21/10/2026
Los hechos
El 24 de octubre de 1929 se produce en Nueva York, en Wall Street, el que la Historia conoce como Jueves Negro, el comienzo de un vertiginoso descenso en la bolsa neoyorquina que tendría continuidad en los llamados Lunes Negro y Martes Negro. En esos tres días la cotización bursátil global cayó un 25% y, sobre todo, envió un mensaje de absoluta inseguridad al conjunto del país que hizo que se entrara en una fase de falta de confianza en la economía que, entre otras desgracias, provocó la pérdida del empleo de 100.000 trabajadores en solo tres días. Las consecuencias de aquel evento, conocido como el Crack del 29, se alargarían a lo largo de prácticamente un decenio, hasta finales de los años treinta, en lo que la Historia conoce como la Gran Depresión, un período de tiempo en el que el país cayó en barrena en sus niveles de producción industrial y empleo, convirtiendo de la noche a la mañana a amplias capas de clases medias en masas de indigentes.
La equivocada actuación de la Administración Hoover, en aquel tiempo presidente reinante (permítanme la metáfora, no tan desencaminada, aunque no sea una monarquía hereditaria…), no haría otra cosa que agravar el problema, al echar erróneamente más leña al fuego, creyendo que el estado no debía intervenir sino que había de ser el mercado quien se regulara a sí mismo. La creciente miseria de buena parte de la población llevaría en volandas a Franklin D. Roosevelt a la Casa Blanca en 1932, quien implementaría el programa que la Historia conoce como el New Deal (el Nuevo Trato), un ambicioso proyecto que inyectó grandes cantidades de dinero público para mejorar la situación de penuria de millones de norteamericanos, a la par que se establecía un gigantesco plan de obras públicas y la contratación como empleados públicos de, sobre todo, cientos de miles de jóvenes. Aquel formidable impulso enderezó la economía progresivamente a lo largo de la década, y sobre todo supuso un reame moral democrático para la población, en un tiempo en el que en Europa florecían ideologías antidemocráticas como el fascismo y el comunismo, con el evidente peligro de contaminación para el país.
Las películas
Lo cierto es que se suele decir, no sin razón, que el wéstern, las películas ambientadas en ese amplio período (casi todo el siglo XIX) que glosaron desde muy diversas perspectivas la conquista del Oeste, es el género norteamericano por excelencia, pero la verdad es que las películas que se ambientan sobre todo en la Gran Depresión casi podrían constituir un género en sí mismas, por la gran cantidad y variedad que se han hecho sobre el tema. Así las cosas, hemos tenido que ser muy selectivos a la hora de elegir un número razonable de títulos significativos del tema que glosamos para no hacer kilométrico este comentario.
Ya desde principios de los años treinta comenzó a hacerse cine que reflejaba los problemas económicos de la población norteamericana de su tiempo. Bad girl (literalmente “Mala chica”, 1931), dirigida por el gran Frank Borzage, con producción de la Fox, presentaba su historia con los ropajes del melodrama, género ideal, sin duda, para ambientar una historia en plena Gran Depresión, con una pareja compuesta por un vendedor de radios y una modelo que, tras casarse en un impulso, encuentran que los problemas económicos (y algunos malentendidos…) dificultarán su convivencia…
En 1934 King Vidor, un cineasta hoy día bastante olvidado, pero que hizo un puñado de buenas o muy buenas películas (Y el mundo marcha, El campeón, Duelo al sol, Guerra y paz, Salomón y la reina de Saba), rueda el que se puede considerar el film que mejor recogió el espíritu del New Deal, El pan nuestro de cada día, una poderosa, esperanzada, vibrante película centrada en una pareja en angustiosa situación económica y cómo ambos se sobreponen a la adversidad a base de entrega, trabajo y fe en un futuro mejor. La cinta, casi cien años después, sigue hinchiendo los corazones por su pujanza y fuerza.
Ese New Deal que se mostraba en términos prácticos y de esfuerzo colectivo en esta peli se presentará con ropajes ideológicos en otras cintas de la época, como fueron dos dirigidas por Frank Capra en la segunda mitad de los años treinta, El secreto de vivir (1936) y Caballero sin espada (1939), ambos inflamadas apuestas por la mirada liberal (en el sentido político, no en el económico), por el tono social, incardinadas en sendas historias de dos hombres ingenuos que se enfrentarán al sistema corrupto para conseguir un mundo mejor, encarnados por dos actores, Gary Cooper y James Stewart, respectivamente, que fueron los epítomes de los hombres rectos, honestos y generosos de los que el cine USA clásico ha dado unos cuantos ejemplares memorables.
Ese mismo segundo lustro de los años treinta nos dará la primera adaptación de uno de los clásicos de la literatura norteamericana del siglo XX, la película de Lewis Milestone De ratones y hombres (1939), sobre la famosa novela homónima de John Steinbeck, con un gran reparto cuajado de nombres que generalmente eran magníficos secundarios, aunque aquí tuvieran papeles más protagonistas: Burgess Meredith, Lon Chaney Jr., Charles Bickford… La historia cuenta la azarosa peripecia de dos desheredados de la fortuna, un hombre inteligente y ecuánime y un gigante de limitadas capacidades intelectuales, que formarán una peculiar pareja que sueña con un futuro mejor mientras sobreviven durante la Gran Depresión.
