11/04/2026
Se cumplen, en este 2026 en el que se escriben estas líneas, 175 años del fallecimiento de Mary Wollstonecraft Godwin, conocida en el siglo como Mary Shelley (por el apellido del esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley), autora de uno de los grandes mitos creados por la Humanidad, el monstruo de Frankenstein, un mito que, por supuesto, no es otra cosa que el ancestral deseo del ser humano por convertirse en un dios, en puridad literalmente en Dios, en un ser superior tan poderoso como para crear vida “ex nihilo”, crear vida desde la nada. Ese mito, como es notorio, tomó forma literaria tras una velada que Mary Shelley, su marido, Percy, más el poeta Lord Byron (nacido George Gordon) y el doctor John William Polidori (a la sazón médico y amante de Byron, con el que tenía una relación casi de amo/esclavo, siendo él el esclavo…) compartieron en una mansión suiza, la Villa Diodati, cerca del lago Leman, en el que la Historia conoce como el “año sin verano”, 1816, un año que, sorprendentemente, careció de los típicos calores estivales, resultando una estación desusadamente fría y lluviosa hasta para las latitudes casi centroeuropeas del país helvético. En una de aquellas veladas sesteantes en las que los moradores de la vivienda se aburrían a modo, Byron propuso a sus amigos, a modo de pasatiempo, ponerse como deberes para el año siguiente, en el que se volverían a ver en el mismo lugar, la redacción de una historia de fantasmas; debe tenerse en cuenta que tanto el propio Lord Byron como Percy Shelley eran ya escritores consagrados, mientras que Mary Shelley, aunque había escrito algunas cosas, no había publicado nada, y Polidori solo había elaborado algunos textos académicos relacionados con su ciencia médica.
Sorprendentemente, los que finalmente respondieron a aquel curioso reto no fueron los autores consagrados, Byron y Percy, sino los que no lo eran, el doctor Polidori y Mary Shelley. El primero escribió un desasosegante relato, El vampiro, que se reputa uno de los más interesantes de la literatura gótica y toda una prefiguración del vampiro moderno, sobre el que se cimenta, en realidad, el arquetipo que todos conocemos de este monstruo de gustos gastronómicos bastante cuestionables, desde el Drácula de Stoker al de Whale (este interpretado por Bela Lugosi) o de Fisher (con el imponente aspecto de Christopher Lee). La segunda, Mary, por su parte, escribió la novela Frankenstein, o el moderno Prometeo, que establecía las bases del mito, a partir de la obsesión del doctor Victor Frankenstein, que concibió la idea de insuflar vida en la carne muerta, para lo que reconstruyó un cuerpo más o menos humano a partir de órganos de cadáveres, consiguiendo mediante técnicas secretas, que no se especifican en el libro, que ese ser inanimado, ese trozo de carne muerta amalgamada, cobrara vida. El libro se publicó en 1818, como anónimo, pero el hecho de que el prefacio estuviera escrito por Percy Shelley hizo que el público lector creyera que su autor era él. Afortunadamente, Percy no hizo “un Gregorio Martínez Sierra” (ya saben, el dramaturgo que se aprovechó de las obras que escribía su mujer, María Lejárraga) y, con toda honestidad, declaró poco tiempo después que la autora del volumen era su esposa, Mary Shelley, cuyo nombre ya apareció como tal en la edición de 1823.
El impacto popular fue tremendo e inmediato, si bien la crítica de la época se mostró reticente (ya se sabe que los críticos somos todos unos canallas…). No sería hasta el siglo XX que la novela ganó en prestigio y universalidad, y aún más cuando el arquetipo se conviertió en uno de los mitos cinematográficos más fascinantes de la Historia del llamado Séptimo Arte, trascendiendo sus fronteras para convertirse en un archiconocido icono de la cultura popular. De la vigencia del mito creado por Mary Shelley da idea el hecho de que en los últimos meses se han estrenado dos nuevas y poderosas (en todos los sentidos) versiones cinematográficas, el Frankenstein de Guillermo del Toro, con Jacob Elordi como el monstruo, y la “aggiornada” y feminista ¡La novia!, dirigida por Maggie Gyllenhaal, con la talentosa Jessie Buckley como la prometida del engendro shelleyano, que actualiza, y de qué manera, la extensión del arquetipo que en su momento hizo James Whale en los años treinta en su película La novia de Frankenstein.
