C I N E E N S A L A S
Tarik Saleh es un cineasta egipcio-sueco, nacido en Estocolmo en 1972, de padres emigrados desde el país de los faraones, que tiene una ya amplia carrera en el audiovisual como director, productor, guionista, realizador de televisión e incluso presentador de programas. En televisión ha rodado episodios de populares series norteamericanas como Ray Donovan o Westworld. En cine, sin embargo, casi todas sus películas tratan de asuntos ambientados en el país de sus padres, Egipto, y concretamente a partir de la llegada a la presidencia del general Al-Sisi, primero a través de un golpe de estado contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes, y después refrendado en las urnas, aunque la calidad democrática de esa elección -y posteriores reelecciones- ha sido muy cuestionada…
Saleh entonces se ha convertido en la voz exterior del mundo del cine más crítica con el actual régimen autoritario egipcio, formalmente democrático pero, en el fondo, una dictadura “de facto”. En esa línea ha rodado la que ya podríamos denominar la “Trilogía de El Cairo”, tres historias incardinadas supuestamente en Egipto, aunque están filmadas realmente en otros países árabes, dado que el régimen, lógicamente, no autorizaría un rodaje contrario a sus intereses. Los dos films anteriores de esa innominada trilogía fueron El Cairo Confidencial y Conspiración en El Cairo, ambos thrillers de muy distinto tono, aunque en los dos casos había una visión muy poco benévola sobre los regímenes totalitarios que se vienen sucediendo en Egipto desde hace ya demasiado tiempo. Esta tercera película ambientada en el Egipto actual también participa de esa visión muy negativa sobre, en este caso, el gobierno cívico-militar de Al-Sisi.
La historia se ambienta en nuestro tiempo: conocemos a George Fahmy, un famosísimo actor egipcio que ha hecho todo tipo de películas y series en el país; es todo un ídolo popular, lo que lo ha endiosado y hecho creer que su palabra es ley. Pero un día alguien del entorno del gobierno se acerca a él y le dice que quieren que sea el protagonista de una especie de biografía ficcionalizada sobre el general-presidente Al-Sisi; Fahmy es reticente al tema y da una larga cambiada, pero muy pronto se le hace ver que la integridad de su hijo adolescente, que vive con su mujer, de la que está separado, podría correr riesgo si él no accede, así que, a trancas y barrancas, acepta interpretar al presidente en la película. Eso hace que, poco a poco, sin querer, se sienta atraído por los cenáculos del poder; sin saberlo, se verá involucrado en una oscura conspiración que puede dar un vuelco al gobierno…
Pero en contra de lo que ocurría en los dos segmentos anteriores de esta trilogía “de facto”, nos parece que esta vez Saleh no ha estado demasiado atinado: las anteriores historias, la primera, El Cairo confidencial, con un policía corrupto que, sin embargo, llegado el momento de la verdad, se veía compelido a hacer lo correcto, con grave riesgo para su vida, y la segunda, Conspiración en El Cairo, la de un joven estudiante de Teología que se verá involucrado en un complot de altos vuelos en la universidad suní más importante del mundo, eran en el fondo una durísima lucha por el poder en la que no se hacían prisioneros (valga la frase hecha…), resultando ser historias potentes, plausibles dentro de su complejidad (el cine negro, sea USA, francés o arábigo, es siempre así), muy interesantes y creíbles. Sin embargo, esta Águilas de El Cairo no termina de redondear su historia, con este astro de la interpretación egipcia que se ve compelido a colaborar, velis nolis, con el régimen en el enaltecimiento de la figura del presidente, en ese culto a la personalidad tan típico de toda dictadura. Pero, con ser interesante el tema (hasta qué punto la popularidad y la fama no sirven como coraza contra el poder, contra el Poder, cuando éste se desenvuelve por los fangales de la arbitrariedad, del matonismo, de la amenaza temible), Saleh, como guionista y director, no ha sido capaz, a nuestro juicio, de articular una historia que hace aguas a ojos vistas, con este divo de la actuación que, tras la inicial renuencia, después se pliega a los deseos del torvo gobierno, con ese Dr. Mansour, el enviado especial del presidente, de mirada de acero -un gran Amr Waked, siempre estupendo-, pero que de vez en cuando “saca las patas por alto”, como se dice en mi tierra, se rebela por naderías que ponen en peligro por chorradas no ya su integridad, sino la de su hijo, que es lo que el prota quiere evitar a toda costa, y, sobre todo, con una parte final que incluye una aparatosa secuencia de acción que culmina un complot de altos vuelos, evidentemente inspirada en el magnicidio del presidente Sadat, en 1981, en lo que parece una recreación, con otros personajes (y otro final…) de aquel suceso que conmovió a Egipto y al mundo.
Tampoco ayudan algunas de las líneas argumentales paralelas, como la más bien postiza del idilio (puramente sexual, es cierto…) que se marca el prota con la esposa del ministro de Defensa (que ya es tener poco aprecio por su vida…), o las idas y venidas con su joven amante (la franco-argelina Lyna Khoudri, como siempre excelente), aunque sí es verdad que se marca una escena de cierto humor sarcástico, la de la compra de Viagra en una farmacia en la que pretende pasar desapercibido, que recuerda poderosamente a una parecida de Woody Allen en Bananas. El conjunto, entonces, desprende un cierto halo de artificiosidad, careciendo la historia en buena medida del tono convincentemente realista que sería el que convendría a la película.
Funciona, eso sí, esa sensación de amenaza sorda (o no tan sorda…) típica de todo régimen dictatorial, esa permanente, ominosa intimidación que se gastan los lacayos del poder para conseguir que los ciudadanos actúen a su abominable dictado, esa sensación de indefensión absoluta de quien ha sido puesto en la diana (metafórica o real) del abyecto régimen totalitario de turno.
El conjunto, entonces, resulta un tanto irregular, aunque es cierto que la película se sigue con interés, más allá de las carencias de su historia y de su tono no demasiado afortunado. Gusta sobre todo porque supone una dura denuncia, con los ropajes de la ficción, de un régimen, el de Al-Sisi, que ha venido a sustituir, en todos los órdenes, al que hasta solo unos años antes mantuvo durante décadas aquel otro gran sátrapa, Mubarak.
Buen trabajo al frente del reparto del sueco-libanés Fares Fares, él mismo una estrella del cine y la televisión musulmanas, que actúa también como productor ejecutivo, como en las dos anteriores entregas de esta trilogía cairota, aunque esté rodada mayormente en Estambul, con planos generales exteriores sí filmados en la capital egipcia, evidentemente de forma clandestina.
(18/03/2026)
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