C I N E E N S A L A S
El documental se inicia con un fragmento de la entrevista que Pablo Lizcano mantuvo con Alfredo Landa (con Nicolás Redondo, histórico líder de la UGT, como testigo), en el programa de La 2 de RTVE Fin de siglo, emitido el 10 de septiembre de 1986; en ese fragmento Lizcano preguntaba al actor navarro qué rescataría de la época del landismo, a lo que Alfredo contesta “todo”, para después añadir que fue una “época maravillosa”, para apostillar de inmediato “profesionalmente hablando, ¿eh?”, con lo que venía a aclarar (como hará después en el resto de la entrevista, que ya no aparece en el documental) que para él fue extraordinario llegar desde San Sebastián, donde se crio, a Madrid, con una maleta de cartón y 7000 pesetas, para triunfar de la forma en que lo hizo en el cine, landismo incluido.
Landa nos parece un irreprochable documental biográfico firmado y filmado por Gracia Querejeta y Miguel Olid, ambos también autores del guion. Querejeta, madrileña de ancestros vascos, es una ya veterana directora, de evidente pedigrí cinematográfico (su padre fue Elías Querejeta, el productor “serio” español por antonomasia de la segunda mitad del siglo XX), con una ya larga carrera que se inició hace casi cuarenta años. Olid, sevillano, es hombre polifacético, habiéndose desempeñado como director, guionista, productor, profesor universitario, autor de libros sobre cine, realizador televisivo y presentador radiofónico… (me habré dejado algo en el tintero, seguro…). Su filmografía como director ha estado relacionada fundamentalmente con el documental, con frecuencia en formato de cortometraje; su anterior trabajo, Summers el rebelde, fue un muy notable trabajo sobre el famoso (y también sumamente polifacético) Manolo Summers, ya con duración de largometraje.
En Landa, el film del que ambos son autores, nos parece que el fragmento de entrevista al que aludíamos al comienzo de esta crítica marca, en buena medida, el tono del documental, un biopic sobre el famoso actor que, sin embargo, quizá esté demasiado mediatizado por su involucración en el fenómeno conocido como “landismo”, que realmente no se correspondía solo con las películas que hizo Landa dentro de ese intangible marco, sino que en esas mismas fechas otros actores, tan buenos como el propio Landa, también hicieron productos perfectamente inscribibles en el “landismo”, como José Luis López Vázquez o Pepe Sacristán. En el documental un tercio del mismo se dedica a polemizar sobre Landa y el “landismo”, sobre hasta qué punto el actor tuvo responsabilidad, o no, en el fenómeno, con voces severas como la de la crítica Marta Medina, y otras mucho más indulgentes como la del propio Pepe Sacristán o Miguel Rellán.
Posteriormente a esa controversia sobre el “landismo" ya se pasa a hacer un repaso cronológico por su vida y, sobre todo, por su obra (que es lo que mayormente nos debería interesar, por cierto…), con los hitos esenciales de ésta, como su llegada a Madrid, donde comienza a trabajar en obras teatrales del ambiente universitario en la capital, hasta que es llamado por Forqué para su estupenda Atraco a las tres, que fue la primera y poco placentera experiencia cinematográfica para Alfredo (aunque estaba espléndido, como todos los actores de esta magnífica película…); afortunadamente se le pasó pronto el cabreo con el cine y empezó a hacer otras pelis con gente como Summers, para el que hizo varias cintas, como la estupenda La niña de luto y la rompedora No somos de piedra, que era proto-landismo pero con mucha mala uva, muy superior al resto de las astracanadas que poco después interpretaría en ese ámbito Landa et alii. El llamado “landismo” lo tenemos datado entre 1967 y 1983, aunque hubo algún título que se salió de esas fechas. El momento álgido sería el estreno de No desearás al vecino del quinto, en 1970, con casi 4,4 millones de espectadores, una auténtica barbaridad que desataría la fiebre por la comedieta española o astracanada española, denominación que nos parece más certera y, sobre todo, más justa, para el fenómeno que conocemos como “landismo”, que mancha innecesariamente el buen nombre de un actor extraordinario que solo hizo lo que tenía que hacer, su trabajo como el buen profesional que era.
