Pelicula:

Aunque se suele etiquetar restrictivamente a John Ford solo como maestro del wéstern, lo cierto es que el cineasta de ancestros irlandeses no se limitaba, ni mucho menos, a cultivar ese género. Como era habitual en el Hollywood de los años treinta, cuarenta y cincuenta, regido por los grandes estudios, los directores hacían todo tipo de cine. Claro que solo algunos, como Howard Hawks, brillaban con igual intensidad hicieran lo que hiciesen. John Ford fue otro de los grandes que no solo rodó un puñado de los mejores wésterns nunca realizados, que establecieron los cánones, las pautas, las bases sobre las que se cimentó ese género inmortal, sino que afrontó con igual maestría otros géneros, como el drama, como se encarga de demostrar esta espléndida Las uvas de la ira.

Sobre la novela homónima de John Steinbeck, que conseguiría el Pulitzer en 1939, Ford, con guion de Nunnally Johnson, rodaría la que se puede considerar la obra maestra del New Deal, el potente programa regeneracionista que puso en marcha el presidente Franklin D. Roosevelt para poner el país en pie tras la debacle del Crack del 29 y la consiguiente Gran Depresión que hundió a los Estados Unidos en la más absoluta miseria. Ese programa era también, en el fondo, todo un tratado de filosofía sobre la necesidad de recuperar a los que se habían visto devastados económica, social, familiarmente por aquella crisis horrenda.

Pocas películas como Las uvas de la ira ponen de manifiesto precisamente el ambiente devastado de los Estados Unidos en los años siguientes a los eventos históricos citados, en especial en algunos estados, como el de Oklahoma, donde se desarrolla inicialmente la historia. En ese contexto, a su tierra natal vuelve Joad, un hombre que ha pasado cuatro años en una penitenciaría por homicidio, cárcel de la que ha podido salir en libertad condicional. Se encuentra con que su familia, que se ha dedicado a la aparcería durante varias generaciones, tiene que marcharse de las tierras porque la propietaria, una compañía anónima, así lo ha decidido. Todos van en una vieja furgoneta que han comprado con el escaso dinero que les quedaba. Su destino será California, de donde llegan noticias de que hay trabajo para todos. Pero, claro está, quizá sea todo un espejismo...

Está Las uvas de la ira transida del dolor de un escritor social como Steinbeck, pero también tocada por el aliento trágico del guionista Nunnally Johnson y, sobre todo, del sentido cinematográfico de John Ford, que conseguiría una obra redonda, donde fondo y forma se funden de manera perfecta. Con ese modo de hacer cine tan típico de Ford, que parecía sencillo aunque no lo fuera, con una puesta en escena tranquila, serena, clásica, en la que brilla la exactitud del encuadre, la película nos adentra en la tragedia de la familia Joad, expulsada de su propio Paraíso y camino de su particular Tierra de Promisión, en lo que sin duda es una evidente paráfrasis bíblica. Su camino desde Oklahoma hasta la mítica California donde supuestamente corre la leche y la miel (por seguir con los símiles bíblicos), estará jalonado de graves problemas, dificultades que parecerán insalvables, sintiéndose como apestados, siendo compelidos a convertirse en esquiroles, finalmente también a rebelarse contra la injusticia. Ello no hará sino despertar la conciencia social de, sobre todo, madre e hijo, auténticos protagonistas del film, ella como la Mater Natura, la madre ubérrima de la que parte todo, a lo que todo vuelve; él, como el hombre que ha despertado de su sueño indolente y se da cuenta de la injusticia permanente contra los desvalidos, contra los desheredados de la fortuna.

Denuncia sobre la ignominia del capitalismo atroz, el que no tiene rostro porque las sociedades no tienen alma ni tampoco cara, la película es, ciertamente, muy progresista, muy social, una de esas obras que en el ambiente del New Deal eran posibles, aunque hoy día, en pleno siglo XXI, su mensaje se pueda considerar incendiario, aunque ciertamente no es sino la única postura posible ante el avasallamiento del débil, ante la aniquilación del desvalido, ante la incuria del rico que quiere serlo aún más, mucho más. 

Con una fotografía que recuerda, sin serlo en sentido estricto, el tratamiento expresionista del cine alemán del período entre guerras, Ford utilizó sabiamente algunos recursos cinematográficos que potenciaron determinadas escenas, como la de los fundidos encadenados de los tractores para ejemplificar la mecanización que arrasa con el modus vivendi de las familias generación tras generación, y también la utilización de esa brigada mecanizada como agresivo brazo armado del capitalismo más salvaje, la impía maquinaria del poder que lleva a cabo el trabajo más sucio.

El film es también una radiografía en blanco y negro de un país devastado, un país que tras el Crack se arruinó y, como suele ocurrir en estos casos, los que peor lo pasaron fueron las clases bajas, que perdieron lo poco que tenían y lo que es peor, la dignidad de no poder morir siquiera en el suelo que les vio nacer, que vio nacer a sus padres y a sus hijos. Pero contra la sensación de apestados que tendrán los protagonistas se opondrá la solidaridad que surgirá, casi sin pensarlo, entre sus pares, entre sus prójimos, una solidaridad desinteresada, de ida y vuelta, en la que solo alienta el deseo de no dejar en el camino a los que lo están pasando tan mal como la familia protagonista. El hecho de que el personaje central, el Joad que hace Henry Fonda, no sea un hombre intachable (rol que tantas veces interpretaría el gran actor de, por ejemplo, Falso culpable), es una brillante idea de Steinbeck que Johnson y Ford plasman perfectamente en la pantalla: no es un héroe, es un Juan Nadie anónimo, con sus muchos defectos, un hombre que, como Saulo en el camino de Damasco (de nuevo la Biblia...), también sufrirá su metafórica caída del caballo y su conversión, en este caso a un sentimiento de hermanamiento global, de denuncia de la opresión y el hambre, un sentimiento, también una ideología, generalmente conocido en la historia como Socialismo. Precisamente por esa conversión, los bellísimos diálogos de la secuencia final entre madre e hijo, cuando se despiden, están transidos de desolación pero también de esperanza, la esperanza regeneradora que alentó el New Deal, ejemplificada en una de las frases que Steinbeck, Johnson y Ford ponen en boca del personaje de la madre: “somos la gente que vive, duraremos siempre porque somos el pueblo”; el tono social e incluso socialista lo remachará el expredicador Casy con la sentencia que se pone en su boca, y de la que se hace eco Joad, “el hombre no tiene un alma propia, sino un pedazo de un alma más grande”, metáfora del ser humano como estirpe, como ente colectivo antes que individual.

Gran trabajo de Fonda, en un personaje que, como queda dicho, no es el típico hombre ahíto de bonhomía, sino con matices y sombras que lo hacen mucho más real, mucho más creíble. Pero quien realmente estuvo espléndida fue la actriz que interpretaba a su madre, Jane Darwell, en uno de esos roles inolvidables que alcanzan el rango de las grandes trágicas griegas del tiempo de Sófocles o Eurípides, un trabajo que fue justamente recompensado con un Oscar. John Ford, también tan merecidamente, conseguiría el de Mejor Director.

(18-06-2020)


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129'

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Las uvas de la ira - by , Jun 18, 2020
5 / 5 stars
Duraremos siempre porque somos el pueblo