C I N E E N P L A T A F O R M A S
[Esta película forma parte de la Sección Domestic del ATLÀNTIDA MALLORCA FILM FEST’2026. Disponible durante tiempo limitado en FILMIN]
Jan-Ole Gerster (Hagen, 1978) es un guionista y director alemán cuya carrera, ciertamente, no se puede decir que sea prolífica: desde que debutó en la dirección de cine en solitario (antes solo había hecho un film en comandita con otros cineastas neófitos), solo ha rodado tres películas, Oh boy (2012), que le reveló como un director innovador, La profesora de piano (2019), que confirmó su valía y su mirada un tanto esquinada, y ahora esta Islands (2025), rodada en las Islas Canarias (de ahí el título, claro…).
La historia se ambienta en nuestro tiempo, en un hotel de Fuerteventura, donde trabaja como monitor de tenis el británico Tom, que lleva ya varios años allí ejerciendo como tal; un día una inglesa, Anne, le pide que le dé clases a su hijo de 7 años, a lo que Tom accede. A la clase del día siguiente va también el marido, Dave, que pronto se revela como el típico tocapelotas. Tom se ofrece a enseñarles los rincones bonitos de la isla, y por la noche cenan juntos en agradecimiento de la pareja a ese detalle por su parte; ya de madrugada, Dave insiste en irse con Tom a bailar a una disco. Sin embargo, a la mañana siguiente, Tom se entera de que Dave ha desaparecido sin dejar rastro…
De Gerster, el director, tenemos buena opinión, vistas sus dos primeras pelis, ya citadas. Sin embargo, nos parece que en esta tercera cinta no ha estado muy fino, quizá porque los alemanes, en cuanto tocan algo relacionado con las Canarias (o con España en general…), no suelen andar muy atinados. Se entiende lo que ha querido hacer aquí, que no es otra cosa que, con el disfraz del thriller de desaparecido que pudiera haber sido asesinado, al final hacer una crítica sobre el desarraigo, sobre la pérdida de las raíces que, según el director, sumiría a las personas en una suerte de marasmo existencial. Pues vale, es posible, pero lo cierto es que en la película esto se da de forma bastante torpe y también con un metraje (como casi siempre en el cine del siglo XXI) a todas luces excesivo.
Hay elementos obviamente simbólicos, como ese camello que se le escapa cada dos por tres a su amigo árabe, hasta que se pierde totalmente, quizá como trasunto del propio protagonista, con algunos subrayados por parte de Gerster que no ayudan precisamente a la sutileza del mensaje. Hay, es verdad, una buena utilización de los lujuriantes paisajes majoreros (el curioso gentilicio de Fuerteventura), a los que se les saca buen partido visual, hasta el punto de que puede parecer que entre los productores del film (lo que no es el caso…) estuviera la Oficina de Turismo de la isla…
Pero por lo demás lo que hay es una narración correcta, pero sin mayor interés, en clave de relativo thriller, y en la que lo más relevante quizá sea la curiosa tensión sexual latente no resuelta que se genera entre los personajes principales, con la peculiaridad de que aquí la hay entre el protagonista Tom y la madre del niño, Anne, de forma bastante explícita, pero también, de forma más críptica y sutil, entre Tom y el marido, Dave.
Pero la inquietud del thriller resulta más bien impostada, y la actitud del personaje de la madre del niño, con frecuencia arbitraria, tampoco ayuda a dar coherencia a la narración. Tampoco ayuda el hecho de que se exponga veladamente que la mujer pudiera ya conocer al protagonista, aunque éste la habría olvidado, en lo que parece una apenas apuntada línea sobre una relación previa, años atrás, con resultados que incluso podrían tener nombre, 7 años y ganas de aprender a jugar tenis… Pero esta línea queda apenas esbozada, con lo que no sabemos realmente si había algo o era todo una empanada mental de Tom, al que tanto calor, tanto alcohol y los “tiritos” de coca que de vez en cuando se pega parece claro que le tienen bastante frito el cerebro…
A ratos también, cuando la Policía investiga el caso, pareciera que el tema pudiera ir, con las obvias variantes, por la senda marcada por algunos clásicos de Hollywood sobre la tendencia de rijosas parejas adúlteras de pasaportar al molesto marido al otro barrio para que los amantes puedan vivir la vida loca (hablamos, claro está, de Perdición y El cartero siempre llama dos veces), pero pronto veremos que esa línea también se corta abruptamente, así que tampoco…
Intenta la película ser hipnótica, sin conseguirlo, fiando quizá demasiado en la luminosidad esplendente de las Canarias, que para los países del norte como la Alemania del director debe ser cuasi alucinatoria, todo ello con un guion bastante extraño, con tendencia a lo errático y a la paja mental, y desde luego, como decíamos, con un metraje demasiado largo, sobrándole por lo menos un cuarto de hora.
Quizá estemos ante una metáfora sobre el desarraigo, sobre el vivir donde en el fondo no se quiere vivir, sobre cómo acontecimientos extraordinarios devuelven la cordura, inesperadamente, a quienes la habían perdido y sesteaban creyendo estar en el paraíso que no era tal, un paraíso para quien va dos semanas de vacaciones, pero no para quien, sin lazos de afinidad con la tierra, vive allí permanentemente; porque, en el fondo, esa forma de vida no supone unas vacaciones perpetuas, sino una absoluta carencia existencial.
Apreciable trabajo interpretativo, gustándonos bastante el prota, Sam Riley, perito en personajes de raigambre histórica o cultural, al haber sido el cantante Ian Curtis de Joy Division en Control, el novelista Jack Kerouac de En el camino, el doctor Curie en Madame Curie, y hasta el Mr. Darcy de la peculiar (por decir algo…) versión austeneana Orgullo + Prejuicio + Zombis. Aquí hace de pelanas angustiado, y también lo hace bien… A Stacy Martin la vimos por primera vez en Nymphomaniac (2013), la gamberrada de aquel año de Lars Von Trier, aunque aquí tiene un personaje bastante más modosito…
120'