Película: Las estrellas de cine no mueren en Liverpool

Gloria Grahame pertenece por derecho propio al mejor cine de Hollywood, que viene a ser lo mismo que al mejor cine que se haya hecho, ni se hará, nunca en el mundo; hablamos del cine de los años treinta, cuarenta y cincuenta, cuando una pléyade de directores, intérpretes, guionistas, operadores, músicos y un sinnúmero de excepcionales profesionales hicieron el cine clásico que, cuando nadie se acuerde del resto del cine, seguirá ahí... si es que el mundo sigue ahí (que esa es otra historia).

Grahame estuvo en films como Encrucijada de odios (1947), de Edward Dmytryk, En un lugar solitario (1950), de Nicholas Ray, con Humphrey Bogart, Cautivos del mal (1952), de Vincente Minnelli, con el que consiguió el Oscar, Los sobornados (1953), de Fritz Lang, con Glenn Ford, y Deseos humanos (1954), de nuevo a las órdenes de Lang y con Ford de coprotagonista. Después su estrella ya no brilló a tan gran altura. Enfermó de cáncer en los años setenta, aunque pareció recuperarse. En aquellos tiempos, cuando la diva rondaba los 55 años, conoció en Liverpool, donde hacía teatro, a  un joven actor de poca monta, Peter Turner, de 28 años, que luchaba por abrirse camino en la escena. Entre ambos surgió un amor desbocado que duró apenas dos años; cuando, de nuevo en Inglaterra, ella enferma de repente, Peter es llamado de urgencia para que la auxilie...

Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, de tan hermoso título, es la traslación a la gran pantalla del libro autobiográfico de Peter Turner que relata esos dos años de amor, su ruptura, y los días en los que asistió a su ex, en su propia casa en la ciudad de los Beatles, junto a sus padres y su hermano mayor.

Paul McGuigan, que hasta ahora había hecho mayormente cine y televisión comercial, con films como El caso Slevin (2006) y Push (2009), y la serie Sherlock, con Benedict Cumberbatch como un espídico detective conandoyleano, se nos descubre aquí como un cineasta dotado para el cine romántico entreverado de melodrama, o viceversa, una nostálgica historia de amor otoñal entre una mujer al final de su vida, aunque esta no llegue a la sesentena, y un joven fascinado por el aura de la diva, pero también enamorado hasta las trancas, una relación de estrella fugaz, apenas dos años, que los llevará a ambos a un nirvana del que serán expulsados a su pesar, por distintos motivos, aunque en puridad es por uno único, irresoluble, la parca en el horizonte.

Trenza el director una hermosa historia nostálgica, llena de saudade, como dicen los gallegos, aunque sea también ya, desde hace años, otra preciosa palabra de la lengua española. Trenza un melodrama intenso pero contenido, donde las emociones están pero no se exteriorizan de forma volcánica, un bello amor entre disparejos (por edad, pero también por fama, por talento), una de esas parejas que la sociedad suele rechazar (Marguerite Duras y Yann Andréa, Juana Ginzo y Luis Rodríguez Olivares, entre otras) por ser la mujer bastante mayor que el hombre, mientras que, a la inversa (Borges y María Kodama, Alberti y Asunción Mateo, Cela y Marina Castaño, entre otras), esa misma sociedad lo ve con toda normalidad. No va, de todas formas, McGuigan por esa vía, la de denunciar el doble rasero del mundo con respecto a las edades dispares de los miembros de una pareja en función de la edad de sus componentes y su sexo, sino por la historia de amor/desamor entre dos seres que se aman y cómo se reencuentran en el último recodo del camino para uno de ellos.

Formalmente, McGuigan nos sorprende jugando con el espacio-tiempo, haciendo que en un mismo plano coexistan dos realidades, el momento en el que se narra la acción, el Liverpool de 1981, tras el colapso de la diva y su acogimiento por su ex en casa de sus padres, e imágenes en flashbacks de sus dos años de relación, desde la ciudad natal del muchacho a la Nueva York y la California de 1979, donde ambos vivirán su fugaz historia de amor. No es un recurso nuevo, desde luego, pero gusta que alguien lo utilice en una película sin intencionalidades explícitas de estilo.

Obra madura y serena, bien narrada por un cineasta del que podemos decir sin temor a equivocarnos que hace con ella su mejor película hasta ahora, Las estrellas de cine no mueren en Liverpool se beneficia de la extraordinaria interpretación de Annette Bening, que hace una Gloria Grahame inolvidable, una voz susurrante (como la de la propia actriz a la que interpreta), una amada y amante que habrá de tomar la peor decisión posible para salvaguardar al hombre que ama. De Jamie Bell, el recordable niño protagonista de Billy Elliott (2000), que le lanzó a la fama, podemos decir que ha crecido bien, tanto físicamente como, sobre todo, artísticamente: aquí aguanta el tipo dando la réplica a una grande del Hollywood actual (y más grande que hubiera sido de no casarse con Warren Beatty para darle cuatro hijos). Del resto nos quedamos con dos estupendas actrices británicas, historia viva del cine inglés, Julie Walters y, sobre todo, la grandísima Vanessa Redgrave, que tiene una pequeña intervención en la que resulta cautivadora.

En una escena del film, cuando los protagonistas interpretan una escena del Romeo y Julieta del Bardo, declama Bening como la Capuleto “palma con palma, es el beso de las palmas sagradas”. Ese beso de las palmas sagradas que será, de alguna forma, el símbolo de estos dos amantes que lo fueron, a despecho de todo y de todos, aunque su amor durara, en términos del tiempo del universo, lo que tarda un abrir y cerrar de ojos...


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105'

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Las estrellas de cine no mueren en Liverpool - by , May 20, 2018
3 / 5 stars
El beso de las palmas sagradas