Pelicula:

CINE EN SALAS

Jim Jarmusch ha pasado de ser un “enfant terrible” en los años ochenta, cuando comenzó a hacer cine, a todo un clásico; esta afirmación podría considerarse ambivalente, porque podría entenderse como una censura (ha dejado su rebeldía para acomodarse), pero también como un elogio (se ha desprendido de la ganga adolescente de aquella primera época para ser algo que permanecerá para siempre). Como suele ocurrir, nada es blanco o negro, y ambas lecturas podrían coexistir, aunque tengo para mí que la segunda (la que lo ve favorablemente) me interesa más que la primera, entre otras cosas porque rebeldes los hay “a puñaos”, como decimos en mi tierra, pero clásicos solo unos cuantos…

La visión de esta peculiar Father Mother Sister Brother nos parece que lo confirma… La película se compone de tres historias, con evidentes nexos en común y puntos coincidentes, como ya veremos. En la primera, ambientada en algún lugar de Estados Unidos (está rodado concretamente en el estado de Nueva Jersey), vemos a los hermanos ya cuarentones Jeff y Emily, que viajan juntos para visitar a su padre; saben que suele tener problemas de dinero, porque con cierta frecuencia les ha pedido ayuda a ambos (más a Jeff, que ha sido en ese sentido más generoso). Ya en casa del padre, se encuentran con que la casa, efectivamente, resulta modesta, con muebles humildes… En la segunda, ambientada en Dublín, vemos como dos hermanas, Timothea y Lilith, acuden por separado a la casa de la madre de ambas, escritora de éxito, que las invita periódicamente a tomar el te con pastelitos… En la tercera, dos hermanos mellizos, Skye (chica) y Billy (chico), en torno quizá a los treinta, se ven en París para visitar juntos la casa de los padres, que han fallecido recientemente en un accidente de avión…

Nos parece que aquí el tema del film, en sus tres historias, son las relaciones familiares, y cómo estas, cuando ya se encuentran en la fase intergeneracional en la que los hijos se ha emancipado de los padres y tienen sus propias vidas, se rigen por normas que habría que calificar de hipócritas; viene a decir Jarmusch que, en puridad, ni a los padres o madres les importa mayormente las vidas de sus hijos, ni a estos las de sus progenitores, y que esas (escasas) relaciones presenciales que, muy de vez en cuando, se permiten, en realidad no dejan de ser pantomimas en las que todos ponen su mejor cara, se preguntan por la salud y los afectos, si los hay, toman educadamente el té o lo que se tercie, y, como decimos en mi tierra, “vámonos que nos vamos”. Una mirada entonces muy poco favorable hacia estas relaciones intergeneracionales, bien que no están presentadas como denuncia o crítica, sino que en buena medida el director lo ofrece como algo quizá inevitable: cuando cada uno tiene su vida, y las de otros, aunque hayan sido tan cercanos como un padre o una hija, tienen mucho de vida ajena, de vida de (como cantaba Gotye en su célebre canción) “alguien que conocí”. Otra cosa es, sin embargo, en la relación entre iguales, en el segmento de los hermanos mellizos, en los que sí se aprecia verdad y relación auténtica entre ellos, aunque cada uno tenga su propia vida; pero ambos comparten códigos generacionales, y una infancia en común, que da tela de materia para unir…

