Pelicula:

Pablo Berger (Bilbao, 1963) no se puede decir que sea un director prolífico: en 20 años de carrera profesional como tal (antes se dedicó a la enseñanza y a filmar videoclips) solo ha rodado cuatro largometrajes, a saber: Torremolinos 73 (2003), una dramedia romántica ambientada en el turbio (y cutre...) ambiente de la industria del porno casero durante el tardofranquismo; Blancanieves (2012), brillantísima y nigérrima revisitación del cuento clásico, que le encumbró como una de las voces más interesantes del cine español de este siglo XXI; y Abracadabra (2016), que rebajó considerablemente las expectativas, una comedia negra que no tenía muy claro qué es lo que estaba contando.

Ahora esta Robot dreams nos reconcilia con él. De entrada, lo que se aprecia es que Berger es un ecléctico de manual, con cuatro películas y cuatro temas distintos, aunque haya coincidencias entre ellas, desde luego. Y lo que es inusual es que un director de cine español de acción real, es decir, con actores, se pase al cine de animación (es cierto que Fernando Trueba lo ha hecho, pero no es frecuente), lo cual habla también de curiosidad artística, de interés por hacer cosas nuevas, por hollar sendas sin explorar.

La acción de esta deliciosa comedia con irisaciones de drama se desarrolla en un alternativo Nueva York habitado por animales antropomórficos; conocemos a Perro (aquí los animales tienen como nombre propio el común de su especie), un can que vive solo; la contemplación en la tele de un anuncio en el que se publicita un robot como amigo mecánico le incita a abandonar esa soledad que le aburre; una vez el paquete en casa, enviado por el Amazon de turno (o Ikea, porque viene despiezado...), lo arma y pronto Robot se convierte en su mejor amigo (también el único...). Un día ambos van a la playa neoyorquina a disfrutar y lo pasan pipa, pero se quedan dormidos en la playa y, cuando se despiertan, ya no hay nadie; Robot, quizá por falta de aceite lubricante, se ha quedado varado, no puede apenas moverse; Perro intenta infructuosamente transportarlo, hasta que finalmente corre a su casa a por herramientas para poder arreglarlo. Cuando vuelve, la playa ha cerrado ya por esa temporada hasta el verano siguiente; sus reiterados y desesperados intentos de entrar se saldan con una detención por parte de la Policía, así que Perro se resigna a esperar los meses que faltan hasta que se reabra la playa y pueda entonces recuperar a su querido amigo...

Realmente sorprende la capacidad de Berger para, a través de un film de dibujos animados en el que no se habla ni una sola palabra, llegar tan profundamente al espectador. Y es que sus temas, rebozados en un cierto humor con frecuencia irónico, son temas de siempre del ser humano (como ya sabemos, las fábulas, en las que los animales hablan –o no hablan, como es el caso-, no son sino una transposición de conductas, actitudes y formas de ser y actuar del homo sapiens). Porque, ahí es nada, Robot dreams habla de amistad, quizá de amor (esos sentimientos contiguos que a veces, o con frecuencia, son una misma cosa), pero también de la inmensa nostalgia que nos deja la pérdida, definitiva o temporal, de un ser querido, incluso de graves asuntos, quizá los mayores de la Humanidad, como son la paternidad o la maternidad, la capacidad para reproducirnos o, sin hacerlo, asumir absolutamente los roles de padre o madre y serlo entregadamente, abnegadamente, dolorosamente. Pero es que Robot dreams nos habla incluso del tiempo concreto del amor, o de la amistad, cómo estas tienen también su momento, y cómo a veces el destino determina que ese momento pasó, y entonces es mejor dejarlo correr, entregarse al nuevo ser amado, y dejar que el que para ti lo fuera todo viva feliz con su nueva ilusión.

Temas graves, entonces, en esta fábula deliciosa, emocionante hasta las lágrimas, repleta de inteligentes guiños cinéfilos (entre otros, citas visuales a Frankenstein, a Psicosis, a El gigante de hierro, en cuyo diseño del robot parece inspirarse el coprotagonista mecánico de esta película), que nos lleva de la mano en la entrañable aventura de Perro (qué apropiadamente escogido el animal protagonista: ninguno tan leal, tan fiel, como el viejo descendiente del canis lupus, del lobo que nos aterrorizó en las cavernas y cuyo tataranieto ahora tanto nos solaza) para recuperar a su amigo, quizá a su amado (¿no es un amigo también un ser amado, aunque no medie el sexo?), pero también para contemplar cómo ese androide, quizá parafraseando la famosa novela corta de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, no cesa de soñar, mientras permanece varado en la playa desierta día tras día, con regresar al hogar, a los brazos de su amo/amigo/amado.

Recuerda poderosamente Robot dreams a aquella maravilla de Pixar, WALL-E, que también permitía una bellísima historia de ¿amor? entre el tierno robotito recoge-basuras y la estilizada androide llamada tan apropiadamente EVA por las siglas en inglés del prosaico acrónimo que la identificaba. Recuerda, decimos, pero en ningún momento copia, no digamos ya plagia: Robot dreams es plenamente autónoma, tiene una personalidad absolutamente propia, hasta el punto de profundizar en esa relación entre disímiles que esbozaba la película norteamericana para llegar hasta límites que ni de lejos se atisbaban en el por lo demás delicioso film yanqui.

Eso sí, las secuencias en las que Perro entretiene los meses hasta que llegue el esperado 1 de junio y pueda recuperar a su amigo de cables y chips, en concreto las historias con el hombre de nieve y el pato, resultan algo inferiores al tono de la línea principal de la relación del can y su robot. Algo inferiores, decimos, pero sin que ello menoscabe la extraordinaria armonía del conjunto.

Con un dibujo deliberadamente poco estilizado, de corte ingenuo, a veces casi naif, Robot dreams no pretende competir (y hace bien) con la cada vez más exquisita calidad formal y técnica del dibujo digital, sino que presenta su historia en el modesto 2D, las dos dimensiones de toda la vida de Dios, un formato al que el tiempo le ha permitido encontrar su propia personalidad, y que se ha mostrado como especialmente indicado para historias como esta, cuya visión es desde luego posible e incluso plausible para los tiernos infantes, pero a la que quienes realmente le extraerán todo su jugo serán los adultos. Visualmente muy creativa, con excelentes ideas y no menos buenas soluciones artísticas, el nuevo film de Berger, con el que nos reconciliamos sin ambages, contiene uno de los más hermosos finales que hemos visto en los últimos tiempos, un final sobre lo que pudo haber sido y no fue, y cómo la aceptación del paso del tiempo y sus consecuencias es, con frecuencia, y a pesar de lo que pueda doler, la mejor de las soluciones, la menos mala de las decisiones que se pueden tomar.

(26-11-2023)


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95'

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Robot dreams - by , Dec 07, 2023
4 / 5 stars
¿Sueñan los androides con amigos perritos?