En la serie de artículos que iniciamos con este primero, en el que estamos haciendo algunos apuntes previos sobre el tema, vamos a glosar varias de las adaptaciones que el cine y la televisión han realizado sobre Frankenstein; veremos que, como el clásico incuestionable que sin duda es, lo admite prácticamente todo, habiéndose hecho versiones de todo tipo y jaez, siendo evidente que, conforme el tiempo ha ido avanzando, esas adaptaciones se han ido haciendo más libres (y a veces también más disparatadas…). Un mito que, como decimos en el titulillo genérico de esta serie de artículos, es ya, a nuestro parecer, mucho más cinematográfico que literario, habiendo trascendido desde ya hace muchos años el perímetro de los libros para convertirse en un referente universal, por todos conocido, aunque ya clara y meridianamente con los característicos rasgos que el cine ha conferido a este monstruo que, como veremos a lo largo de estos artículos, en el fondo no lo era, o al menos nunca quiso serlo.
Porque el mito de Frankenstein, que parte de la novela de Mary Shelley, ha tenido ciertamente en la literatura una evidente influencia, desde la novela de ciencia ficción Frankenstein desencadenado, de Brian Aldiss, hasta, alegóricamente, la de Almudena Grandes titulada La madre de Frankenstein (sobre la verídica historia de Aurora Rodríguez, la madre de Hildegart, a la que mató por no amoldarse al rígido molde de “mujer perfecta” que ella había querido crear), pasando por Patchwork girl, de Shirley Jackson, dentro de la literatura hipertextual, o La isla del Dr. Moreau, donde H.G. Wells presentaba un personaje que creaba seres humanos a partir de animales, o, ya enlazando con la música, la ópera Frankenstein, creada por Mark Grey y estrenada en 2019.
Pero la verdad es que donde el mito cobró toda su vigencia, toda la fuerza popular que lo hizo y lo sigue haciendo un icono universal, fue a partir precisamente del arquetipo que creó James Whale en El doctor Frankenstein (1931), con Boris Karloff como el monstruo, conformando visual, plásticamente, un personaje tan fascinante como plenamente reconocible, el ser vivificado por el Hombre (así, con mayúsculas…), a la par ingenuo y terrible, sobre todo cuando es rechazado por su monstruosidad, cuando lo que anhelaba absolutamente (como todos…) era ser absolutamente amado. Un arquetipo creado por Whale y Karloff que se mantendrá vigente durante décadas en el cine y la televisión, pero que también pasará como tal a la literatura gráfica, hasta que, avanzando los decenios, irá cambiando de forma para adaptarse a los nuevos tiempos, como ocurrirá con el que interpretó Robert de Niro en Frankenstein de Kenneth Branagh, visualmente mucho más cercano al descrito por Shelley en su novela.
Por supuesto, el concepto de Frankenstein ha superado con creces los límites de la literatura y el cine para llegar a convertirse en una expresión que sirve incluso para cuestiones en principio tan alejadas (aunque quizá no tanto…) como la política, usándose, por ejemplo, para denominar “gobierno Frankenstein” (expresión acuñada en su momento por Alfredo Pérez Rubalcaba) a un gobierno conformado por individuos de partidos muy diversos.
La IMDb censa más de 120 audiovisuales basados de forma más o menos libre, o más o menos rigurosa, sobre aquella novela primigenia de Mary W. Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo. Nosotros, como solemos hacer en estos casos, revisaremos a lo largo de los siguientes artículos, de forma cronológica, solo aquellos títulos cuyo comentario o glosa, por muy diversas razones, nos parezca interesante, ya por su calidad, ya por su originalidad, ya por su exotismo, ya por su innovación: en definitiva, por su relevancia de una u otra forma.
Ilustración: “Páginas de título” de la edición de 1831 de la novela Frankenstein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, publicada por Colburn y Bentley, editores londinenses, en la que aparece la primera representación iconográfica que se conoce del monstruo, diseñada por Theodore von Holst.
Próximo capítulo: A 175 años de la muerte de Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, un mito más cinematográfico que literario (1910-1969) (II)