Una de las características de la película de Jarmusch son las cosas comunes que aparecen en las tres historias que se cuentan, como nexo de unión (ya que no lo hay entre los personajes, que en nada se tocan -en su acepción de parentesco-); así, en los tres segmentos veremos en algún momento una escena en la que varios chicos y/o chicas se deslizan por monopatines por la carretera o calzada, incluso con sus varios segundos filmados al ralentí, al igual que en las tres habrá varias escenas en las que algunos de los protagonistas se desplazan en coche, ya en una Nueva Jersey nevada, ya en un Dublín con sus características casas georgianas o victorianas, ya en París, pero no en un París de postalita (no sale ni la Torre Eiffel…), sino un París de barrios, con su característico empedrado “pavés”, con sus calles estrechas, lejos de los grandes bulevares como los Campos Elíseos. Pero habrá otros elementos comunes, como ese reloj Rolex que nunca sabremos (aunque intuimos en cada caso…) si es verdadero o falso, y que alguno de los personajes de cada episodio muestra en un momento dado; también resulta característico que en los tres capítulos se brinde con líquidos no alcohólicos: agua, té, café, o que en los tres también se cite la frase hecha inglesa “Bob’s your uncle”, “Bob es tu tío”, y que en español podría entenderse como “asunto arreglado”, “listo”, o “ya está”, en definitiva, algo resuelto.

Por supuesto, esa reiteración de elementos busca algo; nos parece que, en este caso, Jarmusch pretende hacer ver que, con independencia de que cada historia es autónoma en sí misma, en realidad está hablando de lo mismo, de las relaciones familiares, de los vínculos entre personas de la misma sangre puestos en la tesitura de encontrarse tras mucho tiempo de alejamiento, donde veremos, como decíamos antes, qué grado de apariencia se guarda en el caso de las relaciones progenitor-hijos, y en qué medida entre hermanos ese punto de cercanía, de intimidad, sigue ahí, enhiesto, como en la calladamente emotiva escena en la que hermana Skye reclina su cabeza sobre el muslo de su hermano Bill.

No todo es tan interesante en la peli de Jarmusch, o así nos lo parece. Así, la reiteración de los planos cenitales en el segmento que se desarrolla en Dublín, aparte de la belleza del plano (esa amplia mesa con impoluto mantel blanco, primorosamente decorada con apetitosos pastelitos multicolores y una preciosa vajilla polícroma, quizá la portuguesa de Vista Alegre o la española de Pickman La Cartuja), termina resultando excesiva, presentándonos el director ese exquisito bodegón cuasi pictórico no menos de seis o siete veces, quizá demasiadas para expresar la vaciedad, la pura apariencia en la relación entre esta madre que convoca a sus hijas a tomar el té sin mucho entusiasmo, y no digamos en las chicas, la rebelde que farda de lo que no es (aunque las otras dos mujeres sospechan certeramente  la verdad…), y la mojigata, de vida cuadriculada y pequeña. 

Sí nos ha resultado curioso el personaje del padre del primer capítulo, el de Nueva Jersey, un padre que parece poner en acción aquel cínico aserto de los campeones de no doblarla que viene a decir aquello de “vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos”, que es justamente lo que hace, mediante artimañas, argucias y trapacerías de pícaro (ese padre podría ser un tataranieto de nuestro Lázaro de Tormes…), viviendo como Dios, aunque aparente, especialmente ante sus hijos, que está en la indigencia.  

Estamos entonces ante un film sugestivo, una comedia en la que nunca se dice una palabra más alta que otra, elegante a la par que, a su manera, y de forma contenida, un tanto vitriólica sobre esas inanes relaciones familiares que (en los dos primeros casos) terminan siendo pura apariencia, como si se desarrollaran entre gente que no tiene nada en común, ni siquiera la sangre que corre por sus venas. El tercer capítulo, sin embargo, nos viene a decir que no siempre eso es así entre consanguíneos: hay otros lazos, como el de la infancia compartida, que refuerzan absoluta, poderosamente, el sentimiento de unidad, de pertenencia indisoluble a un clan.

Buen trabajo actoral en general; nos gusta en especial Tom Waits, actor (y cantante de larga trayectoria, por supuesto) fetiche de Jarmusch, pero también todos los demás, como un Adam Driver como hijo permanentemente estafado (aunque lo sospecha…) por su pícaro progenitor, o una Mayim Bialik que ya se ha desembarazado del personaje de Dra. Fowler (la novia de Sheldon) de la serie Big Bang

(10/01/2026)


Father Mother Sister Brother - by , Jan 10, 2026
3 / 5 stars
Tres miradas sobre las relaciones familiares