Enrique Colmena

20/09/2026

EL FERROCARRIL
Los hechos

Aunque fue a principios del siglo XIX cuando se inició formalmente la llamada “Conquista del Oeste”, con la compra de Luisiana a Francia en 1803, lo cierto es que la campaña para la progresiva colonización de las tierras al oeste del Misisipi se fueron desarrollando durante las primeras décadas de forma bastante ralentizada, toda vez que el proceso debía incluir el progresivo traslado de millones de colonos desde la parte oriental del país hacia la zona de los nuevos territorios, lo que, en términos de locomoción, debía resolverse con medios cuasi medievales, con caballos, diligencias, carretas, carromatos, etcétera. El verdadero avance y, sobre todo, la colonización masiva no llegaría hasta que, a mediados del siglo XIX, concretamente en 1852, se inició la progresiva instalación del ferrocarril en dirección a las costas del Pacífico del joven país, y aún más cuando el gobierno de Lincoln, consciente de la importancia de este medio de transporte para la colonización de las nuevas tierras, promulgó en 1862 la llamada Ley del Ferrocarril del Pacífico, que facilitaba normas e incentivos para fomentar una extensa red ferroviaria que permitiera el desplazamiento de los colonos y de las mercancías en ambos sentidos, Este/Oeste y viceversa. Ello conllevó elementos tan negativos como la casi desaparición del bisonte, cazado para dar de comer a los trabajadores de los ferrocarriles, y consecuentemente la práctica eliminación de la principal fuente de alimentación de las naciones indias, recluidas pocos años después en reservas. 


Las películas y las series

Hay bastante material audiovisual que trata el tema del ferrocarril en la conquista del Oeste, casi siempre hecho en tono aventurero, como cabía esperar, al menos durante el siglo XX, para posteriormente, ya en el XXI, presentar algunas propuestas más críticas y revisionistas sobre las consecuencias de aquella operación colonizadora que, como hemos visto, tuvo execrables efectos colaterales, pero también es verdad que contribuyó, y de qué manera, a la homogeneización del país y a la imposición de la autoridad y la ley por todo el territorio nacional.

La primera de las películas que traemos a colación, por orden cronológico, es El caballo de hierro (1924), film de un John Ford que aún estaba lejos de su mejor momento (los años cuarenta y cincuenta, fundamentalmente), pero que aún así ya era uno de los más interesantes cineastas de la época, que muestra precisamente el fuerte impulso que supuso la ley promulgada por Lincoln para facilitar la extensión del ferrocarril hacia el Oeste, todo ello como fondo de la historia de un topógrafo y un contratista que buscan la ruta más idónea para el trazado del ferrocarril, pero que tendrán que vérselas con los indios que (con toda lógica…) se oponían a que aquel armatoste invadiera sus tierras… 

Otro de los grandes del cine clásico, Cecil B. de Mille, también muy dado a los temas más o menos patrióticos (o patrioteros…), rodó a finales de los años treinta Union Pacific (1939), nueva vuelta de tuerca sobre el tema, aquí relatando la rivalidad real entre las dos grandes empresas ferroviarias que hicieron el trazado del ferrocarril hacia el Oeste, la Union Pacific y la Central Pacific; en ese contexto tendremos la (inevitable…) historia de amor entre la chica, hija de un maquinista (una, como siempre, personalísima Barbara Stanwyck) y el agente del gobierno encargado de la seguridad de las instalaciones (Joel McCrea, rostro habitual en multitud de wésterns).

Ya en la década de los años cincuenta, Byron Haskin, un director de fotografía que se pasó a la dirección a secas, con algunos títulos ciertamente recordables, como la primera (y mejor…) versión de La guerra de los mundos, de H.G. Wells, rodó el largometraje Denver y Río Grande (1952), que plantea el enfrentamiento entre dos líneas de ferrocarril que pugnan por utilizar un mismo paso por la Garganta del Colorado, con las imaginables marrullerías que entonces (como ahora…) se empleaban para llevarse el gato al agua, con Sterling Hayden y su sempiterno rostro de hombre honrado al frente, interpretando al ingeniero de una de las dos compañías.

