Pelicula:

C R I T I C A L I A   C L Á S I C O S
Disponible en TIVIFY.    

El cine que se hacía en Estados Unidos en la década de los años cincuenta del siglo XX estaba -en muchas ocasiones- impregnado de un espíritu optimista, que buscaba disfrutar de los resultados y consecuencias victoriosas de la Segunda Guerra Mundial (muy reciente todavía) y se plasmaba en géneros vistosos, como musicales, aventuras medievales, comedias amorosas... aunque también con el contrapunto de películas de cine negro, historias o biografías gangsteriles. Y siempre con un enfoque comercial para atraer a las salas a un público mayoritario que quería gozar y disfrutar -al fin- de un período de paz. 
  
Las grandes productoras, como la Universal en nuestra cinta de hoy, disponían de actores famosos, estudios con eficaces técnicos, y de directores expertos y veteranos como garantía de títulos exitosos. Y para muestra, un botón de lo más representativo: Raoul Walsh, un neoyorquino nacido en 1887 y fallecido en diciembre de 1980, a los 93 años. Su increíble carrera arranca nada menos que con La vida de Pancho Villa, dirigida y protagonizada por él, y dos años después participa en El nacimiento de una nación, la histórica cinta de D.W. Griffith (tan valiosa en lo fílmico como abominable en su mensaje racista), interpretando a John Wilkes Booth, el asesino del presidente Abraham Lincoln. Y metido ya de lleno en la mecánica del cine mudo inicia una carrera de actor, guionista, montador y realizador que la bendita y prudente Wikipedia califica como "selecta" en su filmografía, y que roza las cien películas, tocando todos los géneros como director, pero con preponderancia de las aventuras coloristas y dinámicas.
 
Y estos dos adjetivos cuadran maravillosamente para situarnos ante El mundo en sus manos, de 1952. En ese momento un Raoul cincuentón había filmado casi media centena de largometrajes, donde además de aventuras nos dio musicales, como Artistas y modelos, cine negro y de intriga, como Los violentos años veinte (con dos especialistas como James Cagney y Humphrey Bogart), cine bélico de distintas épocas, como Murieron con las botas puestas u Objetivo Birmania, y también cine del Oeste como Juntos hasta la muerte o Camino de la horca, con Kirk Douglas. Incluso obras de tono historicista como La esclava libre, con Ivonne DeCarlo y Clark Gable, un tanto en la estela del mítico Lo que el viento se llevó, que firmó Victor Fleming como director, pero que todos sabemos que fue un proyecto y una cinta de su productor, el omnipotente David O’Selznick. 

Pero vámonos ya a los escenarios marinos que vamos a conocer, como por ejemplo Alaska ("Tierra Grande" en el lenguaje aleutiano que hablan los esquimales), un territorio que Estados Unidos compró al Imperio Zarista ruso en 1867 por algo más de siete millones de dólares, y lo integró como miembro de la nación. Apenas habitada y con clima inhóspito, en aquel momento su posible riqueza era encontrar oro, o -más fácil- capturar focas, que podía hacerse fácil e impunemente al haber cientos de miles en sus costas y ensenadas. Su piel reportaba una gran riqueza en los puertos norteamericanos, y el número de animales comenzó a descender...

Y eso lo sabe "el hombre de Boston", como se apoda a Jonathan Clark, al que conocemos en las primeras secuencias en San Francisco, desde donde parte hacia Alaska esquivando a los rusos con su goleta, un barco muy marinero, con el que mantiene una gran rivalidad frente a un curtido navegante conocido como "El Portugués". Son escenas -estas otras iniciales- que tienen un tono cortés, frívolo, con salones lujosos, banqueros millonarios en busca de inversores, y damiselas elegantes, como una duquesa rusa que conoce Clark -creyéndola él una simple dama de compañía-, y siempre con fluidez en la narración y soltura en la realización.

Pero si algo hizo famosa a esta estupenda película es la soberbia y larga secuencia, en la que los dos veleros, el del hombre de Boston y el de El Portugués, rivalizan por llegar los primeros a las costas de Alaska. Las imágenes de las dos goletas - ligeras y de bella estampa- las maneja Raoul Walsh con una soltura y una habilidad que sólo logran los grandes maestros del celuloide. Y al llegar al primer puerto encuentran a un enemigo de la duquesa, el vil príncipe ruso Semyon, que quiere raptarla para casarse con ella. Ahora dejamos los mares y pasamos a huidas, duelos a espada, persecuciones y carruajes que mantienen el hálito aventurero del film, que tiene -obviamente- un final feliz.

Toda esta historia se basa en un guión del veterano Borden Chase, que adapta la novela original de Rex Beach, curtido escritor a caballo del siglo XIX y el XX, y del que se adaptaron muchos de sus libros para la pantalla. Y ya puestos a citar los protagonistas y coautores del film hay que empezar por el hombre de Boston, un Gregory Peck de larga carrera que va de los años cuarenta hasta los noventa, oscarizado por Matar a un ruiseñor, en el abogado Atticus… pero ya popular por Vacaciones en Roma de William Wyler, tanto como por Horizontes de grandeza, del  mismo autor, o Moby Dick, de John Huston, o muchos otros films de directores famosos, como Hitchcock, en Recuerda, junto a Ingrid Bergman, o el gran  King Vidor -con Duelo al sol-, y hasta Martin Scorsese en El cabo del miedo, en un papel secundario.

La réplica femenina la puso Ann Blyth, de carrera centrada entre los años cuarenta y cincuenta, retirándose luego y -cuando escribimos estas líneas- todavía viva a sus 97 años... y como dato curioso, Peck tuvo a esta actriz morena en 1952, pero el año previo, 1951, en otra aventura marítima como El hidalgo de los mares, también de Raoul Walsh, fue la rubia Virginia Mayo quien encarnaba a esta heroína, siguiendo la novela que protagonizaba el capitán Horacio Hornblower, creado para varios libros por Cecil Scott Forester. Y volviendo a nuestra cinta, junto a buenos secundarios como John McIntire, sería injusto olvidar a un espléndido Anthony Quinn, el mejicano universal, que borda su papel de El Portugués, un actor que lo mismo hace de forzudo en La Strada de Fellini, que baila el sirtaki como Zorba, el griego, encarna a Barrabás, de Richard Fleischer, que se transforma en Papa en Las sandalias del pescador, o se pone nariz postiza y da vida a un árabe en la historia de Lawrence, que nos narró David Lean.

Terminar diciendo que Raoul Walsh finalizó su increíble y larguísima filmografía en 1964 volviendo a una del Oeste, Una trompeta lejana, con una pareja juvenil, Troy Donahue y Suzanne Pleshette -a la que ya conocimos un año antes en Los pájaros, obra maestra de Hitchcock-. Y en plan anecdótico, señalaremos que nuestro director de hoy está en el selecto club de directores tuertos, como Fritz Lang, André de Toth, por supuesto John Ford, y en sus últimos y tormentosos años Nicholas Ray... Pero lo de Raoul fue en un accidente de coche, en sus años jóvenes, cosa de simple mala suerte…


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104'

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El mundo en sus manos - by , Jan 30, 2026
3 / 5 stars
Viento en popa, a toda vela...