C R I T I C A L I A C L Á S I C O S
Disponible en MOVISTAR+, DISNEY+, PRIME VIDEO, APPLE TV Y RAKUTEN.
Cuando en Estados Unidos se aproxima o se entra en la década de los años setenta del pasado siglo XX, una vez dejado atrás un período de disfrute de la posguerra, que originó en gran manera un cine de evasión, con musicales, comedias románticas, aventuras de ambientación histórica o simple divertimento, parece que la temática -ampliamente denominada como policíaca- fue ganando su espacio entre los muchos y diferentes géneros que un cine en expansión iba presentando a los espectadores norteamericano. Cintas como Bullitt (del eficaz realizador británico Peter Yates), con un atrayente reparto a base de Steve McQueen, Jacqueline Bisset o Robert Duvall, ya se adelantaba en 1968 a esta tendencia que decimos. Y casi al mismo tiempo Clint Eastwood -y el director Don Siegel- imponen su personaje de Harry el Sucio en varias y exitosas cintas, antes de que años después el actor generara una obra cada vez más variada y madura.
Y justo es ya en el primer año de la década, en 1971, filmada ahora por el norteamericano William Friedkin -nacido en Chicago en 1935-, cuando va a surgir una cinta que afianza lo que decíamos de la pujanza de las películas policíacas, un año después de que su director acertara con Los chicos de la banda, bien recibida en taquilla, una hábil trama de intriga y comedía dramática. Ahora, con The French Connection, en España con el añadido de Contra el imperio de la droga, y en Latinoamérica solo como La conexión francesa. Entre unas y otras titulaciones vamos ya intuyendo que la droga forma y tiene un papel fundamental en nuestra cinta de hoy.
Todo empieza en Marsella, cercana a los 900 mil habitantes, segunda ciudad del país tras París, y a su vez capital de la región del Mediodía, que agrupa un millón seiscientos mil ciudadanos y es el más importante puerto del Mediterráneo francés. Allí comienza también nuestra intriga, con unos planos de barrios descuidados y de aspecto pobre; seguimos a un individuo que al entrar en su portal es asesinado de un tiro en la frente. La siguiente imagen salta y nos muestra en sobreimpresión la palabra Brooklyn, y vemos a unos chiquillos negros mirando sonrientes a un hombre disfrazado de Papá Noel. Ya allí, en Nueva York, conocemos a “Popeye” Doyle (el Papá Noel) y a su colega Buddy “Cloudy” Russo, policías que luchan en la sección contra narcóticos.
A partir de ahí la cinta entra de lleno en una espiral de carreras, luchas y secuencias típicas del género. Pero junto a estos peones de todo un juego que mueve millones -como es la droga- nos falta una pieza clave y ésta es de primer nivel: Alain Charnier, un influyente marsellés que mueve el tráfico de la heroína desde Europa a Estados Unidos. Y aunque la película se hizo famosa por secuencias y persecuciones rodadas con suma pericia, The French Connection guarda un fondo de reflexión sobre las clases sociales que se mueven en torno a la dependencia de los usuarios de a pie, frente a los peces gordos que manejan el cotarro y sus millones.
El propio Nueva York es diferente, si hablamos del lujoso Manhattan o de Long Island, frente a un Brooklyn campo de batalla de matones, drogadictos, policías de a pie y familias destrozadas por el consumo. Incluso se insinúa la diferencia de Washington, sin barrios populares, fría y desangelada. Hay, pues, soterradamente, un enfoque político que puede pasar desapercibido, junto a la acción y las escenas más llamativas. Seguimos a “Popeye” Doyle y a “Buddy” Cloudy, pero ignoramos a Charnier, el exquisito gourmet francés que se deleita en un restaurante de millonarios, en tanto en la fría calle neoyorkina, “Popeye” se come -aterido- un bocadillo mientras lo vigila...
Llama sin duda la atención la muy nombrada secuencia de la persecución del tren elevado -que lleva a esbirros de Charnier, que han secuestrado al maquinista- desde la avenida del nivel inferior, donde “Popeye” maniobra frenéticamente para no perderlo y seguirlo hasta la estación. Tras varias peripecias cotidianas, la acción va culminando hacia un final con su lado dramático, pero indudable mensaje en positivo, con nuevas persecuciones de coches y un soberbio tiroteo en su desenlace final. Es una escena, en un edificio vacío y de paredes derrumbadas y cañerías que gotean, que ha sido interpretada --¿exageradamente?- como el simbolismo de una sociedad que ha fracasado en una excesiva división entre clases sociales. Lo que sí se reconoce en la cinta es la realización de William Friedkin, como un factor fundamental para que el espectador siga una narración, que llega a ser complicada en algún momento. Y si hablamos de los actores es preciso destacar a Gene Hackman (ya visto años antes en Bonnie and Clyde, de Arthur Penn) y actor que se consagró ahora con este film, o la presencia excelente de Fernando Rey como el refinado malvado que mueve los hilos, junto a otros intérpretes como Roy Scheider o Tony Lo Bianco. Con una taquilla sobresaliente en su país, los premios obtenidos la fueron haciendo extensiva -en su éxito- a otros muchos países.
La cinta consiguió cinco Oscars, de primer nivel (película, director, actor principal, guión adaptado y montaje, junto a otras tres nominaciones), más el añadido de tres Globos de Oro. Y está en el puesto número 17 de los 100 mejores films de acción. Al terminar la cinta unos rótulos nos informan que Alain Charnier huyó y logró escapar, y otros implicados lo saldaron con penas insignificantes. Pero su mensaje parece claro, y tiende a politizar y denunciar -al margen de todos sus éxitos- a los poderosos, los ricos, los influyentes que dominan este mundo.
Frente a su valentía y para consuelo de espectadores: el otro resonante éxito que también logró la siguiente película de Friedkin, El exorcista, con un tema tan dispar en temática y narración, asentando la carrera de su director que, años después (ya en 1985), sí volvió a la temática de acción y al policíaco con Vivir y morir en Los Ángeles, esta vez con Willem Dafoe, Dean Stockwell o John Turturro como sus principales y eficaces intérpretes. Y aunque nuestro director no muere hasta el 2023 -con 87 años-, su última obra remarcable (aunque a menor nivel) sería La presa (The Hunted), -en 2003- volviendo a reunir otros dos actores duros y carismáticos, como el portorriqueño Benicio del Toro, junto a Tommy Lee Jones. frente a la presencia femenina de Connie Nielsen, la actriz danesa ya famosa por Gladiator, de Ridley Scott, y su continuación de 2024.
Paradójicamente, nuestro título inicial saltó de Marsella a Brooklyn, y -cosas del cine- ha terminado en la antigua Roma…
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