29/09/2026
Los hechos
La Gran Guerra, que tuvo lugar entre 1914 y 1918, y a la que la tremenda conflagración bélica que tuvo lugar entre 1939 y 1945 (conocida como Segunda Guerra Mundial) obligaría a redenominar como Primera Guerra Mundial, tuvo lugar por una compleja red de motivaciones de todo tipo, desde aspiraciones imperialistas hasta fervores nacionalistas, sin dejar de lado algunas carambolas (como el generalmente aceptado como detonante último de la contienda, el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que tuvo lugar por un cúmulo de azares concatenados). Las alianzas entre bloques europeos también fue un elemento determinante: por un lado estaba la llamada Triple Alianza, formada por la Alemania del poderoso Canciller de Hierro, Bismarck, más el Imperio Austro-Húngaro, más Italia, y por otro la denominada Triple Entente, con Francia, Rusia y el Reino Unido; como siempre en estos casos, otros países de menor enjundia se vieron compelidos a tomar partido. Por otro lado, en los Balcanes había surgido un potente sentimiento nacionalista, que aspiraban, por razones históricas y políticas, a separarse de los estados a los que pertenecían, singularmente el Imperio Austro-Húngaro.
La guerra se desarrolló con una serie de elementos (en razón de las innovaciones tecnológicas y estratégicas) que nunca antes se habían utilizado, como la utilización de las trincheras como zonas relativamente seguras donde acampar a las tropas, pero también con un tremendo coste en vidas humanas, calculándose que murieron entre 9 y 11 millones de personas a consecuencia de aquella brutal conflagración bélica. Otros elementos técnicos que hicieron aparición por primera vez en una contienda fueron la aviación (que permitía bombardear al enemigo), los tanques, las bombas de mano, las armas químicas y los cascos, todo lo cual se hizo extensivo a todos los ejércitos y a todos los contendientes, con la ya citada cifra de muertos y también con millonarias cifras de heridos con secuelas.
Estados Unidos, que se había mantenido neutral durante la mayor parte de la Gran Guerra, terminaría con esa postura el 6 de Abril de 1917, cuando el Congreso estadounidense declaró la guerra contra Alemania y las potencias de la Triple Alianza, motivado por una serie de razones, desde las puramente de seguridad (se supo que los germanos buscaban una alianza con México para que estos atacaran a los yanquis si entraban en guerra, con la promesa de devolverles los estados perdidos en las guerras entre Estados Unidos y los aztecas en el siglo anterior) como económicas (se le había prestado mucho dinero a la Triple Entente, y si perdían, podía desestabilizar el sistema financiero USA). También había, evidentemente, una visión a más largo plazo, considerando, no sin razón (como la Historia demostró), que quien ganara la guerra dominaría el mundo de las siguientes décadas.
Antes de que los Estados Unidos entraran en liza tuvieron lugar algunas tremendas batallas entre los dos bloques, como las del Marne, Gallipoli, Verdún y Somme. Tras la entrada en la guerra del gigante norteamericano, la balanza empezó a decantarse hacia la Triple Entente, con batallas como las de Cantigny, Sant-Mihiel y la conocida como Segunda del Marne, que terminaron por derrotar a los alemanes y sus aliados, que capitularon primero en el armisticio de Compiègne, en 1918, y después definitivamente en el Tratado de Versalles en 1919, que impuso unas condiciones durísimas para el estado germano, lo que, a la larga, constituiría el germen de lo que dos décadas después sería la Segunda Guerra Mundial.
Las películas y las series
En uno de esos fenómenos que de vez en cuando suceden, la primera película que traemos a este repaso del cine y la televisión que han tocado, de una u otra forma, la Gran Guerra (y, en especial, la intervención de Estados Unidos en la misma, que es lo que nos ocupa), se rodó en el mismo año en el que ésta acabó, 1918. En esa fecha el genio de Charles Chaplin estrenaba un mediometraje titulado Armas al hombro, ambientado en aquel conflicto bélico. Chaplin era ya en esa época una figura de renombre mundial, que luego se acrecentaría con sus famosos largos. Pero el mediometraje le permitía ya una exposición, nudo y desenlace que difícilmente le hubiera permitido el corto, y aquí, como director, productor y protagonista, esboza una divertida sátira sobre un soldado (en alguna medida su personaje canónico, el vagabundo Charlie o Charlot, pero vestido de militar) metido en varios fregados durante su participación en el frente; ese tono humorístico no era óbice para que se mostrara el horror de la guerra, con el miedo en las trincheras, el enfrentamiento armado, la sinrazón de la lucha entre hermanos; pero todo ello, visto con el ojo cómico del gran Chaplin, otorgaba a la cinta una frescura, una gracia especial que convenía a aquellos tiempos aciagos.
En la década de los años veinte, Hollywood, bajo los auspicios de la entonces todavía casi recién nacida Metro Goldwyn Mayer, rueda El gran desfile (1925), lógicamente aún muda, con King Vidor (el famoso director de la mítica Duelo al sol) a los mandos, con el galán John Gilbert al frente del reparto, en una historia protagonizada por el típico “niño rico” que decide alistarse para ir a la guerra, sin saber realmente qué es lo que estaba haciendo, aunque ello le permitirá encontrar el amor en Francia. De corte moderadamente pacifista, la película fue todo un hito en su momento.