Un año después se rueda Kansas Pacific (1953), de nuevo con Hayden al frente del reparto, solo que ahora será el capitán del ejército enviado a la zona de construcción del ferrocarril para atajar los sabotajes que grupos sudistas estaban llevando a cabo antes del estallido de la Guerra de Secesión. Dirigía el modesto Ray Nazarro, cineasta perito en wésterns de serie B (o Z…). Ya en los años sesenta, La conquista del Oeste (1962), que comentamos en el capítulo titulado “Plano general”, dedica monográficamente uno de sus capítulos al tema del despliegue del ferrocarril hacia la parte occidental del país, un brioso episodio que fue dirigido por George Marshall, con un elenco interpretativo como para quitar el hipo: Henry Fonda, Richard Widmark, Debbie Reynolds…

Con la progresiva disminución del wéstern clásico desaparecen también durante las siguientes décadas las películas sobre el papel del ferrocarril en la conquista del Oeste. A comienzos de este siglo encontramos una nueva aportación al tema en El perdón (2000), largometraje del británico y ecléctico Michael Winterbottom, que curiosamente combina dos de los temas que desarrollamos en este capítulo, el ferrocarril, pero también la fiebre del oro, al llegar a California, a una pequeña ciudad minera, la compañía que traerá las líneas ferroviarias al lugar, lo que conllevará la entrada en la localidad de dos mujeres (Milla Jovovich y Nastassja Kinski) que removerán el pasado del protagonista, el cacique del lugar (Peter Mullan), en una historia ya claramente revisionista.

La serie Infierno sobre ruedas (2011), creada por Joe y Tony Gayton y producida bajo los auspicios de la poderosa AMC, plantea a lo largo de 5 temporadas la historia de un antiguo soldado sudista que, tras el fin de la Guerra de Secesión, aunque busca venganza por el asesinato de su esposa, terminará participando en la construcción del primer ferrocarril transcontinental de Estados Unidos.

Cerramos este apartado sobre el ferrocarril en la conquista del Oeste con un film muy reciente, Sueños de trenes (2025), sobre la novela homónima de Denis Johnson, dirigido por Clint Bentley, una mirada en clave poética, incluso telúrica, hacia los que participaron en la construcción del ferrocarril, con un triplete protagonista de lo más apañado: Joel Edgerton, Felicity Jones y William H. Macy.


LA FIEBRE DEL ORO
Los hechos

En 1848, en un aserradero de Coloma, en California, un capataz de rancho encontró fortuitamente algunas pepitas de oro en el curso de un río. La noticia saltó rápidamente a la opinión pública, lo que desató una auténtica furia entre aventureros de toda laya, pobres de solemnidad, o simplemente gente que buscaba solucionar su vida y la de su familia. Se calcula que 300.000 personas (a las que llamaron “los cuarenta y nueves”, por haberse trasladado al lugar en 1849) marcharon hacia California desde dentro y fuera de Estados Unidos. Aquella situación hizo crecer como la espuma los núcleos poblacionales del estado, generando también nuevos asentamientos que se convirtieron en ciudades, pero también, como pernicioso efecto colateral, arrumbando aún más a las culturas indígenas que ya entonces, con el acoso de los blancos orientales y el poderoso ejército yanqui, se encontraban en una situación precaria. Por supuesto, solo unos pocos avispados consiguieron realmente enriquecerse, mientras que la inmensa mayoría solo atesoró toneladas de frustración y rabia. El fenómeno cesó hacia 1855, cuando ya fue evidente que aquel Eldorado que muchos creían no era sino una entelequia. 

No debe confundirse esta Fiebre del oro de California con su homónima de Klondike (en la frontera entre Alaska y Canadá), que tuvo lugar entre finales del siglo XIX y principios del XX y, por tanto, queda fuera del marco histórico y geográfico que estamos glosando, la Conquista del Oeste (1803-1890). 


Las películas y las series

El tema de la Fiebre del oro ha sido tocado con cierta frecuencia por el cine USA. Citaremos, por ejemplo, En busca del oro (1938), apañado relato de aventuras dirigido por el yanqui-húngaro Michael Curtiz (director de Casablanca, así que un respeto…), que plantea su historia justo tras terminar aquel episodio con su continuación natural, el intento por parte de algunas corporaciones de industrializar la minería hidráulica del oro para conseguir un rendimiento óptimo, que los mineros francotiradores no podían obtener salvo un auténtico golpe de suerte. En ese contexto conoceremos la rivalidad entre dos conceptos vitales, el del agricultor que apuesta por la forma de vida tradicional, obteniendo los frutos de la explotación del campo, y el ingeniero encargado de llevar a cabo el proyecto; para más inri, el ingeniero se amista con el hijo del granjero y se enamora de la hija… ¿qué puede salir mal? Con un apañado reparto: George Brent, Claude Rains, unos años antes de sus inolvidables secundarios de la mentada Casablanca y Encadenados, y Olivia de Havilland, un año antes de que el productor David O. Selznik la eligiera como la Melanie de Lo que el viento se llevó

