Enrique Colmena

29/12/2025

Pues ya estamos a finales de 2025, y toca por tanto echar la mirada atrás para ver qué hubo de bueno en cine, que, la verdad, fue bastante. Dividiremos este resumen o balance en dos capítulos, este primero para España y resto de Europa, y un segundo para Estados Unidos, Asia y Latinoamérica.


ESPAÑA

Lo cierto es que, como en años anteriores, el cine español sigue fuerte, con una producción muy variada tanto temática como estéticamente, y con una especial profusión de directoras, mayormente jóvenes, que han venido a renovar, y de qué manera, la mirada de los cineastas de nuestro país.

Como Carla Simón, quien, tras Verano 1993 y Alcarràs, ha vuelto a interesarnos, y mucho, con su singular Romería, un sentimental ajuste de cuentas con su pasado, en una historia en buena medida autobiográfica sobre su estancia en Galicia en su adolescencia, en la que descubriría el infierno que fue, para su padre, vivir siendo seropositivo en una familia tan opulenta como desapegada cuando uno de los suyos fue señalado con el ominoso dedo del sida. O Eva Libertad, que en Sorda nos enseñó cuán complicada puede ser la vida de una persona que no oye en un mundo de oyentes, hasta qué punto, a pesar de lo que se ha avanzado en (teórica) integración de estas personas, hay dificultades que no se pueden soslayar por leyes ni mandamientos imperativos.

Belén Funes, que nos interesó hace algunos años con La hija de un ladrón, vuelve a hacerlo ahora, incluso con más fuerza, con Los tortuga (el título es horrible, sí, pero la película no…), sobre la inmigración interior dentro de España, la posible pérdida de las raíces, y, sobre todo, la necesidad de asumir el duelo para seguir adelante. La veterana productora Elena Manrique se estrenó en la dirección con la modesta pero tan estimulante Fin de fiesta, en la que presentaba una perspectiva distinta sobre el fenómeno de la inmigración procedente de África, con chica negra que inicialmente se hace pasar por chico (por obvias razones…), a la que la riquita del pueblo mantendrá entre la amistad y la esclavitud para no sentirse tan sola, pobrecita… También tiene una mirada social una de las sorpresas del año, la también humilde pero tan rica en contenido Ellas en la ciudad, en la que la arquitecta Reyes Gallegos, con el concurso en guion y producción de Rafael Cobos, consigue un hermoso, vibrante alegato en reivindicación de las mujeres que, allá por los años sesenta y setenta, pusieron pie en pared para conseguir dotar a sus modestos barrios sevillanos de los servicios que la incuria municipal y estatal les negaba.

Por su parte, la valenciana Avelina Prat nos sorprendió con la sugestiva, lírica a su manera Una quinta portuguesa, rodada a caballo entre España y Portugal, la historia de un hombre que pierde su horizonte vital y lo recompone de la forma más inesperada, en otro país, bajo otro nombre, siendo él otra persona, en realidad, con un impecable trabajo de Manolo Solo, en uno de los papeles por los que será recordado en el futuro.

También sus colegas varones, los directores españoles, han brillado en este 2025. Lo ha hecho el gallego (aunque nacido en París… ya se sabe, aquello de que los gallegos nacen donde le salen… de las zamburiñas…) Oliver Laxe, con su potente Sirat, trance en el desierto, una película que ciertamente no deja a nadie indiferente: se ama o se odia, pero no hay término medio, un viaje alucinado y alucinante al Atlas marroquí, en busca de un ser querido, en cuyo camino puede perderse todo: también la razón de vivir. 

Alberto Rodríguez nos presentó su thriller acuático Los tigres, rodado en el polo industrial de Huelva, un viaje no solo por las profundidades del mar, sino también por la vida y los sueños de su protagonista, un Antonio de la Torre como siempre espléndido, y una Bárbara Lennie, como su hermana, también excelente. Agustín Díaz Yanes volvió al cine 8 años después de su fiasco de Oro (2017), con Un fantasma en la batalla, y lo cierto es que lo hizo en plena forma, una historia con ciertas concomitancias con la reciente (y estupenda) La infiltrada, aquí con una guardia civil que, efectivamente, se infiltra en ETA durante casi una década, una espía ficticia que, en realidad, sintetiza a varios agentes reales de la Benemérita que le echaron bemoles (o zamburiñas…) integrándose en la banda terrorista para desbaratar sus criminales planes. 

Paco Ortíz, de quien recordamos con mucho agrado su documental Algo salvaje. La historia de Bambino, vuelve en ese mismo género a contarnos otra historia inmortal, la de Antonio Ruiz Soler, en Antonio, el bailarín de España, notable acercamiento histórico, artístico y humano al genio de la danza que nació en Sevilla y triunfó en todo el mundo. 


RESTO DE EUROPA

Este año nos ha parecido que (al menos en número) las películas del resto de Europa no han menudeado demasiado; aun así, ha habido títulos de interés, como por ejemplo Flow, un mundo que salvar, del letón Gints Zilbalodis, un “cartoon” hecho en 3D, pero un 3D que no busca la perfección técnica, como hace Pixar, sino la cercanía de la imperfección, pero con un tema inmenso, nada menos que un mundo postapocalíptico en el que los animales (ay, Esopo, Samaniego, La Fontaine, Iriarte, siempre estáis ahí…), como en una fábula, se desenvuelven como los supervivientes humanos que no aparecen, en una peli de una extraordinaria belleza no tanto formal como de contenido. 

Francia, que siempre nos da buenas noticias (en cine, al menos: como país últimamente anda de capa caída; y esperad que lleguen al Elíseo -que uno de los dos llegará…-- Le Pen o Melenchon…), nos ha regalado este año un par de buenas o muy buenas películas, como La historia de Souleymane, dirigida por Boris Lojkine, la historia de un “rider” subsahariano en busca de un porvenir para sí y su gente que sigue en África, una película que te pega a la butaca y no te puedes levantar de ella; y, en un tono muy distinto, la mucho más relajada y a ratos cómica Los colores del tiempo, de Cédric Klapisch, sobre los ancestros y su influencia en la gente de nuestro tiempo, en una deliciosa película coral que juega a divertirnos y, como de refilón, hacernos pensar, lo que no está nada mal…

María Callas, por su parte, con coproducción europea (Italia y Alemania son sus principales países productores, con el aditamento de USA y Chile), con dirección del andino Pablo Larraín, es una muy curiosa aproximación a la gran diva griega, a sus últimos siete días de vida, cuando intentaba volver a los escenarios, con una sobresaliente actuación de Angelina Jolie, ciertamente excelsa.  

Por último, el cine nórdico, casi siempre presente en cualquier resumen anual, presenta un título que está gustando mucho, y con razón, Valor sentimental, un film de Joachim Trier que confirma que lo suyo es hollar la senda de Ingmar Bergman, aunque por supuesto a su manera, con su propia personalidad. Pero el cine del director nacido en Uppsala está ahí, en la germinación de sus historias, como ésta en la que entrarán en conflicto dos hermanas y el padre que las (cuasi) abandonó siendo niñas. 

Ilustración: Una imagen de la película Sirat, trance en el desierto, de Oliver Laxe, una de las mejores películas del año, candidata de España a los Premios Oscar. 

Próximo capítulo: Lo mejor del cine en 2025: USA, Asia y Latinoamérica (y II)