Solo un año después, Raoul Walsh, que se hizo famoso sobre todo por sus wésterns, rueda otro clásico mudo, El precio de la gloria (1926), con Edmund Lowe de protagonista (del que hoy no se acuerda nadie…), pero sí de la prota femenina, la gran Dolores del Río, y uno de los grandes secundarios de John Ford, Victor McLaglen. La película se centra en una compañía de inexpertos marines yanquis acuartelados en Francia, a la espera de entrar en combate, y cómo el capitán que los manda requiere los servicios de un sargento veterano para ello, aunque con el que le envían tiene alguna cuenta pendiente…
A Alas (1927), además de poder inscribirse perfectamente en el tema que glosamos, le corresponde el honor de haber sido la primera película en ganar el Oscar, en la primera edición de los populares premios. Fue dirigido por William A. Wellman, un cineasta que empezó su carrera cuando al cine mudo ya le quedaban apenas dos o tres años de vida, por lo que el film era aún silente, situando su acción en un escenario ciertamente sugestivo, el aire, con las luchas entre aviones norteamericanos y alemanes, en especial en la decisiva batalla de Sant-Mihiel. En el reparto aparecía una entonces muy en boga Clara Bow, famosa estrella del cine mudo, y también, en un papel episódico, un actor que, con el paso del tiempo, se convertiría en una de las grandes estrellas del Hollywood clásico: Gary Cooper.
Como ya hemos visto con Chaplin, la Gran Guerra también podía ser vista con humor (a pesar de la tragedia que supuso), y ello se puede confirmar con El abuelo de la criatura (1932), una “del Gordo y el Flaco”, dirigida al alimón por George Marshall y Ray MacCarey, siempre bajo los auspicios del productor Hal Roach, que presentaba a los populares Stan Laurel y Oliver Hardy luchando en la Primera Guerra Mundial, donde se verán obligados a cumplir una promesa a un compañero gravemente herido, una promesa (llevar a la hija del lesionado a casa de su abuelo) que se revelará harto complicada (además de divertida, claro…).
Ese mismo año es en el que se produce la primera versión de Adiós a las armas (1932), la famosa novela de Ernest Hemingway que ha sido llevada en cuatro ocasiones a la pantalla. Ésta la dirigió el notable Frank Borzage, un cineasta lamentablemente olvidado pero que merecería una reivindicación. Como es conocido, se trata de una historia de tintes autobiográficos del autor de Fiesta, en la que un soldado norteamericano traba relación sentimental con una enfermera inglesas. Con Gary Cooper como el “alter ego” de Hemingway, y la entonces muy popular Helen Hayes como la sanitaria, en un film que contó con el beneplácito de público y crítica, si bien el escritor no quedó demasiado conforme por las libertades que se tomó Borzage.
La segunda versión del texto de Hemingway, con igual título, Adiós a las armas, data de 1957 y está dirigida por Charles Vidor (atención, el director de Gilda…), que contó para la ocasión con Rock Hudson y Jennifer Jones, ambos ya estrellas consagradas del Hollywood de los cincuenta, más algunos actores secundarios tan relevantes como Vittorio de Sica, Oscar Homolka y la gran Mercedes McCambridge (qué bien odiaba esta mujer en Johnny Guitar…), todos ellos bajo los auspicios del productor David O. Selznick, que, como sabemos, mandaba más que el director…
La tercera versión es televisiva, una miniserie de 3 capítulos con el título original A farewell to arms (no se llegó a estrenar en España), producida por la prestigiosa BBC, con Rex Tucker a los mandos y una pareja de lo más apañada, la gran Vanessa Redgrave como la enfermera y George Hamilton (en su época buena, la de Con él llegó el escándalo y Viva María) como el soldado herido, trasunto del propio Hemingway.
La cuarta adaptación del texto no lleva el título de la novela, sino En el amor y la guerra (1996), siendo dirigida por Richard Attenborough y con Sandra Bullock y Chris O’Donnell en los papeles principales, con la peculiaridad de que el soldado norteamericano conductor de ambulancias y herido, que ya hemos visto que era un “alter ego” de Hemingway, pero con otro nombre, aquí se llama sospechosamente “Ernest”, para remarcar lo que era evidente.
A principios de los años cuarenta, cuando el mundo estaba ya enfangado en otra contienda internacional, la Segunda Guerra Mundial, pero Estados Unidos aún se mantenía neutral en ese conflicto, la Warner Bros rueda Regimiento heroico (1940), ambientado en la Gran Guerra, en la que veremos a un joven alistado en el ejército para combatir en esa contienda, pero cuyo carácter airado y volcánico le harán ser un problema para sus superiores (y sus iguales…), menos para un cura castrense, que cree ver el buen fondo del complicado chico para encauzarle por el buen camino… Con un muy apropiado James Cagney, al que los personajes conflictivos le salían bordados, aquí además contaminado por lo que podríamos llamar “efecto Lord Jim” (ya saben, el cobarde que quiere redimirse…), más el veterano Pat O’Brien en el papel del sacerdote, todos dirigidos por el veterano William Keighley, perito en pelis de aventuras.