El documental va mezclando entrevistas de archivo (con el mentado Lizcano, con Íñigo y otros) con interviús realizadas ahora “ad hoc” con personas que lo conocieron, como los mentados actores Rellán y Sacristán, además de otros colegas que también trabajaron con él, como Antonio Resines y el productor Enrique Cerezo, más críticos como Luis Alegre, Oti Rodríguez Marchante y José Luis Ordóñez, y el director Víctor García León, entre otros; de esa forma se van desentrañando los momentos fundamentales de la obra landiana, como su colaboración con Juan Antonio Bardem en El puente, que se puede considerar algo así como “Las señoritas de Avignon” del landismo, como en el cuadro de Picasso en el que se podía apreciar en una sola obra pictórica la evolución desde la pintura realista hasta la cubista; en este caso hablaríamos del paso del landismo a un cine de mucho mayor interés y evidente intencionalidad política y social, una película que funcionó como un pivote para ir basculando desde el landismo en el que en aquel tiempo estaba totalmente inmerso Landa (a ver, le pagaban muy bien y tenía una familia con tres hijos que mantener…) hasta el cine de enjundia artística que, a partir de ese momento, iría creciendo en peso y poso en su carrera.
También se hablará del díptico de El Crack y El Crack Dos, aunque Garci, extrañamente, no es entrevistado en el documental, cuando fue un director esencial en la mejor época de Landa; se habla extensamente de Los santos inocentes y el premio “ex aequo” a Alfredo y Paco Rabal en Cannes, quizá su mayor momento de gloria; también de su colaboración con Berlanga en La vaquilla, y el entrañable personaje del bandido Fendetestas de El bosque animado que le valió su primer Goya, y de su desencuentro en los últimos años con Garci; también del “gatillazo emocional” que sufrió al recoger el Goya de Honor, y del escándalo que suscitó el libro de memorias que publicó, con el título de Alfredo El Grande, con la autoría de Marcos Ordóñez, en el que varios de sus amigos y conocidos (Sacristán, Resines…) concuerdan que ya no era él mismo, sino que estaba ofuscado por el Alzhéimer que, finalmente, se lo llevaría en 2013.
Como curiosidades, el documental se inicia y concluye con la ficticia voz en off del propio Landa, probablemente creada a través de Inteligencia Artificial, una voz en off que viene a manifestar la tesis que nos parece la central del documental, que él no fue nunca responsable del discurso de las películas que interpretó. Una tesis, por cierto, refrendada por el propio Sacristán, que también dice que no reniega de ninguna de sus pelis.
El documental, muy bien montado y muy bien hilado en su combinación de entrevistas con escenas de películas, nos parece un documental muy clásico (en el buen sentido del término…) cuya visión, ciertamente, da una idea muy cabal de la figura de Alfredo Landa, aunque también nos parece excesivo el peso de la parte dedicada a la (a nuestro juicio innecesaria) exculpación del actor del fenómeno del landismo. Por lo demás, el conjunto es armonioso y agradable, también bastante académico, y permite que el espectador tenga una información muy precisa sobre la vida y, sobre todo, la obra del intérprete navarro.
De todas formas, nos sobran cosas, como esa especie de ungimiento de Javier Gutiérrez como heredero de Landa, secuencia de la que se podría prescindir porque no aporta nada al conocimiento del actor biografiado y homenajeado, o la parte final con la familia, que en todo caso nos permite una cierta mirada hacia su entorno más personal, pero que tampoco aporta mucho a la visión sobre el artista.
Así las cosas, nos parece que el documental Landa, como film, es algo inferior a Summers el rebelde, el anterior envite de Olid, quizá porque el cineasta sevillano era un auténtico bombón como personaje a biografiar, pero también porque Olid conoce la obra de Summers de forma exhaustiva, al haber dedicado varios años de su vida a estudiarla, analizarla, valorarla y glosarla, con lo que en ese film pudo hacer y deshacer a su antojo para contar lo que quería. El hecho de que ahora esta peli esté hecha “a cuatro manos” (las de Olid, pero también las de Querejeta) posiblemente haya podido influir también en el hecho de que no sea un cine tan personal como el que refulgía en Summers el rebelde.
70'