Pelicula:

No es la primera vez que Pedro Almodóvar echa la mirada atrás, hacia su propia vida, para hacer cine. De hecho, en casi todos sus films se puede apreciar, quizá intuir, algún momento que aparenta ser parte de su propia historia. Hasta ahora su película más autobiográfica podría reputarse que era La mala educación (2004), en la que narraba dos tiempos distintos, uno de ellos el retrato de una infancia en un colegio de curas, sospechosamente parecida a la suya (estudió, efectivamente, en un centro religioso en Extremadura, a donde había emigrado su familia desde su localidad natal, Calzada de Calatrava, en la provincia de Ciudad Real). Con Dolor y gloria, Almodóvar da un salto de gigante en cuanto a la utilización de su propia vida como materia de su cine, y nos ofrece una película con un alto grado de realidad, bien que, como siempre en Almodóvar (en puridad en cualquier artista), tamizado por la mirada del cineasta, que embellece, magnifica, idealiza ese pasado que fue, ese presente que es.

Salvador Mallo, director en torno a los sesenta, está en un período de su vida en el que las musas parecen haberle abandonado. Víctima de molestias físicas constantes por causa de un organismo muy baqueteado que lo ha adolorido casi desde que tenía uso de razón, se entera del paradero de Alberto, un actor con el que trabajó tres décadas atrás en una película y con el que no ha vuelto a hablarse desde entonces, por un desencuentro artístico. Se acerca a él, y aunque no terminan de hacer las paces, de ese momento saca la capacidad de ensoñación que le permite el consumo de la heroína fumada (conocido en el argot yonqui como “chino”), lo que le hará volver atrás, intermitentemente, a su infancia, cuando vivía con su madre en el campo y posteriormente se mudaron a Paterna, en Valencia, donde vivieron en una casa-cueva. También esos trances le permitirán recordar los últimos tiempos con su madre, ya anciana, cuando todo su anhelo era volver al pueblo para morir allí.

Es Dolor y gloria, seguramente, un ajuste de cuentas de Almodóvar consigo mismo: por supuesto, con sus amores, tanto físicos y carnales como maternofiliales, pero sobre todo consigo mismo. Tras casi cuarenta años de trayectoria profesional en el cine, parece como si el cineasta manchego hubiera querido hacer su particular Otto e mezzo, el film criptoautobiográfico de Fellini sobre la abulia creativa y el poder liberatorio del amor. Y lo cierto es que, aunque con un principio un tanto titubeante, con las escenas en las que intenta aproximarse al actor enemistado, que se dilatan sin mucha sustancia, después la historia empieza a cobrar su propia velocidad de crucero y los temas se engrosan en interés: el reencuentro con el amor perdido en los ochenta, dado con una fascinante escena que recrea en el teatro aquella historia imposible de sexo y adicción, con una hermosa coda en la propia casa del cineasta; la infancia venturosa, feliz, siempre al cuidado de la amorosa mirada de la madre; el descubrimiento del sexo en la infancia, como un relámpago cegador que, literalmente, fulmina; el mea culpa al final del camino de la progenitora, cuando todo llega a su fin. Todo ello, y más, conformará la evolución del personaje, el alter ego de Almodóvar, a lo largo del film, desde la atonía inicial cuando se siente vacío hasta reconciliarse consigo mismo, con sus errores, aceptándose como es y volviendo a ser el que era, un hombre para el que la creación artística lo es todo, sin la que no sería nada.

Hermosa película, entonces, en la que se agradece, y se admira, este abrirse en canal que nos ofrece el cineasta, obviamente fantaseando pasajes e introduciendo elementos extraños a su propia vida, para jugar con esa ambigüedad calculada que siempre ha sido una de sus señas de identidad y que aquí, evidentemente, juega fuerte con las distintas historias en las que el espectador puede intentar adivinar qué hay de verdad, qué de fantasía, y cuánto de esa verdad que, cosméticamente maquillada, puede ser otra cosa, algo que es a la vez falso y veraz.

Con el exquisito diseño de producción que es marca de la casa, con una fotografía espléndida del octogenario José Luis Alcaine, maestro de maestros, que refleja bellísimamente paisajes tan diversos como el campo de la infancia del protagonista y el interior de su minimalista apartamento en Madrid, con un uso interesantísimo del color rojo como símbolo del amor, de todo amor (presente en el vestido de la madre joven, en la chaqueta del amante años ha perdido y momentáneamente reencontrado, frecuentemente en la propia indumentaria del protagonista, en la decoración de su hogar madrileño), pero también del blanco, como símbolo de pureza, de inocencia y sencillez (presente en las albas sábanas tendidas en los juncos de la rivera del río de su infancia, en la modesta ropa interior del albañil que hace pequeñas chapuzas en el hogar materno, en las humildes paredes encaladas de la casa-cueva), y una música nostálgica, melancólica, del gran Alberto Iglesias, que apunta a (otro: y van...) Goya, el film de Almodóvar cuenta, como siempre, con un extraordinario trabajo actoral, desde un Antonio Banderas que consigue la rara proeza de parecerse y no parecerse al mismo tiempo al crípticamente biografiado, el propio Pedro, hasta una Penélope Cruz de corto pero intensísimo papel, un personaje de una naturalidad pasmosa, una mari de campo, obsesionada con el bienestar familiar, pasando por una magistral Julieta Serrano, que borda su papel, y el resto del elenco, en el que cabría citar a un Asier Etxeandia que nos parece representar al Eusebio Poncela que hizo La ley del deseo (1987), si no nos equivocamos, la película que aquí se evoca como “Sabor”, que coincide en el tiempo y en la temática y circunstancias con aquella también notable cinta almodovariana de hace ya tres décadas.



Dolor y gloria - by , Mar 29, 2019
3 / 5 stars
Abrirse en canal