Enrique Colmena

14/04/2026

Como decíamos en el capítulo primero de esta serie sobre la vigencia de Frankenstein, el mito inventado hace más de dos siglos por Mary Shelley (a la que recordamos en el 175 aniversario de su muerte), la IMDb censa más de 120 largos, cortos, series o miniseries basadas de forma rigurosa, libérrima o mediopensionista, sobre la novela publicada por la escritora británica en 1818, con la que revolucionó el panorama literario de la época (aún más cuando, más tarde, se supo que su autor era una mujer…), creó el concepto del género de la ciencia ficción, y que, 200 años largos después, sigue inspirando películas de gran presupuesto como las recientes Frankenstein de Guillermo del Toro o ¡La novia! de Maggie Gyllenhaal.

En este capítulo veremos cómo en el plazo que vamos a analizar (1910-1963) se establece la iconografía sobre el monstruo que se convertirá en el canon con el que será representado durante muchos años, pero también cómo el mito excede el ámbito del terror para aparecer también en géneros que podrían estar tan alejados como la comedia o fórmulas de filmación tan concretas como la animación específicamente dirigida a los niños. 

La primera vez que el mito shelleyano aparece en pantalla como tal será en fecha tan temprana como 1910 (ojo, solo habían pasado 15 años desde la invención del cine…), en el cortometraje titulado Frankenstein, bajo los auspicios de la productora del famoso Thomas Edison, con dirección de uno de sus empleados, J. Searle Dowley, en una versión más o menos libre, en la que lo más llamativo eran algunos trucos visuales que, en su momento, debieron impactar profundamente en el espectador, como el que hacía parecer que se creaba, “ex nihilo”, y partiendo de un caldero o gigantesco matraz, un ser animado donde antes no había nada, viéndolo crecer ante nuestros ojos… el truco estaba en presentar los planos de esa creación con la cinta de celuloide en sentido inverso, de tal forma que lo que vemos en pantalla es como si desde la nada, y mediante el fuego, fuera formándose la figura del ser, cuando realmente se rodó al revés, con el actor que da vida al monstruo, pronto sustituido por un muñeco que se quema. La sensación, aun siendo muy simple, era efectiva, y ciertamente debió causar una fortísima impresión en los cándidos públicos de la época. Otros trucos muy ingeniosos, como la escisión que se produce ante un espejo entre el doctor Frankenstein y su criatura, harían sin duda que los espectadores de aquellos años tuvieron más de una pesadilla… (el lector interesado dispone de enlace a esta película al final de este artículo).

En esa misma década de los años diez del siglo XX el cine norteamericano rueda una versión muy libre, Life without soul (literalmente, “Vida sin alma”) (1914), un largometraje de 70 minutos dirigido por Joseph W. Smiley, en una trama en la que se cambian los nombres de los personajes, convirtiéndose el doctor Frankenstein en el doctor Frawley, y con bastantes modificaciones sobre el original de la novela, en una película que, a día de hoy, se considera perdida, no conservándose más que unas pocas imágenes de algunas de sus escenas.

Tendremos que esperar a la siguiente década, a comienzos de los años veinte, para encontrar otra adaptación relevante de la novela de Shelley, en este caso una exótica versión rodada bajo pabellón italiano, titulada Il mostro di Frankenstein (1920), un mediometraje dirigido por Eugenio Testa, producida por Luciano Albertini, que encarnaba también al doctor Frankenstein, en una versión que se considera bastante cercana al original de Mary Shelley, aunque hoy día está catalogada como una obra perdida.

Saltamos a mediados de la siguiente década, los años treinta, para encontrar la que se puede considerar sin lugar a dudas como la película canónica por excelencia sobre el mito, la que le confirió los rasgos icónicos que han perdurado a lo largo de las décadas hasta nuestros días, aunque es cierto que en los últimos tiempos se han buscado otras (re)presentaciones del monstruo. La película es El doctor Frankenstein (1931), un clasicazo donde los haya, producido por la Universal en aquella serie de terrores que dieron justa fama a esta “major” durante los años treinta, con dirección del exquisito James Whale, quien cinceló la historia cinematográfica que ha quedado como canon, pero curiosamente lo hizo no a partir del original de Shelley, sino de la obra teatral (por supuesto inspirado en el texto de Mary) titulada Frankenstein: An Adventure in the Macabre, en la que por primera vez se denominaba Frankenstein tanto al doctor como al monstruo. Boris Karloff se encargó de dar vida a la criatura, con una genial caracterización original de Jack Pierce, por la que, si hubiera cobrado derechos de autor, se habría forrado… Esta representación icónica del monstruo de Frankenstein, con su cabeza cuadrada inverosímilmente recrecida desde la frente hacia arriba, con los tornillos en el cuello que (se supone…) impedían que la cabeza se cayera de entre los hombros, permanecerá durante décadas como la imagen inconfudible de la criatura a la que dio vida el doctor Frankenstein. Con una fotografía bellísima, de un evidente corte expresionista, jugando con luces y sombras, Whale estableció el canon también del relato: el científico loco que crea vida, la criatura inocente a la que la maldad humana induce al mal, el final catártico en el que la turbamulta destruye lo que no entiende.

