C I N E E N S A L A S
Kleber Mendonça Filho (Recife, estado de Pernambuco, 1968) es uno de los cineastas brasileños más interesantes de nuestro tiempo. Finiquitado hace décadas el llamado Cinema Novo Brasileiro (Glauber Rocha, Nelson Pereira Dos Santos, Ruy Guerra…), las nuevas hornadas del cine brasilero que han tomado el relevo (Fernando Meirelles y Walter Salles, entre otros) apuestan por un cine potente, no hacen ascos a rodar fuera de su país, y, en general, se puede decir que hacen un cine que interesa, un cine generalmente apegado a la realidad sin que ello suponga que no sea proclive también a algunos excursos fantásticos.
Eso mismo podría decirse del cine de Mendonça Filho, un cineasta cuya adolescencia transcurrió en Inglaterra, donde vivía con su madre; de vuelta a Brasil, se graduó en periodismo en la Universidad Pública de Pernambuco, y ya profesionalmente se hizo un nombre como respetado crítico de cine en diarios y revistas de su país. Desde principios de los años noventa está haciendo cine, desempeñándose en casi todas sus películas como director, guionista y montador. Como director su carrera se canalizó durante bastantes años dentro del cortometraje, formato en el que consiguió fama y prestigio, para debutar en el largometraje con un documental, Crítico (2008), a vueltas con la siempre controvertida figura del crítico de cine, dando la palabra tanto a cineastas como a los propios críticos. A partir de ahí ha rodado una serie de películas que, en general, han suscitado interés en el público y en la crítica, y han sido objeto de reconocimiento en numerosos festivales.
El agente secreto quizá sea su puesta de largo internacional (aunque su anterior film, Bacurau, ya obtuvo el Premio del Jurado en Cannes, que son palabras mayores…), estando nominada a 4 Oscar, además de haber ganado ya 2 Globos de Oro y haber sido galardonada en varios certámenes, como Cannes, Biarritz y Chicago, entre otros.
Brasil, 1977. Gobierna el país el general-presidente Ernesto Geisel, que llegó al poder en 1974 sustituyendo al anterior dictador, el general Medici. El ambiente social durante el gobierno de Geisel (1974-79) se caracterizó por el surgimiento de una incipiente lucha obrera y estudiantil contra la dictadura, y por un amago de apertura política que, en realidad, no llegó nunca a consolidarse. En ese contexto enrarecido, con una inflación desbocada y una policía y un ejército corrompido y venal, se ambienta la película, en la que vemos de inicio a un personaje, que conocemos como Marcelo (aunque después sabremos que se llama Armando), viajando por el país hacia Recife. En el camino reposta en una gasolinera donde ve que hay un cadáver descomponiéndose. Según le dice el gasolinero, era un caco que intentó atracar la estación de servicio y su compañero lo mató a tiros. En estas llega la Policía y empieza a husmear en el vehículo de Marcelo, pero no encuentran nada con lo que poder extorsionarle (que es lo que buscaban, claro…). Ya en Recife, Marcelo es acogido por Doña Sebastiana, quien mantiene bajo sus auspicios a una serie de personas, todos ellos refugiados que huyen de la represión del régimen, mayormente por sus ideas políticas contrarias a la dictadura. Marcelo busca en Recife algún documento sobre su madre, de la que apenas tiene noticias. Entre tanto, lejos de allí, un poderoso empresario/mafioso (no tache nada, era ambas cosas…), de obvio origen italiano, que se la tiene jurada, envía a dos sicarios a asesinar a Marcelo, indicándoles expresamente que quiere que lo hagan “con un tiro en la boca”…
La película de Mendonça tiene una serie de características curiosas: una es cierta tensión, a veces casi suspense, de corte tarantiniano, en escenas que van cociéndose poco a poco, una tensión que crece casi imperceptiblemente, como en la primera escena con los polis venales intentando buscarle las cosquillas al desconocido, o, más percutantemente, en la escena en la que el asesino chiquichanca que los sicarios han subcontratado para dar matarile a Marcelo, se enfrenta a tiros con dos policías, siendo estos tan venales y corruptos como todos los funcionarios policiales que aparecen en el film.
Otra de sus peculiaridades es que, además de la historia que se nos va contando, el director va creando una atmósfera peculiar, en la que la corrupción de la administración pública (esencialmente la Policía, desde luego) lo impregna todo, en la que la connivencia policial con los malos es la regla y no la excepción, como ocurre con ese siempre descamisado comisario en jefe que parece (y actúa…) más como un capomafia que como un alto cargo funcionarial. Hay como una sensación de podredumbre en la película, como si esa corrupción generalizada de los estamentos de la administración pública impregnara a la sociedad misma, a pesar de que ésta busque rebelarse, como el grupo de refugiados que acoge Doña Sebastiana, asesorados por activistas políticos que cuidan de ellos y buscan enfrentar al poder dictatorial sin poner (demasiado) en peligro sus vidas.
Poderoso cine social, entonces, también cine político, aunque en ningún momento aparezca cargo público alguno del régimen, aparte de los polis y de algunos funcionarios de la administración general, de todas formas también infiltrada ésta por la resistencia clandestina, en una película que, en contra de lo que suele ocurrir cuando son tan largas como ésta (dos horas y cuarenta minutos), no se hace pesada, tiene el metraje que tiene que tener.
Mención especial para, dentro del realismo a ultranza que es, evidentemente, el tono del film, alguna escena de corte desaforadamente fantástico, como la secuencia de la llamada por la prensa “la pata peluda”, una supuesta extremidad humana encontrada en el vientre de un tiburón (obviamente de un pobre diablo pasaportado por el paramilitar o el sicario de turno, a sueldo del gobierno o sus adláteres) que, robada de la Morgue por dos polis corruptos (esto en el Brasil de la época era una redundancia…), aparecerá en un parque de Recife donde el personal va a alegrarse las pajarillas, un rijoso personal al que esta pierna amputada y mojigata vapuleará a modo, en una divertida escena que parece entroncar con el realismo mágico del “boom” hispanoamericano.
Película evidentemente extraña, con un tempo pausado, que no premioso, finaliza de una forma un tanto rara, como si el director y guionista no supiera como redondear todo lo anterior, que era material de mérito. El final, ambientado ya en nuestro momento, apenas aporta nada que no supiéramos, y ver al hijo del protagonista, ya adulto, tampoco contribuye ni a despejar incógnitas (de las que quedan varios flecos sueltos) ni a esclarecer lo ocurrido con Marcelo/Armando, más allá del (previsible) final que todos podemos imaginar…
Wagner Moura, que se hizo mundialmente famoso como el canalla conocido como Pablo Escobar, el famoso narcotraficante que puso en jaque al mismísimo estado colombiano (y a su hermano mayor, los USA) en la serie Narcos, interpreta convincentemente a este Marcelo que se llamaba Armando, un investigador universitario al que la felonía del jerarca de turno privó criminalmente de su esposa y le obligó a huir de su ciudad para salvar la vida. Del resto no nos resistimos a citar a, con un pequeño papel, Udo Kier, el que fuera famoso actor alemán convertido en “muso” del cine underground de los años setenta, en sus rodajes yanquis para Paul Morrissey y Andy Warhol, después transformado en actor-fetiche de Fassbinder, para finalmente, décadas más tarde, aparecer con frecuencia, como característico de lujo, en films de Von Trier, Wenders, Tarantino y Gus Van Sant, entre otros. Este El agente secreto fue su última película antes de morir el pasado 2025.
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