Enrique Colmena

11/10/2026

Los hechos

Desde el siglo XIX en Estados Unidos crecía lo que la Historia conoce como el Movimiento por la Templanza, que demonizaba el consumo de alcohol y propugnaba la prohibición total de las bebidas alcohólicas; este movimiento puritano, esencialmente de origen anglosajón, chocaba con la idiosincrasia de los inmigrantes de otras zonas de Europa (irlandeses, alemanes, italianos…), mucho más tolerantes al respecto. Tras la Primera Guerra Mundial, en la que los enemigos eran los alemanes, principales importadores de alcohol a Estados Unidos, el movimiento aprovechó esa circunstancia para promover una ley, plasmada en la Enmienda XVIII de la Constitución, promulgada por el Congreso a principios de 1920, y que estaría en vigor durante casi 14 años, hasta finales de 1933, derogándose mediante la Enmienda XXI.

Esa prohibición, conocida como Ley Seca, afectó profundamente a la sociedad norteamericana; por un lado el consumo de bebidas alcohólicas, efectivamente, bajó a la mitad, pero con el muy nocivo efecto colateral de fomentar involuntariamente un floreciente comercio clandestino, que provocó un fuerte incremento de la delincuencia, principalmente en grupos étnicos que, como el italiano, ya tenía antecedentes mafiosos en su propio país; también fue relevante la nacionalidad irlandesa en la creación de bandas armadas que gestionaron (igualmente con métodos violentos y utilizando el soborno, la coacción y la extorsión) todo el tráfico de alcohol ilegal que se generó durante esos años. Ello dio lugar a un heterogéneo y poderoso conglomerado delincuencial, el “Sindicato Nacional del Crimen”, contra el que el estado tuvo que luchar no siempre en igualdad de condiciones. Se hicieron famosos algunos gánsteres, como Al Capone, Lucky Luciano, John Dillinger o el sanguinario Bugsy Siegel, el creador de Las Vegas. También en las filas de la ley hubo personajes famosos, aunque bastante menos que aquellos a los que perseguían; el caso de Eliot Ness fue paradigmático, el policía que luchó contra Al Capone, aunque finalmente éste fuera detenido por un delito fiscal y no por sus muchos crímenes (tráfico ilegal de alcohol, prostitución, juego, asesinatos…).


Las películas y las series

Una de las características del cine norteamericano de siempre es su cercanía temporal a los hechos de su historia. Así, en la misma década en la que se promulgó la Ley Seca, los años veinte, ya tenemos una película sobre el tema, que se considera fundacional de este subgénero que ha conformado el cine sobre aquella ley y las consecuencias que acarreó al país. Esa película fundacional es La ley del hampa (1927), de Josef Von Sternberg, hacedor de un puñado de grandes pelis: Los muelles de Nueva York, Marruecos, El ángel azul (donde descubrió a Marlene Dietrich), El expreso de Shanghai… En La ley del hampa se nos cuenta la historia de dos tipos marginales (uno temerario atracador, el otro abogado alcoholizado) de cuya unión surge la sinergia necesaria para ascender en el mundo del hampa hasta la cima... hasta que irrumpe el amor en forma de triángulo isósceles y todo se pondrá en cuestión… La película consiguió el primer Oscar al Mejor Guion (para el gran Ben Hecht) y se convirtió en el modelo a seguir en el cine de gánsteres durante al menos una década. 

Al principio de los años treinta, el exquisito Rouben Mamoulian dirige para Paramount Las calles de la ciudad (1931), con un jovencísimo Gary Cooper, una película en la que nuestro prota, un humilde feriante, enamorado de la bella hijastra de un mafioso, se verá introducido en la banda, todo ello tomando como inspiración una novela de Dashiell Hammet. Por su parte, Mervin LeRoy no fue un cineasta especialmente dotado, a pesar de lo cual hizo algunos films tan populares como Quo Vadis? o Mujercitas. LeRoy fue el director, a las órdenes de la Warner, de Hampa dorada (1931), sobre la ascensión dentro del crimen organizado de un pequeño delincuente, mientras que su amigo intenta reinsertarse en la vida normal… Ésta fue otra película que marcó el devenir del cine de gánsteres, siempre en el marco de la Ley Seca que hizo florecer la delincuencia relacionada con el tráfico ilegal de alcohol; con un estupendo Edward G. Robinson en el papel protagonista, el primer personaje que lo encumbró como uno de los grandes del Hollywood clásico.

