C I N E E N S A L A S
Tenemos escrito que el terror de este siglo XXI tiene esencialmente dos bifurcaciones, la de las franquicias que se suceden “ad nauseam” (nunca mejor dicho…), como Scream, Saw, Terrifier, etcétera, con mucha casquería y sobre todo mucho sustito, y la de un cine nuevo, original, generalmente de poco presupuesto y mucha imaginación, que juega más con la creación de atmósferas escalofriantes que con los tópicos del terror ya más que sobados. En este caso de terrores estimulantes estamos hablando de títulos como Weapons, Los pecadores, It follows, Babadook, Déjame entrar (la versión escandinava, se entiende) o Descansa en paz, entre otros.
Backrooms se incorpora de pleno derecho a ese selecto grupo de cine de terror que no busca provocar asco, ni infartar al espectador con sustos apuntalados por brutales golpes de música, sino que, con una imaginación desbordante, exploran temas y asuntos que generalmente son inocuos, perfectamente cotidianos, cosas que están ahí pero que, vistas desde una perspectiva adecuada, con el enfoque preciso, empiezan a dar un miedito bastante apreciable (qué gustirrinín, como diría el gran Gila en aquel célebre anuncio de Filomatic…).
La película, ambientada en 1990, comienza con una grabación de vídeo (en lo que parece un “found footage”, un metraje encontrado), hecha con lo que se conoce como cámara subjetiva (ahora en las redes sociales le llaman POV, “point of view”, o sea, punto de vista), a través de la que vemos un escenario que parece una gran sala pintada en colores del espectro amarillo. Nos enteramos que el chico que maneja la cámara se ha separado de su grupo, y que expresa evidentes signos (sonoros, porque no le vemos) de miedo e incluso terror, mientras se va moviendo por esa sala, que pronto descubrimos que no es la única, sino que hay otras, y otras, y otras… Poco después, ya en otro contexto, conocemos a dos personajes: Mary es psicoterapeuta, con una infancia difícil; más adelante veremos que su madre sufría algún tipo de manía persecutoria y eso afectó, inevitablemente, a su hija, aunque de adulta parece de lo más normal… Mary atiende a un paciente llamado Clark, que es dueño de una tienda de muebles, un hombre frustrado y con problemas con el alcohol que siente que su matrimonio hace aguas por ello, aunque no es capaz de reconocerlo. Una noche, en el sótano de su tienda, donde se queda con frecuencia, ve una rendija en la pared. Pronto se da cuenta de que a través de ella se puede pasar a una especie de trastienda (de ahí el título del film, “backrooms”), donde todo resulta extraño y donde también se oyen ruidos más bien sobrecogedores…
Lo más llamativo de este exitazo de cine comercial (con 10 millones de dólares de presupuesto ha conseguido 262 millones de recaudación mundial, y aún no ha acabado su paso por los cines…) es que su autor, Kane Parsons, tiene… 21 añitos… eso es precocidad, y lo demás es cuento. Cuando otros a su edad no tienen ni idea de qué hacer con su vida, este chico ha colocado, con gran autoridad, su primera película en el número uno de la recaudación del fin de semana en su estreno en Estados Unidos. La película parte de una webserie también titulada Backrooms, que Parsons fue subiendo en 2022 a su canal de YouTube, llamado “Pixels”, y que llamó poderosamente la atención al volverse rápidamente viral, una historia en la que lo más llamativo eran, precisamente, esos escenarios amarillos, esos inmensos salones de extrañas formas, donde era posible encontrar (u oír, que era peor…) cualquier cosa.
La película incide especialmente en ese tema, el de un difuso espacio que tiende a infinito (si es que no lo es…), de formas extrañísimas, que a ratos parece influido por las arquitecturas de pesadilla de Escher, o por las pinturas con varios pares de ojos en el rostro en los que se ha especializado Alex Galant. Todo ello en una historia en la que tiene su peso la culpa, pero también los traumas infantiles, una historia que, en realidad, es un poco lo de menos, porque lo de más es, precisamente, ese amarillo universo de pesadilla donde nada es normal, donde todo puede suceder, donde cada recoveco, cada esquina, cada trampilla, cada rampa, conduce a un lugar aún más misterioso que el anterior, siempre buscando no espantar sino sobrecoger, consiguiendo con cierta frecuencia ese raro escalofrío que el buen aficionado al cine de terror sabe reconocer, algo que no se consigue con sustos ni con paletadas de “gore”.
Lástima que no siempre Parsons (joé, que tiene 21 años…) esté siempre al mismo nivel. El desarrollo de la propia historia de los dos protagonistas no tiene demasiada entidad, el borracho frustrado vital y existencialmente, y la psicóloga que ha debido rehacerse mentalmente tras una infancia de pesadilla; a esos mimbres se les podía haber sacado más rendimiento. Tampoco la parte final, con la persecución de la protagonista por el malo de turno (un malo XXL, con resabios de La isla del tesoro…), está a igual altura de toda la primera parte, que resulta desasosegante, que es lo que se le pedía (y se nos da generosamente…) a la película.
Pero, por supuesto, estamos ante un debut de lo más prometedor. Si Parsons no se tuerce (y no tiene por qué), creemos que nos puede dar muchos y buenos momentos de genuino escalofrío, de terror preternatural, con lo que nos gusta…
Buen trabajo actoral de la pareja protagonista, un Chiwetel Ejiofor del que recordamos su estupendo trabajo en 12 años de esclavitud, por la que estuvo nominado al Oscar, y la noruega Renate Reinsve, que ha estado en algunos de los films escandinavos más interesantes de los últimos años, como La peor persona del mundo y Valor sentimental, en lo que parece el inicio de su aventura americana, en la que le auguramos lo mejor, porque es muy buena. Aquí se pliega perfectamente a su personaje, sacándole matices que probablemente el propio director, el pipiolo Parsons, no había imaginado…
Sobre lo que son esos “backrooms”, esas trastiendas, se dice varias veces en la película que intentar definirlo es como describir un perro a alguien que nunca haya visto uno: esa es la sensación que transmiten, precisamente, esos salones, esas habitaciones, esas escaleras, esos toboganes, esas señales de tráfico de STOP en medio de la nada, esos carteles incrustados en la pared, esas sillas, esas mesas torcidas que parecieran estar como atrapadas en el suelo por sus patas…
Lo dicho: como describir un perro a quien nunca ha visto uno…
110'