Saltamos a mediados de los años sesenta para encontrarnos con Nevada Smith (1966), un wéstern crepuscular dirigido por el clásico Henry Hathaway, que se ambientaba en la California de la fiebre del oro, donde conoceremos cómo tres pistoleros acaban con la vida de un hombre, precisamente para arrebatarle el oro que ha conseguido con (literalmente…) el sudor de su frente. Su hijo jura venganza y los perseguirá hasta alcanzarlos… con un Steve McQueen en el mejor momento de su carrera, acompañado por toda una pléyade de grandes actores secundarios: Karl Malden, Arthur Kennedy, Suzanne Pleshette, Brian Keith, Raf Vallone… si hasta aparece con un papelito Martin Landau, el inolvidable prota de Misión imposible (versión televisiva, se entiende…). 

Solo unos años después, dentro de la vorágine de “aggiornamento” del wéstern clásico, ya desangrado por el “eurowéstern”, se hace una peli ciertamente curiosa, La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), comedia musical ambientada en un poblado minero, con dirección de Joshua Logan (el director de Picnic y Camelot, para situarnos…), en una historia en la que, al contrario de lo que hemos visto antes, se asocian un granjero y un buscador de oro, incluyendo en ese acuerdo alguna excentricidad que, aún hoy, resultan de lo más chocante, como compartir… esposa, en una suerte de antecedente del poliamor que, ciertamente, no vimos venir… Con unos estupendos Lee Marvin y Clint Eastwood, que mostraban una inesperada vis cómica, y una Jean Seberg que era el nexo sexual entre ambos…

Ya en la senda del revisionismo, Jack Nicholson hace, como director y protagonista, Camino del sur (1978), la historia de un forajido de poca monta salvado de la horca por una estricta joven que accede a casarse a condición de que le ayude a explotar una mina de oro… De nuevo con repartazo: además del tunante de Nicholson estaban Mary Steenburgen, Danny DeVito, Christopher Lloyd (años después popularísimo como el Doc de Regreso al futuro) y John Belushi, unos años antes de su gran éxito, Granujas a todo ritmo, para después morir de una sobredosis.

Eastwood es es el alma mater de El jinete pálido (1985), un “remake” libérrimo y no reconocido del gran Raíces profundas (1953) de George Stevens. Aquí Clint se encargaba de la dirección, en la que quizá fue su primera gran película en tal función, y además era el protagonista, ese pistolero pálido (en referencia a la Muerte, uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis), en un wéstern evidentemente autorreferencial, que gustó mucho, y que se ambientaba en el convulso ambiente de una explotación minera aurífera, con los buscadores sojuzgados por el cacique de turno… pero ahí estará nuestro taumatúrgico héroe para defenderlos… Con Michael Moriarty, experto en villanos (el apellido marca…) y Chris Penn, el hermano de Sean que murió prematuramente.

Ya en el siglo XXI nos encontramos con la serie de 3 temporadas Deadwood (2004), ambientada en la California de la fiebre del oro, donde aparecerán, entre otros personajes míticos del Oeste, los famosos Wild Bill Hickok y Calamity Jane (a la que en la España franquista llamaban sandungueramente Juanita Calamidad…). Con un reparto bastante apañado en el que descollaba gente como Keith Carradine e Ian McShane.

Cerramos este apartado sobre la fiebre del oro en el cine con Amor redentor (2022), una historia de realismo sucio que se centra en los aspectos menos brillantes (por decir algo…) de aquel fenómeno, como la prostitución que conlleva, seguramente de forma inevitable, todo este tipo de hechos en los que giran elementos tales como los hombres, la miseria y el dinero, en una historia de todas formas esperanzada, como ya preanuncia su título. Dirigida por D.J. Caruso y con un reparto plagado de desconocidos, salvo la holandesa Famke Janssen, que ha hecho gran parte de su carrera en el país del Tío Sam.

Ilustración: Cartel de El jinete pálido (1985), de Clint Eastwood

Próximo capítulo: Estados Unidos cumple un cuarto de milenio: los USA en la pantalla. La Gran Guerra (X)