Ese mismo año de 1931 William A. Wellman (que venía de ganar el primer Oscar de la historia por Alas) dirige también para la Warner El enemigo público, en la que conoceremos la infancia, vocación y primeras experiencias (gracias, Comencini…) de un gánster de carácter volcánico, magníficamente servido por un James Cagney al que estos personajes airados y explosivos le salían estupendamente; y además estaba la siempre excelente Jean Harlow.

1932 es el año de otra de las pelis fundacionales del subgénero, y en buena medida también prefigurador de otro, el cine negro. Hablamos de Scarface, el terror del hampa, una biografía camuflada de Al Capone (que aparece aquí como “Tony Camonte”), dirigida por el gran Howard Hawks, en una poderosa historia que cinceló el personaje del mafioso sin escrúpulos ni alma, marcando un antes y un después en el cine de gánsteres. Como queda dicho, fue un biopic disimulado de Capone, lo que no quita para que aparecieran algunas de sus fechorías más impactantes, como la famosa Matanza del Día de San Valentín. Paul Muni era Camonte/Capone, y aparecía un buen número de secundarios notables, desde George Raft a Boris Karloff. Brian de Palma hizo en 1983 un celebrado “remake” con Al Pacino, que en España se tituló El precio del poder, pero ambientada en el llamado “éxodo de los marielitos”, que en los años ochenta permitió a muchos cubanos (entre ellos un buen número de presos comunes) emigrar a Miami.

Ya a finales de los años treinta, Raoul Walsh rueda para la Warner Los violentos años veinte (1939), brioso film que describe muy bien cómo la Ley Seca fue el detonante del crimen organizado en los Estados Unidos, un sindicato del crimen que, acabada esa restrictiva legislación, siguió por la misma senda con otras prohibiciones, esencialmente el narcotráfico, el juego clandestino y la trata de blancas; se nos cuenta la historia de tres amigos que, al volver de la Gran Guerra, se encuentran sin trabajo ni perspectivas; con dos de los grandes, James Cagney y Humphrey Bogart.

En los años cincuenta, ya con la televisión convertida en un miembro más de la familia (valga la exageración…), la cadena televisiva norteamericana ABC pone en antena la serie Los intocables (1959-1963), que presentaba al escogido grupo de detectives de la Policía de Chicago que hubo de enfrentarse a las bandas de Al Capone, Lucky Luciano o Dutch Schultz. Sus 119 episodios fueron dirigidos por cineastas estimables, como Tay Garnett, Ida Lupino o Stuart Rosenberg, muchos de ellos dando sus primeros pasos en el audiovisual. Robert Stack alcanzó notable fama como el agente federal que encabezaba a este grupo de élite. De nuevo Brian de Palma haría un “remake” (en formato cinematográfico) de esta historia, la suntuosa Los intocables de Eliot Ness (1986), con Kevin Costner como el agente del título, Sean Connery como uno de sus ayudantes (que se llevó un Oscar), y Robert De Niro como un poderoso e inolvidable Capone, más algunos secundarios de la talla de Andy García y Patricia Clarkson.

El cine de gánsteres no fue solo dramático, trágico o adrenalínico, como demostraría el gran Billy Wilder en su divertidísima comedia Con faldas y a lo loco (1959), ambientada cronológicamente durante la Ley Seca, y cómo dos musicastros que son involuntarios testigos de una masacre (quizá un remedo de la mentada Matanza de San Valentín) ejecutada por una banda de hampones, se ven obligados a unirse (travistiéndose) a una orquesta de señoritas, donde se producirán equívocos de todos los colores, con un trío en estado de gracia: los varones travestidos eran Tony Curtis y Jack Lemmon, mientras que la hermosa hembra (un poco en plan rubia tonta, es cierto…) será una explosiva, sexy y graciosísima Marilyn Monroe.

Francis Ford Coppola, empeñado en arruinarse periódicamente, volvió a hacerlo a mediados de los años ochenta con su precioso musical Cotton Club (1984), como el famoso club de jazz de igual nombre, sito en el Harlem de la Ley Seca, con gánsteres alrededor del garito, en una historia romántica que es todo un clásico en el género, la amante del poderoso mafioso (u hombre con poder, da igual) que se enamora del guapo que no tiene donde caerse muerto. Con un reparto de lo más granado: Richard Gere en su mejor momento físico, más una constelación de estrellas: Bob Hoskins, Diane Lane, Nicolas Cage, el bailarín Gregory Hines, Tom Waits, Laurence Fishburne…