El mismo año en el que Estados Unidos entró en guerra contra las potencias del Eje, tras el bombardeo de Pearl Harbor, se estrena El sargento York (1941), basada en una historia real, la de un campesino borrachuzo que tuvo una especie de inspiración divina que le hizo prometerse no matar a nadie, pero que, reclutado para intervenir en la Gran Guerra, finalmente no solo mató a uno, sino a muchos más, y todo por defender a sus compañeros masacrados. La peli ya jugaba a favor de que la opinión pública, hasta entonces recelosa, cambiara su posición a favor de entrar en la guerra que en Europa perdían los grandes países aliados, Gran Bretaña y Francia. Gary Cooper era ideal para el papel, haciendo otro de sus grandes héroes americanos, todo bondad y honestidad, con frecuencia en contra del sentir general. Dirigía el gran Howard Hawks, para el que no había género que se le resistiera.
Senderos de gloria (1957) está unánimemente considerada como una de las grandes películas pacifistas de la Historia del Cine. Dirigida por un Stanley Kubrick que ya había dado muestras de su desmesurado talento como cineasta el año anterior en la estupenda Atraco perfecto (1956), la película, con producción y protagonismo del gran Kirk Douglas, se constituyó en un durísimo alegato contra el sinsentido de las contiendas bélicas, ambientándose en la Gran Guerra. La peli contaba una historia en el frente, donde un batallón es conminado a tomar una colina inexpugnable; retirados ante la imposibilidad de conseguir el objetivo, el alto mando decide imponer un castigo ejemplar a los soldados que no han sido capaces de cumplir las órdenes, seleccionando aleatoriamente a tres de los soldados a los que se ejecutará por supuesta cobardía. Douglas estaba espléndido como el coronel Dax, el oficial que se opone frontalmente a tal felonía, además de ser el alma mater para que se pudiera llevar a cabo la película, que tuvo problemas de todo tipo en su estreno en Europa, y, de hecho, en España no pudo verse hasta 1986, once años después de la muerte del Dictador…
La figura de Mata Hari es, sin duda, una de las más fascinantes del tiempo de la Gran Guerra: bailarina y cortesana de origen holandés, se vio envuelta en una serie de espionajes entre Francia y Alemania, siendo finalmente apresada por el primero de esos países y utilizada como chivo expiatorio por la horrible gestión de la contienda que se había llevado hasta 1917, siendo condenada en juicio y ejecutada por un pelotón de fusilamiento. Sobre este personaje que se ha convertido en el arquetipo de la mujer seductora que usa de sus encantos femeninos para conseguir secretos de sus amantes se han hecho un buen número de audiovisuales; rescatamos un par de ellos, muy distintos. Por un lado, la muy clásica Mata Hari (1931), con la gran Greta Garbo como la bella y Ramón Novarro como su enamorado, y con George Fitzmaurice en la dirección, con producción de la Metro; y por otro, la mucho más despendolada Mata Hari (1985), con la diva del cine “softcore” Sylvia Kristel como la bailarina y espía, con el más bien mediocre Curtis Harrington en la dirección, en una historia que, obviamente, se tomaba muchas libertades, y en la que Mata Hari se ponía en bolas en cuanto te descuidabas…
Ya en el siglo XXI, War Horse (Caballo de Batalla) (2011) fue la aportación al tema de la Gran Guerra por parte de Spielberg, que ya había dado varios títulos relacionados con la Segunda Guerra Mundial (Salvar al soldado Ryan, La lista de Schindler, 1941, Always…), en uno de esos relatos humanistas que tanto le gustan al director nacido en Cincinatti, en el que tendremos a un chico y su amado caballo metidos en el fregado insoportable de la que sería, con el tiempo, la Primera Guerra Mundial. El prota, Jeremy Irvine, no ha tenido después demasiado recorrido, pero la peli contaba con secundarios tan potentes como Emily Watson, Peter Mullan y Neils Arestrup, y con actores jóvenes tan talentosos como Tom Hiddleston y Benedict Cumberbatch.
1917 (2019) fue la apuesta de Sam Mendes por un tema, la Gran Guerra, que en esos años cumplía sus primeros cien años, un film rodado en un único (falso) plano secuencia, ambientado lógicamente en el año del título, en un campo de batalla en Francia, siguiendo a dos soldados a los que se les encomienda una misión casi imposible, atravesar territorio enemigo para llevar un importante mensaje a otro regimiento, en una peli que, como todas las de Mendes, era estilo en estado puro. Con una pareja de jóvenes no demasiado conocidos, George McKay y Dean-Charles Chapman, y una pléyade de secundarios de bastante más nivel: Mark Strong, Colin Firth, de nuevo Cumberbatch, incluso “el rey en el Norte” Richard Madden, recién salido del rodaje de Juego de tronos.
Ilustración: Kirk Douglas, en una imagen de Senderos de gloria (1957), de Stanley Kubrick.
Próximo capítulo: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. La Ley Seca. El auge de la Mafia (XI)