C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN FILMIN
El nombre de Josef Mengele (1911-1979) está asociado indeleblemente al de los grandes monstruos que ha dado la Humanidad (les ahorramos los nombres de otros grandes cabrones…). Médico de profesión, fanáticamente nazi, durante dos años, de 1943 a 1945, como oficial médico del siniestro campo de concentración de Auschwitz, se encargó del macabro triaje de decidir quién era apto para trabajos forzados y quién debía enviarse directamente a las cámaras de gas. También hay que colocar en su debe (porque en su haber es imposible…) los experimentos seudocientíficos a los que se entregó con entusiasmo digno de mejor causa, con especial énfasis en los gemelos, los enanos y las personas con ojos de diferente color, experimentos en los que no le importó infligir atroces dolores ni asesinar alevosamente a estas cobayas humanas.
Cuando el Tercer Reich terminó colapsando en 1945, Mengele consiguió huir y, tras varias vicisitudes, se radicó en Argentina; a lo largo del tiempo, perseguido por el servicio de inteligencia israelí, el Mossad, se mudó sucesivamente a Paraguay y Brasil, donde moriría en 1979; la documentación que llevaba encima estaba a otro nombre, por lo que fue enterrado como tal; unos años después su hijo Rolf confirmó que era su padre; como la familia se negó a que se repatriaran los restos, a mediados de los años diez del siglo XXI, el esqueleto de aquel gran canalla sirvió (oh, justicia poética…) para que universitarios de Sâo Paulo estudiasen anatomía humana…
La película sigue, de forma fragmentada, la vida de Mengele en su exilio en los tres países latinoamericanos en los que residió, Argentina (de donde huyó cuando el Mossad capturó allí a otro monstruo nazi, Adolf Eichmann), Paraguay y Brasil, además de verlo en algún viaje que realizó a Alemania con pasaporte falso, a visitar a su poderosa familia, y algunos flashbacks de su época en Auschwitz, en los que asistiremos horrorizados a la representación de algunas de las barbaridades que aquel miserable perpetró contra personas indefensas.
Kirill Serebrennikov (Rusia, 1969) es un cineasta (también ha dirigido teatro y ópera) que se inició en los años noventa como director de videoclips musicales, para posteriormente pasarse a la dirección cinematográfica. Militantemente gay y abiertamente opuesto al régimen liberticida de Putin, fue encarcelado por ello, teniendo que exiliarse en Alemania. Sus películas suelen ser muy críticas con la administración del presidente Putin. Algunos de sus títulos más celebrados son Traición (2012), Leto (2018), La mujer de Tchaikovsky (2022) y Limonov (2024). Ahora afronta el biopic del monstruo Josef Mengele, centrándose en los años de su forzado exilio en Latinoamérica.
Sobre el libro La disparition de Josef Mengele, del que es autor el francés Olivier Guez, publicado en 2017, Serebrennikov plantea su película como una biografía fragmentada, jugando continuamente con flashbacks y flashforwards, saltos atrás y adelante, con frecuentes y largos planos secuencia, que el cineasta ruso filma con elegancia y estilo, nunca de forma gratuita sino integrándolos como un elemento más de la narración.
Con un blanco y negro muy contrastado, que es la solución fotográfica por la que ha optado para la mayoría del film (salvo las escenas ambientadas en Auschwitz), ese recurso tampoco es baladí, por cuanto su tono lo emparenta con el expresionismo, el movimiento artístico nacido en la Alemania de entreguerras, un país que finalmente se entregó a una ideología demente y asesina. En cuanto al cambio a color en las escenas de los años cuarenta, en Auschwitz, quizá viene a enfatizar la que, para Mengele (para sus víctimas no, desde luego…) fue seguramente la época más feliz de su vida, cuando podía llevar a cabo libremente sus abominables ideas plasmándolas en monstruosos experimentos.
La película está articulada en tres grandes bloques, cada uno de ellos encabezado por el seudónimo que utilizó Mengele en Argentina, Paraguay y Brasil, concretamente Gregor, Peter y Pedro (aunque cuando murió en los documentos oficiales aparecía Wolfgang). La película, de fondo, va pespunteando algunos de los hechos históricos que acontecieron en aquellos años (de mediados de los cincuenta a finales de los setenta), como la caída de Perón, la captura de Eichman por el Mossad, o el golpe de estado de Videla et alii.
Pero quizá el núcleo central de la película radique en la visita que le hizo su hijo Rolf (entonces ya un abogado que vivía en la Alemania de los años setenta), en Brasil, para confrontarlo y preguntarle a la cara si todo lo que se decía de él, las barbaridades que cometió en Auschwitz, eran ciertas, a lo que el monstruo, fiel a su estilo, contestó de diversa forma, desde apelar a la famosa “obediencia debida” hasta colgarse medallas por haber “salvado” a miles de personas enviándolas a hacer trabajos forzados en vez de a ser gaseadas, o justificando sus experimentos en aras a conseguir la eliminación total de la raza judía y el aumento exponencial de la aria.
La película también pone el acento en denunciar cómo muchos de los que estuvieron en primera línea en las atrocidades del nazismo, llegada la democracia encabezada por Adenauer, siguieron manteniéndose en el nuevo régimen como si no hubieran hecho nada, y también sobre la lacerante verdad de que, en la Alemania de los años treinta y cuarenta, mucha gente miró para otro lado para no enterarse de lo que estaba pasando, entre ellos el empresariado germano, que se benefició de la mano de obra gratuita que suponían los judíos de los campos de concentración.
El film tiene también la cualidad de hacer que nos sumerjamos en una pesadilla, la de ver, desde dentro, esa resistencia nazi que sin duda existió y medró para volver al poder, sobre todo desde bastiones económicamente muy poderosos, una resistencia opulenta que se diferenciaba absolutamente de la modestia, cuando no la miseria, de otras resistencias de distinto sesgo ideológico, como los maquis de la postguerra española.
La desaparición de Josef Mengele está exquisitamente filmada, de forma muy estilosa, con una cuidada ambientación histórica, así como atrezo, vestuario… Como recurso narrativo Serebrennikov utiliza a veces el suspense creciente a la manera de Tarantino, calentando la escena de forma casi imperceptible, hasta estallar en explosiones de violencia, en una película tremenda, compleja, poderosa, con frecuencia esclarecedora sobre los pensamientos (por llamarlos de alguna forma…) de aquella lacra que, casi un siglo después, parece querer volver, aunque con otros ropajes.
En algún momento se cita el hecho de que el cine yanqui rodó, a finales de los años setenta, una película, Los niños del Brasil (1978), dirigida por Franklin J. Schaffner, con Laurence Olivier como cazanazis, un personaje inspirado en el famoso Simon Wiesenthal, que seguía la pista de Mengele (un pérfido Gregory Peck) en el país de Pelé, un film que fantaseaba (sobre un bestseller de Ira Levin) con la sobrecogedora posibilidad de que el médico nazi hubiera clonado a Hitler…
Notable trabajo de August Diehl, totalmente entregado a hacer el retrato de este criminal, de este matarife que constantemente se autojustificaba, un actor que, por cierto, ya había interpretado anteriormente a otros dos personajes históricos muy distintos a éste, Marx y Lenin.
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