Sergio Leone reinventó (o se lo cargó, no queda claro…) el wéstern con su eurowéstern (también conocido más sandungueramente como espagueti-wéstern e incluso wéstern-chorizo…). Agotado el filón del cine del Oeste flamígero y europeo, Leone puso sus ojos en ese tiempo convulso en Estados Unidos que fue el auge del gansterismo al calor de la Ley Seca. Fue el momento de su ambiciosa Érase una vez en América (1984), película de larguísima duración que, por ello, se exhibió dividida en dos partes. En ella se narran los primeros años de un delincuente judío y su banda, hasta explotar como hampones en toda regla, todo ello a partir de los años veinte en los que fructificaron sus primeras fechorías. Es también una historia de largo recorrido, que llega hasta los años sesenta, con traiciones y bellaquerías varias, en una narración más de índole dramática que de escenas de acción, de las que también estaba generosamente servida. Protagonizada de nuevo por De Niro, que en aquellos tiempos era el actor de cine mafioso por excelencia, más un James Woods que le daba adecuada réplica.

Los hermanos Joel y Ethan Coen, que a principios de los años noventa eran solo una promesa (solo habían hecho Sangre fácil y Arizona baby), presentaron un film de hampones que daba una vuelta de tuerca al género: hablamos de la deslumbrante Muerte entre las flores (1990), que tenía como característica principal una barroquizante estilización que le confería un tono cuasi abstracto, en una historia que, de nuevo, presentaba el consabido triángulo romántico con el poderoso jefe, su amante, y el tercero en discordia (en este caso el lugarteniente del capomafia), en una combinación explosiva. Con repartazo: Gabriel Byrne, Albert Finney, John Turturro, Frances McDormand, Steve Buscemi…

Dentro de los biopics que el cine yanqui ha perpetrado sobre algunos de sus más sanguinarios gánsteres, quizá Bugsy (1991) sea el que presenta a su biografiado de forma más realista, pero a la vez sobre el que se deslizaba una solapada admiración. Warren Beatty dirigió e interpretó la vida de aquel cabrón conocido como Bugsy Siegel, un hampón famoso por su crueldad y ausencia absoluta de escrúpulos y compasión (esto en un gremio no precisamente exento de tales “cualidades”: como sería el angelito…). La gran aportación del tal Bugsy (“bicho” en español, apodo que detestaba) fue la creación de Las Vegas, así que no sé si es para apuntárselo en su haber o en su debe… Eso sí, el reparto era de aúpa: aparte de Beatty estaba su futura esposa Annette Bening, más Harvey Keitel, Ben Kingsley, Joe Mantegna y Elliot Gould, entre otros.

Decíamos antes que el cine de mafiosos permitía también una aproximación en clave cómica, y es lo que hizo Woody Allen con su cáusticamente divertida Balas sobre Broadway (1994), en el que John Cusack se hacía cargo del arquetípico personaje inseguro y balbuceante cincelado por el cineasta neoyorquino a lo largo de su carrera, aquí como comediógrafo de medio pelo abocado a incluir en el reparto de su obra a la descerebrada amante del mafioso que la financia, y al que el guardaespaldas de la bella aporta interesantes sugerencias para la pieza teatral… Además de Cusack estaban, entre otros, Chazz Palminteri (que bordaba el matón visitado por las musas), Dianne Wiest y Jennifer Tilly como la tonta buenorra.

A principios del siglo XXI se rueda una de las obras maestras sobre el cine de hampones, Camino a la perdición (2002), segunda película del gran Sam Mendes tras su brillante debut con American beauty. Aquí Mendes tiraba de clásicos y nos presentaba una libérrima versión de El rey Lear, con Tom Hanks como fidelísimo secuaz de su capomafia (un espléndido Paul Newman), al que considera como un padre, pero que tendrá que volverse contra él cuando el hijo felón de su jefe asesina a parte de su familia, en una película de una belleza tan deslumbrante como agónica, con algunas escenas inolvidables.

Uno de los grandes del cine del último medio siglo, Martin Scorsese, está detrás, como productor, de la serie Boardwalk Empire (2010-2014), que se centra en un mafioso de segundo orden, Enoch Thompson, que se hizo con el control del tráfico de alcohol ilegal en Atlantic City, pero tuvo que vérselas con figuras de la mafia nacional como Capone, Lucky Luciano o Meyer Lansky, todo ello en una serie de 5 temporadas que gozó de gran prestigio y consiguió numerosos premios, entre ellos varios Globos de Oro y Emmys.

Ilustración: Cartel de la película Camino a la perdición (2002), de Sam Mendes. 

Próximo capítulo: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. El Crack del 29. La gran depresión. El New Deal (XII)