23/06/2026
En estos días (el 17 de junio, concretamente) cumple 90 años Ken Loach, el director británico que se ha convertido a lo largo de más de cinco décadas en el cineasta británico (y no británico…) especializado por antonomasia en el cine de compromiso social y político
Tras su última película, El viejo roble (2023), Loach manifestó su intención de retirarse, y de hecho no ha vuelto a dirigir ningún audiovisual, así que habrá que constatar que, efectivamente, ya no tendremos más pelis suyas. Pero su bagaje es ciertamente notabilísimo, una carrera cuajada de films de interés, aunque haya habido también (ya saben aquello de que no es posible ser sublime sin interrupción…) algunos baches. Pero son los menos, porque, en general, la carrera de Loach es irreprochable, o al menos lo es desde el punto de vista de su compromiso con los más débiles, con los más vulnerables, también, consecuentemente, de su oposición, su crítica, su denuncia hacia los poderosos, hacia los que tratan con la punta del pie a otros seres humanos menos favorecidos socialmente.
Porque Loach, efectivamente, a lo largo de más de medio siglo, ha hecho siempre un cine volcado en los más desfavorecidos, en sus más diversas formas, que las hay para dar y tomar… Ha habido (algunos aún en activo) otros cineastas que también han demostrado una gran preocupación social: recordemos, sin ir más lejos, a los que han sido apodados, con cierta sorna, como los Loach belgas, los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, o en España Fernando León de Aranoa, o en el Reino Unido Mike Leigh, o en Francia el siempre combativo Robert Guédiguian. Pero todos ellos han hecho también otro tipo de cine, más al uso, no siempre (a veces por la mala costumbre que tenemos de comer todos los días…) han sido tan monotemáticos con el cine de compromiso social como lo ha sido el cineasta que glosamos.
Kenneth Charles Loach (en el siglo Ken Loach; Nuneaton, 1936) nació en el seno de una familia trabajadora que, con el tiempo y el progresivo incremento de los ingresos paternos, fue evolucionando hacia la clase media. El padre, que era el sostén económico de la familia, según los usos y costumbres de la época, trabajó inicialmente en la minería (tema recurrente con cierta frecuencia en la filmografía loachiana), para después emplearse como electricista en una empresa dedicada a la fabricación de maquinaria, en la que llegó a alcanzar el grado de capataz, lo que permitió un cierto ascenso social del grupo familiar, a pesar de lo cual Loach siempre reivindicó que sus orígenes estaban en la clase trabajadora. El joven Ken estudió Derecho en Oxford, donde descubrió su vocación por la farándula, comenzando como actor en compañías de teatro experimental, para después, cuando se dio cuenta de que lo suyo no era estar delante del público ni ante las cámaras, entrar en la BBC como director en prácticas.
El primer audiovisual que lleva su nombre como director (todavía como Kenneth Loach) fue un episodio, titulado Catherine (1964), dentro de la serie televisiva Teletale (literalmente, “Telecuento”), lógicamente bajo los auspicios de la BBC para la que entonces trabajaba Loach. Durante lo que quedaba de década de los sesenta el joven Ken continuó fogueándose como director en la compañía televisiva británica filmando episodios de varias series, pero también debuta en la dirección cinematográfica con su ópera prima para la gran pantalla, Poor cow (1967) (literalmente, “Pobre vaca”), que ya da idea de sus obsesiones, aquí centrándose en una mujer de baja extracción social cuya vida ha sido un cúmulo de malas decisiones, lo que (con la inestimable ayuda del estado…) hará que entre en una espiral de degradación de la que le será difícil salir… Como vemos, hace ya casi sesenta años Loach tenía las mismas preocupaciones que cuando se retiró hace solo tres… Es cierto que se inició en el audiovisual al tiempo que lo hacía el Free Cinema británico, el movimiento cinematográfico hermano de otros coetáneos, como la Nouvelle Vague francesa, el Neue Deutsche Film alemán, o el Cinema Novo Brasileiro, siendo el Free Cinema quizá el que más preocupación social demostró. Queremos decir con ello que la etapa de fogueo profesional de Loach coincidió con la efervescencia política rebelde y progresista de los jóvenes en todo el mundo, y por supuesto en el Reino Unido (los Beatles eran ya un fenómeno de masas), lo que sin duda le impregnó de una impronta abiertamente izquierdista, que ya no abandonará durante el resto de su carrera, ni de su vida.
Pero su salto a la fama internacional (a su escala, claro…) tendrá lugar a finales de esa década de los sesenta con Kes (1969), que gira en torno a un adolescente con problemas en su familia, en su entorno social (de clase baja, lo has adivinado, lector…), y también en su relación con sus colegas de estudio, lindando con lo que ahora se llama “bullying”, que solo encuentra la paz y la felicidad entrenando, con las artes de una rudimentaria cetrería, a un halcón. Rodada en un ininteligible “slang” que a veces se parece remotamente al inglés, de ella se dijo que había películas húngaras que se entendían mejor, a pesar de lo cual (para eso están los subtítulos, mecachis…) la película consiguió dos premios BAFTA (los Goyas británicos) y también fue galardonada en nuestra Seminci de Valladolid, revelando a Loach como un cineasta potente y con (muchas) cosas que decir.