Esa misma novela se retomaría para su adaptación al cine medio siglo después en De ratones y hombres (1992), dirigida por el también actor Gary Sinese, un par de años antes de hacerse famoso por su personaje del teniente mutilado de Forrest Gump; la nueva versión sobre el clásico de Steinbeck contaría con el propio director como coprotagonista junto a John Malkovich, además de varios secundarios de relieve como Ray Walston y Sherilyn Fenn, con una mirada más actual, incluso con cierto tono feminista que no estaba en el original literario.
Pero seguramente “la película” por excelencia sobre la Gran Depresión sea Las uvas de la ira (1940), la monumental adaptación que John Ford realizó sobre la homónima novela, de nuevo, de John Steinbeck, una versión llena de fuerza y esperanza colectiva, que fustigaba duramente el capitalismo salvaje que hacía de las suyas durante aquel tiempo aciago, muy próxima también a planteamientos socialistas, con un impresionante Henry Fonda, en un personaje bastante alejado de sus protagonistas bondadosos, un personaje con muchas capas, a cual humanamente más interesante; y con una secundaria extraordinaria, la vieja y sabia Jane Darnell, en cuya boca Ford, y Steinbeck, pondrán una frase demoledora y definitiva: “Nosotros duraremos siempre porque somos el pueblo”.
El mismo John Ford será también el autor de La ruta del tabaco (1941), en el que no abandonará el tema de las dificultades económicas en la Gran Depresión, si bien con un punto de vista distinto, donde aparece inopinadamente, junto al drama, también la comedia, dentro de una familia que conoció tiempos mejores, pero a los que la desidia del paterfamilias aboca a una situación no precisamente envidiable… en el reparto destaca la siempre estupenda Gene Tierney y aquel secundario de lujo cuyo nombre parecía de mujer, Dana Andrews.
Las penurias de la Gran Depresión servirán también como idóneo marco para sórdidos melodramas entreverados de thriller, como El cartero siempre llama dos veces (1946), adaptación de la novela de James M. Cain, una tórrida historia pasional entre un vagabundo producto típico de la miseria de la época y su escultural patrona, casada con un viejo al que desea ver muerto para vivir la vida loca junto al semental que le ha entrado por las puertas con ropas de indigente, en un poderoso thriller de irisaciones eróticas, con una pareja de notable química, una Lana Turner que nunca estuvo tan seductora, y un John Garfield que encarna perfectamente el macho sin mácula, bajo la dirección de Tay Garnett, un cineasta a reivindicar. Bob Rafelson, varias décadas después, en los ochenta, haría una nueva versión, también titulada El cartero siempre llama dos veces (1981), mucho más carnal y explícita (esa famosa escena de la mesa de cocina, usada para otra cosa muy distinta que para cocinar…), con una pareja que también demostró una química extraordinaria, el siempre excesivo Jack Nicholson y una Jessica Lange de sugestiva voluptuosidad de ama de casa. Ambas fueron notables versiones, cada una a su manera.
Ya en los años sesenta, Sydney Pollack, en su mejor época, rueda Propiedad condenada (1966), historia ambientada en el estado de Mississippi durante la Gran Depresión, con un melodrama inspirado en un drama de Tennessee Williams, una historia de amor entre el circunspecto funcionario ferroviario (Robert Redford) enviado al lugar para seleccionar a los trabajadores de la compañía que hay que despedir, dada la recesión económica, y la vistosa hija (Natalie Wood) de la dueña de la pensión donde se aloja, en un film que combina la visión de la miseria de la época con una pasión sureña al estilo habitual del gran Williams, el autor teatral de las pulsiones eróticas apenas soterradas.
El mismo Pollack, a finales de esa década, reincide con el cine ambientado en la Gran Depresión en la angustiosa Danzad, danzad, malditos (1969), que pone en escena uno de esos eventos en los que el público sin problemas económicos se solaza con el sufrimiento ajeno, para la ocasión un concurso en el que se premiará con 150 dólares (una fortuna para la época, sobre todo para los que no tienen donde caerse muertos…) a quien baile durante más tiempo, en una competición que se alargará extenuantemente durante semanas. El film, toda una lección de filosofía sobre la execrable capacidad del ser humano de gozar con el dolor ajeno, estaba impecablemente interpretada por Jane Fonda y un actor, Michael Sarrazin, que gozaba entonces de bastante predicamento, para después difuminarse en productos de escasa entidad.
Los años setenta se abren con un poderoso drama entreverado de acción, El emperador del Norte (1973), dirigida por el gran Robert Aldrich (otro cineasta que está pidiendo a gritos una reivindicación), potente artefacto cinematográfico ambientado en la Gran Depresión, rodado a partir de un relato autobiográfico de Jack London, que se desarrolla casi monográficamente en un tren, en el que viaja el conocido como “el emperador del norte”, un indigente (Lee Marvin) famoso por burlar repetidamente a los celosos ferroviarios que intentan impedir que los vagabundos viajen gratis en los trenes. El film funciona igualmente bien en su denuncia de una situación económica insostenible, donde millones de personas fueron abandonadas a su suerte tras el Crack del 29, pero también como formidable película de acción, con notabilísimas escenas rodadas a lomos de trenes, cuando no había efectos digitales ni se les esperaban… Con unos también estupendos Ernest Borgnine (inolvidable su sádico maquinista) y Keith Carradine.
