Es curioso lo que sucedió con Raoul Walsh (Nueva York, 1887 – Simi Valley, California, 1980): empezó como actor y director en 1913, para prácticamente abandonar la primera de esas profesiones algunos años más tarde y dedicarse fundamentalmente a la dirección, especializándose (aunque no exclusivamente: el sistema de estudios exigía que los realizadores fueran todoterreno) en géneros entonces considerados más o menos superficiales, como la aventura, el wéstern, el bélico y la acción. En Hollywood era considerado como un correcto profesional que, sin embargo, no tenía la altura de los grandes (Ford, Hawks, Wyler, Preminger, Cukor, Lang, Capra, Hitchcock…); sin embargo, a partir de la eclosión en los años cincuenta de la pléyade de críticos de la revista francesa Cahiers du Cinéma (que después conformarían el grueso del movimiento cinematográfico que la Historia conoce como Nouvelle Vague: Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol, Rivette), Walsh experimentó un reconocimiento artístico mundial por parte de estos renovadores del cine que lo encumbraron casi a la altura de aquellos grandes, valorando su gran técnica narrativa y profundidad psicológica con la utilización de escasos recursos, tanto económicos como técnicos, dándole con ello el tratamiento reservado a los grandes clásicos de Hollywood.
Quizá Truffaut & Co. se pasaron un poquito, puede ser, pero lo que sí parece claro, a estas alturas, es que Walsh fue un cineasta seguro y solvente, con notable capacidad para contar historias con personalidad, confiriendo a sus películas un aliento a la vez épico y melancólico.
Bajo los auspicios de Warner Bros., Walsh rueda a principios de los años cuarenta este film, El último refugio, que, junto a El halcón maltés, rodado el mismo año por John Huston, pondría las bases del cine negro norteamericano de los años cuarenta y cincuenta, el más interesante (junto al “polar” galo que tuvo su período de esplendor entre los cincuenta y sesenta) que se haya hecho en el mundo dentro de este subgénero del thriller y del policíaco.
Sobre una novela de W.R. Burnett (que también participó en el guion, como entonces era bastante habitual), conoceremos la historia de Roy Earle, al que se le concede un indulto para salir de prisión, donde ha estado 8 años. Earle se reúne con sus antiguos compinches, aunque ahora tienen un nuevo jefe, un antiguo policía. De camino a Palm Springs, donde va a perpetrar un atraco, Earle se detiene en la tierra de su infancia, donde conoce y se amista con una familia feliz que le recuerda aquel tiempo idílico de su niñez; la nieta del entrañable paterfamilias, Velma, una guapa y agradable joven, tiene una malformación congénita del pie que le impide caminar con normalidad, y Roy, fascinado por la naturalidad de la chica, siente nacer sentimientos a los que creía ser invulnerable. Ya en el lugar donde ha quedado con sus compinches de fechoría, hay una chica entre ellos, Marie, novia de uno de los villanos, lo que no gusta a Earle, que intenta que la dejen fuera del tema. Pero la chica, que busca salir del marasmo al que parece abocada, consigue que Earle la deje quedarse. El atraco lo darán en un hotel, donde tienen un contacto; se trata de robar las joyas que hay en su caja fuerte. Pero el golpe no sale exactamente como estaba diseñado…
La película habla esencialmente de la imposibilidad de la redención del ser humano cuando se convierte en delincuente; en ese sentido, es diametralmente opuesta a otras pelis que han apostado precisamente por lo contrario, como, sobre todo, El hombre de Alcatraz (1962), de John Frankenheimer. Pero en el film de Walsh la redención, que se ve como algo deseable, en el fondo se revela imposible, con un tono determinista que recorre todo el film, dando por hecho que el destino no puede ser cambiado por más que se intente. Así, el sueño de Roy Earle, aquel villano que cumplió 8 años de cárcel, y que ha conocido a una familia pobre pero feliz, con la que sueña emparentar, enamorado como está de la chica sencilla con un pie deforme, se hará imposible por la renuencia de ella hacia el hombre al que está agradecida por financiar la operación que le devolverá la capacidad de caminar con normalidad, pero también por ese dedo del destino que parece marcarle indefectiblemente como el malo, como el que debe ser abatido aunque su corazón se sienta desconsolado por un amor no correspondido.
Estamos entonces ante una interesante película sobre el Bien y el Mal, en absoluto maniquea (el hecho mismo de que el protagonista -con el que se identifica inevitablemente el espectador- sea un delincuente, permite matices imposibles en una tópica historia de buenos y malos), clásica y sencilla, con un poso que habla, con el lenguaje del cine, de la dificultad, por no decir la imposibilidad, de salir del mundo del crimen. Es cierto que la parte final, la que tiene lugar en la Alta Sierra del título original, quizá sea demasiado larga, pero el conjunto es compacto y sólido, con una puesta en escena sobria, exacta y sencilla, en un film con una preciosa fotografía en blanco y negro del operador italiano (pero que hizo toda su carrera en Estados Unidos) Tony Gaudio, y que estuvo coproducida por Mark Hellinger, uno de los nombres fundamentales en la producción de corte progresista en el Hollywood clásico.
Hay escenas que hoy, más de ochenta años después, producen estupor, como el tratamiento de los personajes negros, reducidos a roles subalternos y poniendo en sus bocas diálogos como si fueran idiotas, pero debe entenderse esto en el contexto del país a principios de los años cuarenta, cuando el racismo sociológico lo impregnaba todo: también el cine, salvo excepciones. Interesantes también los personajes femeninos: el de la chica del pie deforme, que sabe distinguir entre agradecimiento y amor, y el de la vampiresa incrustada en el grupo del atraco, una mujer fuerte, hecha a sí misma, sufridora de maltrato por parte de su padre en su infancia y adolescencia (maltrato que, con toda probabilidad, no era solo que le pegara…), que busca escapar del arroyo al que parece que los hados la tienen predestinada.
Buen trabajo actoral en general, con un Bogart que estaba forjando ya el arquetipo fílmico que le dio fama, y una Ida Lupino que daba perfectamente el papel de “vamp” a la vez inteligente y eróticamente sugestiva.
(03/01/2026)
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