Pelicula:

C I N E   E N   S A L A S

Entre 2003 y 2004 Quentin Tarantino presentó, en dos partes diferenciadas, lo que era una única historia, titulada Kill Bill, llevando cada una de esas dos partes el añadido de Vol. 1 y Vol. 2. La historia en realidad era una sola en ambos casos, la crónica de la venganza de una mujer, de profesión asesina a sueldo (que vaya tela el oficio…), venganza que llevará a cabo contra aquellos que la torturaron y la llevaron a las puertas de la muerte.

Aquella única película de más de cuatro horas tuvo que ser dividida en dos por razones comerciales, de 110 y 137 minutos, respectivamente, al oponerse los distribuidores mundiales del film (Miramax en los USA, Buenavista y Columbia, esencialmente, en el resto del mundo) a exhibir un metraje tan largo. Lo cierto es que el film (en sus dos partes), con el tiempo, ha alcanzado la categoría de culto, esa categoría indefinible pero que ciertamente existe, y que todo el mundo sabe lo que es, aunque sea complicado de explicar, así que Tarantino, dos décadas largas después de su estreno en aquellas dos mitades, ahora ya más allá del bien y del mal, ha decidido darse el gustazo de lanzarla de nuevo a las salas de cine, pero en una sola película, a la que ha añadido algunas escenas que se quedaron fuera de los metrajes iniciales, e incluso ha añadido una nueva escena de animación, titulada El capítulo perdido: La venganza de Yuki, de 9 minutos de duración. Todo ello llega ahora a las pantallas con el título global de Kill Bill: The Whole Blood Affair (el añadido vendría a ser algo así como “Todo el asunto sangriento”). 

El conjunto alcanza ahora, en una sola película, 275 minutos, o lo que es lo mismo, cuatro horas y media largas, superando en más de 30 minutos la primera versión conjunta de esas dos mitades en las que se comercializó en 2003/2004 (esto viene a ser aquello de “si no quieres caldo, pues dos tazas”…). En Estados Unidos se hizo en Diciembre de 2025 un lanzamiento limitado, con un rendimiento comercial razonable, teniendo en cuenta que, en puridad, era el reestreno (aunque con calidad de imagen actual, al haber sido remasterizado) de un film de hace más de 20 años. Ahora se repone en España, con un lanzamiento quizá algo exagerado (187 salas en todo el país), que habrá que ver hasta qué punto ha sido acertado, sobre todo teniendo en cuenta la larguísima duración de la peli.

Allá a principios de este siglo Quentin Tarantino era ya uno de los popes o gurús del cine moderno. Con solo tres largometrajes hasta aquel momento (Reservoir Dogs, Pulp Fiction y Jackie Brown), había creado un estilo muy definido y personal, y había toda una legión de directores claramente influenciados (no siempre para bien…) por su cine, fundamentalmente en cuanto a la ultraviolencia y el tremendo sadismo de muchas de sus imágenes. Lo cierto es que veintitantos años después no se puede decir que esa influencia haya decaído, sino más bien al contrario, hasta el punto de que el adjetivo “tarantiniano” se ha hecho fuerte como forma de definir determinados recursos del cine actual, como las escenas de suspense “in crescendo”, que Quentin maneja como nadie, y que hoy día es frecuente ver en los films y series de intriga.

Es cierto que no hay muchos cineastas que sigan otras de sus constantes, como la mezcla de géneros y referencias, y en ese sentido este film es paradigmático: se cruzan influencias y homenajes tan diversos como el espagueti-western, el manga y el anime, el cine de artes marciales orientales y hasta las sombras chinescas, que ya son referencias dispares... Eso por no hablar de las evidentes autocitas del propio cine de Tarantino. Es cierto también que debajo de este brillante despliegue de efectos especiales, coreografías inverosímiles y luchas surrealistas poco hay, pero también lo es que, en este caso, el mensaje resulta ser el envoltorio, y Tarantino, en la primera parte del kilométrico film, se dedicó a hacer un fascinante ejercicio de estilo sobre la venganza, ese plato que se sirve frío, como recuerda atinadamente el aforismo con el que se abre la película. Estamos, por tanto, ante el deslumbrante pavoneo del faisán, la excelsa escenografía barroca del pavo real, el regusto desmesurado por las formas rococó, aunque también es cierto que en este canto a la violencia más exacerbada hay también lugar para definir algunos personajes curiosos, como el de la propia protagonista, una “killer”, una matadora a sueldo, llevada hasta el coma por el asalto vesánico de gente de su misma calaña, que despertará cuatro años más tarde para poner en marcha una venganza sin nombre. O el personaje de la chinoamericana, la temible jefa de los yakuza (la mafia japonesa), perfilado a base de dibujos en la mejor tradición del manga, o el de la hispana con niña, ante la que las contendientes del feroz combate escenificarán una falsa amistad. Todo es ostentosamente superlativo en esa primera parte del largometraje de Tarantino, aunque también casi todo es puro vacío. Por una vez y sin que sirva de precedente, habrá que quedarse con los virtuosos fuegos de artificio que cubren tan seductora, tan voluptuosamente la nada.

Otra cosa será esa segunda parte (no, verás, si al final la división en dos mitades no era tan mala idea…), porque tras el fascinante pero inane espectáculo de fuegos de artificio de la primera parte, la segunda confirmó que sí había carne y sustancia en la historia que se nos cuenta: donde antes prácticamente lo único que había era una lucha sin cuartel entre una asesina que se vengaba de los que la llevaron a las puertas de la muerte, ahora se nos cuenta la historia completa, la de esa mujer, asesina a sueldo de profesión, que huye de su hombre y su banda cuando se da cuenta de que está embarazada y cómo ello modifica totalmente su planteamiento vital: por eso la escena del test del embarazo, con la tira azul que confirma su estado de gravidez, es fundamental para comprender la trama que se cuenta en esa segunda parte; eso y, por supuesto, la sorpresa cuasi final, que no desvelaremos, por obvias razones.

Siguen, desde luego, los constantes homenajes de Tarantino a sus maestros: aquí lo hace casi de forma compartimentada, con referencias no sólo visuales sino también musicales al “espagueti-western” de Sergio Leone, en las secuencias con Michael Madsen, y de forma cuasi mimética con respecto al cine de kárate en las escenas del aprendizaje de kung-fu. Brillante siempre, aunque irreal también, Kill Bill: The Whole Blood Affair, la versión completa del film, resulta ser un espectáculo puramente cinematográfico (pues en el cine están sus exclusivas fuentes y sus constantes referencias) que no pretende reflejar ninguna realidad sino reconstruirla, recrearla a la manera sugerente y manierista de un autor que ha marcado a toda una generación. A eso muchos lo llaman arte...


 


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275'

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Kill Bill: The Whole Bloody Affair - by , Apr 10, 2026
3 / 5 stars
Ese plato que se sirve frío