Otro de los hermanos Carradine, David (el inolvidable “pequeño saltamontes” de la serie Kung Fu) será el protagonista absoluto de Esta tierra es mi tierra (1976), vibrante biopic del famoso cantautor “country” Woody Guthrie, que recorrió las tierras norteamericanas durante la Gran Depresión conociendo de primera mano las penurias de la gente de a pie, y componiendo y cantando sobre esas duras existencias, en un film de nítido corte socializante, como correspondía al director Hal Ashby, cineasta del ala izquierda de Hollywood, y con buenos secundarios, como Ronny Cox y Melinda Dillon.
Clint Eastwood, como director, hizo una de sus primeras buenas películas como tal con El aventurero de medianoche (1982), que empezó a despejar el sambenito que se la había colgado como supuesto facha irredento, creyendo (bueno, un despiste lo tiene cualquiera…) que cuando hacía de Harry el Sucio no interpretaba un papel, sino que era él… Este film empezó, efectivamente, a mostrarnos a un cineasta sensible y con un poderoso mundo interior, en una película ambientada en la Gran Depresión que bebe sin recato en el clásico Las uvas de la ira, ya comentado, en un evidente homenaje que se sustancia en esta historia de un cantautor gravemente enfermo que viaja con su sobrino y su abuelo, todos con distinto propósito: el adolescente, cuidar de su tío, pero también conocer el mundo; el viejo, llegar a su lugar de nacimiento para morir allí; el cantante enfermo, buscar una última oportunidad con la que volver a gozar de las mieles del éxito.
En un lugar del corazón (1984) fue una de las películas de ese año, y de hecho consiguió dos Oscars de los siete a los que estuvo nominada. Con dirección del entonces muy en boga Robert Benton, la película se ambientaba en Texas, durante la Gran Depresión, y en ella conoceremos las vicisitudes de una reciente viuda con dos hijos menores y sus graves dificultades económicas para salir adelante, su lucha denodada para hacerlo, con solo dos amigos, un blanco ciego y un negro consciente de que, en aquel tiempo y lugar, el irredento sur, su posición es muy delicada, sobre todo si tiene trato con una mujer blanca… Gran trabajo de Sally Field al frente del reparto (uno de los Oscars fue para ella) y de John Malkovich como el ciego y Danny Glover lógicamente como el hombre negro, además de otros estupendos intérpretes como Ed Harris y Lindsay Crouse.
El cineasta brasileño Héctor Babenco, tras su éxito con la primera versión de El beso de la mujer araña, dirige en Hollywood Tallo de hierro (1987), buscando el realismo sucio en una historia protagonizada por indigentes de lo más tirado durante la Gran Depresión, en este caso centrándose en la vida de un famoso beisbolista que, tras un accidente, queda sumido en la miseria, dando tumbos por la vida en compañía de una mujer mientras ambos coleccionan borracheras y procuran sobrevivir como buenamente pueden, con notables interpretaciones de Jack Nicholson y Meryl Streep.
Ya en el siglo XX, los hermanos Joel y Ethan Coen ruedan uno de sus estilosos (a veces demasiado…) films, O brother (2000), en la que el protagonista, Ulyssess (sí, como el de La Odisea, y es premeditado…), quinqui del tres al cuarto, encerrado en el estado de Mississippi durante la Gran Depresión, intenta escaparse, aunque será una misión complicada. En clave de comedia negra, a ratos nigérrima, la película busca ser una recreación libérrima de la mentada obra homeriana (de Homero el poeta griego, no de Homer Simpson…), apoyándose en un repartazo, desde los muy coenianos George Clooney, John Turturro y John Goodman hasta otros grandes no habituales en la filmografía de los talentosos hermanos, como Charles Durning y Holly Hunter.
Cerramos esta glosa de algunos de los títulos más significativos que han tratado el Crack del 29, la consecuente Gran Depresión y el esperanzado New Deal con Seabiscuit, más allá de la leyenda (2003), un melancólico film dirigido por Gary Ross, lógicamente ambientado en aquel atroz tiempo histórico, que narra la historia de amistad entrañable entre un joven jockey tuerto y un hosco caballo: ambos, contra toda esperanza, conseguirán lo imposible, imponerse a otros que parecían mejor dotados para el triunfo, en lo que no dejaba de ser una sutil metáfora del New Deal, del “Nuevo Trato” enunciado por Roosevelt, que propició el levantamiento de una sociedad económica pero también moralmente postrada.
Ilustración: Jessica Lange sobre la mesa de cocina, y no precisamente para hacer tortitas, en El cartero siempre llama dos veces (1981), de Bob Rafelson.
Próximo capítulo: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. La Segunda Guerra Mundial (XIII)