Aunque el gran Billy Wilder (Sucha, Imperio Austro-Húngaro, 1906 – Beverly Hills, EE. UU., 2002) comenzó en la dirección cinematográfica en su país de adopción con una comedia (El mayor y la menor, con una Ginger Rogers con 31 “tacos” haciéndose pasar por una adolescente de 16: las cosas del cine…), lo cierto es que la mayoría de las películas que rodó durante los años cuarenta y el primer lustro de los cincuenta no se inscribieron en ese género, sino en otros como el cine negro (Perdición), el drama (Días sin huella, El crepúsculo de los dioses), el musical (El vals del Emperador), y hasta el bélico (Traidor en el infierno). Pero el éxito de Sabrina (1954) le encarriló ya casi definitivamente hacia la comedia hasta el final de su carrera, con algunos potentes excursos (Testigo de cargo, La vida privada de Sherlock Holmes, Fedora) que fueron las excepciones que confirmaron la regla.
Porque, aunque como queda dicho Wilder fue un cineasta ecléctico, como casi todos los que trabajaron durante el Hollywood clásico (entre otras cosas porque generalmente estaban obligados por contrato a dirigir lo que les encargaran, en virtud del “studios system”), lo cierto es que hoy por hoy es considerado fundamentalmente un director de comedias, que dio lo mejor de sí mismo en una serie de pelis de este género que puso en escena entre mediados de los años cincuenta y su retirada, a principios de los ochenta. Sin ser exhaustivos, cabe recordar un puñado de grandes comedias que hizo Wilder en ese período, que renovaron el concepto del género, conservando constantes de la comedia “screwball”, como los magníficos diálogos y las situaciones con frecuencia divertidas a fuer de delirantes, con una progresiva y sublimada erotización impensable en la época dorada de Lubitsch, Capra, Cukor o Minnelli; hablamos, por supuesto, de títulos como Con faldas y a lo loco, El apartamento, Uno, dos, tres, Irma la Dulce, ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? y Primera plana, entre otros, que convirtieron a Wilder en el rey de la comedia de esas décadas.
La tentación vive arriba puede considerarse también una de las buenas comedias wilderianas, quizá no a la misma altura de las citadas, pero también muy sugestiva y frecuentemente tocada de las virtudes que acompañaron, en general, la andadura de Wilder en el género.
La película se inicia con un narrador en off que nos habla (mientras vemos en imágenes esto que se nos cuenta, con un evidente tono irónico…) de que los indios que habitaban hace siglos en la isla de Manhattan enviaban a sus mujeres e hijos a lugares más frescos cuando apretaba el calor, y después ellos se iban tras la bella de turno... pues 500 años después, en Nueva York, siguen igual… Conocemos a Richard Sherman, un cuarentón neoyorquino, que despide a su mujer y su hijo pequeño, que se marchan a veranear. Pronto empiezan las tentaciones, pero Richard se hace el fuerte. Al protagonista, que trabaja en una editorial de literatura pulp, lo vemos autoafirmándose, muy convencido, en su disciplina: ni alcohol, ni tabaco ni mujeres... Pero cuando conoce a la nueva vecina, un bombonazo explosivo cuyo nombre nunca llegamos a saber, todos sus buenos propósitos empiezan a resquebrajarse…
Sobre la obra teatral The seven year itch, estrenada en Broadway en 1952, original de George Axelrod, dramaturgo que también fue prolífico autor de guiones para cine y televisión, la película tuvo en España uno de esos afortunados títulos que, en ocasiones, mejoraban al original: así, La tentación vive arriba era, además de literal (la vecina bombón vive, efectivamente, en la planta de arriba de nuestro sufrido Rodríguez), metafórico, puesto que sitúa esa (ir)resistible atracción en el plano de las tentaciones, mientras que la traducción literal del título original, que sería algo así como “El picor de los siete años”, es sin duda muy inferior, al menos en castellano, al título que llevó en España, mucho más sugerente y picante, que de eso se trataba… Ese título viene dado por el hecho de que el protagonista está leyendo un libro que trata de un estudio realizado sobre el picor o comezón del séptimo año de casado, entendiendo por tal el deseo sexual que, supuestamente, acomete al varón a partir de ese año de matrimonio.
