parecen, aunque no lo sean…), lo que conseguirá con un ingenioso sistema basado (aunque no se diga) en las contramedidas que lanzan los submarinos para evitar ser alcanzados por los torpedos o misiles dotados de infrarrojos. Esa segunda línea es más entretenida, mientras vemos como la joven se las ingenia para dar esquinazo a semejante multitud de bichos, aunque también es temáticamente algo inferior a la línea argumental del progresivo deterioro del robot en la inmensidad de su soledad.
Todo ello sin diálogos, como ya es casi una convención en el cine de animación con androides (Robot dreams y Robot salvaje tampoco los tenían), siguiéndose perfectamente la narración, sin problemas, en una película que, quizá por el forzado estiramiento de la trama, resulta algo sosita, un tanto árida, aunque ello se compense razonablemente con su tema, la delicada exposición de una hermosa, nostálgica historia de amor maternofilial entre humanos y máquinas, en una clara apuesta por la (futura, no tan lejana) integración plena de los robots en las familias como uno más del clan.
Como era de imaginar, dada la profesión principal del director, Kid Koala, músico, la cuidadísima banda sonora está preparada expresamente por él, tanto con temas originales suyos como con hermosas canciones, de corte nostálgico y elegíaco, que tan bien convienen al film, dotándolo de esa evanescencia, de esa levedad que busca Koala como realizador.
86'