El éxito de la película fue tal que solo unos años más tarde de nuevo Universal, otra vez con Whale a los mandos, retoman el tema en La novia de Frankenstein (1935), que comienza con una escena en la que vemos nada menos que a la propia Mary Shelley (interpretada por Elsa Lanchester, que también hace de la novia del monstruo) en una velada junto a su marido Percy Shelley y Lord Byron, en la que estos la elogian por su novela, a lo que la escritora les dice que en realidad tiene más historias relacionadas con el tema, y les cuenta que tanto el monstruo como el doctor Frankenstein sobrevivieron al incendio con el que la multitud quiso asesinarlos, y cómo tras haber escapado, el doctor, coaccionado por otro científico aún más loco, crea una mujer para que la criatura no esté sola. Esta secuela tuvo tanto éxito, o incluso más, que la peli original, convirtiendo al dúo Boris Karloff y Elsa Lanchester (ésta también con un “look” de lo más peculiar, especialmente en cuanto a lo capilar, llamativamente “eléctrico”…) en una pareja mítica. 

Ya en los años treinta, sobre todo por el gran éxito de los films sobre Frankenstein que produjo la Universal, el personaje se convirtió en uno más de la cultura popular, y como tal empezará a aparecer también en productos que, en principio, no parecían tener nada que ver, como por ejemplo en ¿Tienes algún castillo? (1938), dentro de la serie Merrie Melodies,  un corto de dibujos animados, en un color todavía no demasiado conseguido, producido bajo los auspicios de la Warner y con realización de Frank Tashlin (director de cabecera de Jerry Lewis en sus célebres pelis de los años cincuenta y sesenta), un corto en el que aparecían personajes de libros famosos, con una evidente (y eminente…) intención didáctica, aunque no sé si el monstruo de Frankenstein (y otros monstruos, como Hyde y Fu-Manchú) no produciría alguna que otra pesadilla en aquellos tiernos infantes de los años treinta… (el lector interesado dispone de enlace a este corto de animación al final de este artículo).

A esa misma línea de popularidad mundial habría que atribuir también el hecho de que los cómicos Bud Abbott y Lou Costello, archifamosos en los años cuarenta y cincuenta (en realidad unos epígonos de la pareja cómica por excelencia del cine de la época, El Gordo y El Flaco), lo incluyeran en una de las muchas pelis que protagonizaron juntos, Abbott y Costello contra los fantasmas (1948), aunque el título original era “Abbott y Costello encuentran a Frankenstein”, donde los entonces famosos comicastros, bajo las órdenes de Charles Barton y bajo los auspicios de Universal (que ya se ve que rentabilizaba sus mitos por cualquier medio, también la comedia de baja estofa…), eran introducidos en una alocada trama no solo con Frankenstein de por medio, sino también el Hombre Lobo (interpretado por Lon Chaney Jr.) y Drácula. Aquí el monstruo creado por el doctor Frankenstein sería interpretado por Glenn Strange, con una caracterización (como era habitual en aquellos tiempos) muy similar a la de Karloff en las pelis “serias” de Whale.

Si la Universal se convirtió en los años treinta en “la” productora por excelencia del cine de terror, en los años cincuenta, en este caso en el Reino Unido, otra productora, la Hammer, tomó el testigo, y a partir de esa década presentó en pantalla una serie de mitos del género que gozaron de popularidad y gran crédito crítico; lógicamente, el monstruo imaginado por Mary Shelley también tuvo su hueco, y así surge La maldición de Frankenstein (1957), con dirección de Terence Fisher, que fue “el” director por excelencia de la productora Hammer, creador de un cine de terror más estilizado y elegante que el de Universal, también más intelectualizado y moderno. Dos actores que se hicieron muy populares en aquellas películas de la Hammer fueron sus protagonistas, Peter Cushing como el doctor Frankenstein, y Christopher Lee como el monstruo, si bien es cierto que este último ha quedado para la Historia del Cine como uno de los mejores, si no el mejor Drácula visto en una pantalla. Este film revitalizó el mito de Frankenstein, en una historia narrada por el doctor, mientras espera ser ajusticiado por asesinato, contándole a un sacerdote cómo ha llegado hasta las puertas del patíbulo. El film fue un tremendo éxito económico (su recaudación multiplicó por 70 su presupuesto…), dando alas, sin duda, a la Hammer para las muchas películas de terror que produjo a partir de entonces. Como curiosidad, la productora no quiso que la apariencia del monstruo fuera un calco de la creada por Boris Karloff en las películas de Universal, por lo que se buscó una caracterización distinta, acentuando su deformidad facial.

La popularidad del monstruo de Frankenstein propiciaría, como cabía esperar, algunas adaptaciones ciertamente exóticas, como la que perpetraría la siempre prolífera cinematografía hindú en la película titulada Naan Vanangum Daivam (literalmente, “El dios que contesta”, 1963), kilométrica cinta de dos horas y media de duración, con dirección de K. Somu, una versión libérrima que se ambientaba en el país de Gandhi, en blanco y negro y con las numerosas canciones y números musicales típicos del cine de aquella nación, si bien en su variante conocida como cine tamil o Kollywood (el lector interesado dispone de enlace a esta película al final de este artículo).

-Para ver Frankenstein (1910), pulse en este enlace:
https://www.youtube.com/watch?v=wfM9meqfQ4&list=PLuK2h_BGoqiVkJccMIPakVLPNu65IQOOa

-Para ver ¿Tienes algún castillo? (1938), de la serie Merrie Melodies, pulsar en este enlace:
https://www.youtube.com/watch?v=P-RxoBs6UAc

-Para ver Naan Vanangum Daivam (1963), pulse en este enlace:
https://www.youtube.com/watch?v=83IPx2ZMMXc


Ilustración: Boris Karloff, caracterizado como el monstruo de Frankenstein, en una mítica escena de la película El doctor Frankenstein (1931), de James Whale.

Próximo capítulo: A 175 años de la muerte de Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, un mito más cinematográfico que literario (1964-1974) (III)