Son muchas y sugestivas las cualidades del film, como el hecho de que ese narrador omnisciente que al principio hablaba de aquellos indios Rodríguez que se iban tras las bellas cuando sus esposas se iban a ligar (aún más) bronce a la playa, pronto se confunde con el propio protagonista que habla en voz alta, y cuyos pensamientos (entre lo “salido” y lo reprimido) conoceremos de esta forma. De hecho, buena parte del socarrón humor de la peli viene dado por los pensamientos en voz alta de Richard, un tipo que tan pronto está caliente como la pipa de un indio (un indio de Manhattan, lógicamente…) como al que le asaltaban los remordimientos sobre sus calenturientas ideas.
Estamos entonces ante una divertida sátira sobre los casados y las tentaciones, aunque es cierto que no raya siempre a igual altura. El protagonista resulta ser un cómico Jekyll y Hyde, debatiéndose entre la rijosidad y la decencia, un tipo demediado entre la concupiscencia que le genera la bella voluptuosa, una tentación con muchas curvas, y la represión a la que se ve obligado por su carácter de probo casado y con niño. Para el espectador, entonces, las mejores escenas son aquellas en las que el prota se debate entre si caer, o no, en la tentación, y aquellas en las que vemos las desarmantes ingenuidades del bombón ambulante (una Marilyn Monroe en su mejor momento físico, también interpretativo), que le habla con toda naturalidad a su vecino de que pone su ropa interior en la nevera para que esté fresquita en el tórrido verano, o que le propone, cándidamente, dejar abierta la puerta que hay entre sus dos apartamentos para que corra el aire, con el consiguiente revuelo de hormonas del sufrido Rodríguez…
Hay guiños cinéfilos de lo más divertidos, como aquel en el que el prota, en sus fantasías, se ve a sí mismo con la chica como si fueran Burt Lancaster y Deborah Kerr en la famosa escena de la playa de De aquí en la eternidad, en la que una impetuosa ola cubre a los amantes mientras se besan en la arena, en el que posiblemente sea el más tórrido orgasmo metafórico que haya filmado el cine clásico norteamericano.
De lo mejor son los diálogos (y es que el Hollywood de oro hizo los mejores diálogos de la Historia del Cine), con muchos dobles sentidos, picantes, pero con clase, sin caer nunca en la vulgaridad, que por lo demás en aquel tiempo hubiera sido impensable en un producto de vocación claramente comercial como éste. Esos diálogos entre los dos protagonistas están plagados de situaciones que pueden interpretarse de una forma normal o con doble sentido, siempre deliciosos, chispeantes, inteligentes...
Pero no siempre mantiene la misma altura, como decimos: cuando al prota (que además de “salido” es un paranoico de libro) le entra la neura de la decencia, la comedia baja en interés, se torna más previsible, aunque en realidad las fantasías eróticas que el pánfilo calenturiento tiene en su pensamiento, puestas en imágenes en la película, cubren holgadamente el remordimiento que asalta al marido ante la tentación del adulterio.
Por supuesto, la película, aparte de sus virtudes (muchas) y defectos (algunos), tiene una imagen que se ha convertido en icónica, mítica y otros cuantos adjetivos también esdrújulos, aquella en la que Marilyn Monroe se coloca sobre una rejilla de ventilación del metro, y sus faldas, de amplio vuelo, al paso del tren subterráneo, se alzan, se alzan…
La película representó para Tom Ewell el papel de su vida; Ewell, un actor más bien oscuro del Hollywood clásico, nunca más brilló a esta altura, si bien es verdad también que nunca más tuvo un papel tan goloso como éste… Marilyn, como queda dicho, pone su impresionante palmito al servicio del film, un palmito que en una película como ésta era, por supuesto, absolutamente imprescindible.
(27/08/2026)
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