Aunque realmente la película que le lanzó al estrellato (por llamarlo de alguna manera…) del cine social europeo y mundial sería Family life (1971), una muy dura (para la época, al menos) película contada en clave casi documental, para darle un mayor verismo, sobre el caso de una chica embarazada a la que su familia empuja al aborto para evitar las maledicencias, y cómo esta situación los marcará a todos de forma indeleble, en un film que fue el primero que se pudo ver de Loach en España, aunque a través de lo que entonces se llamó “salas especiales” o “salas de arte y ensayo”, y después sería pasto de cineclubs, porque además tenía un debate de lo más jugoso… La película obtuvo premios en la Berlinale, Chicago y Sydney. Curiosamente, el propio Loach había llevado a la pantalla esta misma historia, en un formato más modesto, el teledramático, con el título In two minds (1967) (que sería en español, figuradamente, “Indeciso”), dentro del espacio de la BBC dedicado al teatro titulado The Wednesday Play (“La obra del miércoles”).
A partir de este momento ocurre algo curioso con la carrera de Loach: a pesar del predicamento internacional que habían obtenido sus films Kes y Family Life, durante el resto de los años setenta y toda la década de los ochenta, aunque sigue trabajando en el audiovisual (siempre con la divisa del compromiso social y político), su obra apenas trasciende de las fronteras del Reino Unido, de tal manera que en el resto de Europa y del mundo nos tiramos casi dos decenios sin saber nada del talentoso cineasta inglés. Podría interpretarse que su cine y televisión punzantes y críticos con el sistema podrían haber sido solapadamente torpedeados por la administración conservadora de Margaret Thatcher, pero eso valdría para la década de los ochenta, cuando la Dama de Hierro gobernó con mano de ídem el Reino Unido, pero no para los años transcurridos entre 1974 y 1980, gobernados por sendos “premiers” laboristas, Wilson y Callaghan.
En cualquier caso, a partir de los años noventa (ya entonces con el “tory” John Major como inquilino del número 10 de Downing Street), Loach vuelve, y de qué manera, con cincuenta y pico años, y en primer lugar con su potente Agenda oculta (1990), una historia basada en hechos reales, el asesinato en Belfast, a manos de las cloacas del estado, de un abogado especializado en derechos humanos y la consiguiente investigación por su cuenta que hará su novia también yanqui (una estupenda Frances MacDormand) junto a un policía tan duro como honrado, en un film que denunciaba los muy reprobables manejos de las autoridades británicas en el irredento Ulster del pasado siglo. La película ganó el Premio Especial del Jurado en Cannes, situándolo de nuevo en el escaparate mundial, lugar del que ya no se ha movido hasta su retiro hace unos años.
A partir de ahí, sobre todo durante el primer lustro de los noventa, se suceden los títulos de interés, títulos percutantes de variada temática, pero siempre inspirados por asuntos de fuerte compromiso social o político. Así, en Riff-Raff (1991), se centra en personajes marginales y marginados, como el protagonista, recién salido de la cárcel, perteneciente al estrato más bajo de las clases sociales del Reino Unido, y la que se convertirá en su novia, una cantante que desafina horriblemente, viviendo ambos en una casa “okupada”, mientras en el precario trabajo que el hombre ha conseguido todos son problemas… Todo ello en un film muy crítico con las autoridades del gobierno conservador de la época, y con la clase empresarial inglesa; con un entonces emergente Robert Carlyle (el prota de Full Monty, para que se orienten), el film ganó el Premio Europeo a la Mejor Película, además de ser galardonado de nuevo en Cannes.
Con Lloviendo piedras (1993), sin cambiar de tema, sí lo hace en cierta forma de estilo, al presentar su historia dentro de un contexto de familia trabajadora y profundamente religiosa, en la que el paterfamilias, tan devoto como pobre y orgulloso, quiere que su pequeña hija tenga un vestido de Primera Comunión nuevo y blanco, como Dios manda (nunca mejor dicho…), curiosamente no tan lejano temáticamente de una vieja peli española, Un traje blanco (1956), de Rafael Gil. Las peripecias que ese probo padre de familia proletaria tiene que arrostrar para conseguir que su niña vaya de punta en blanco constituye el cañamazo del film, que, por supuesto, no pierde ocasión de censurar las dificultades que tienen que afrontar las clases bajas para salir adelante, y no digamos cuando hay un gasto excepcional y (reconozcámoslo…) suntuario… Loach de nuevo consigue el Premio Especial del Jurado en Cannes, además de nominaciones a los BAFTA, César y Goya…
Ilustración: Cartel español de la película Agenda oculta (1990), que marcó el resurgir de Ken Loach.
Próximo capitulo: Los 90 años de Ken Loach, el cineasta del compromiso social por excelencia (1994-2004) (II)