Aunque Studio Ghibli y sus directores (esencialmente Hayao Miyazaki, pero también Isao Takahata, el cofundador del estudio, y otros, como Hiromasa Yonebayashi) constituyen posiblemente la aristocracia del anime, hay otros cineastas que también aportan su saber a este subgénero dentro de la animación. Uno de ellos es Ayumu Watanabe, fogueado previamente en los departamentos de animación y de arte de muchas producciones dentro del anime, como las diversas series que se han grabado sobre el personaje de Doraemon. En la dirección debutó a mediados de los años diez de este siglo XXI, aunque es cierto que su carrera, por ahora, no ha descollado demasiado.
La película se inicia con los recuerdos de Ruka, una niña pequeña, en un acuario con sus padres. Ya de más mayor, en la adolescencia, vemos a Ruka jugando al balonmano con sus compañeras del colegio; pero alguna de esas colegas no la quiere bien; cuando Ruka, ante el acoso de su adversaria, le da un codazo y le rompe la nariz, todos se pondrán en su contra; y es que Ruka tiene fama de conflictiva… La llaman al despacho del director, que la abronca; la manda a casa y le dice que, si no se disculpa, no vaya más a entrenar. Pero en su casa no hay nadie… Ruka está herida en la rodilla, como consecuencia de la trastada que le ha hecho su compañera. Se marcha al acuario, uno de sus mejores recuerdos infantiles, donde trabaja su padre como director. Mientras lo busca, se encuentra con Umi, un chico como de su edad, revoltoso y alegre…
El anime japones, lo tenemos escrito, gira con frecuencia sobre un tema recurrente, la infancia infeliz como consecuencia de algún tipo de tragedia sucedida a los padres, que con frecuencia desaparecen traumáticamente en algún accidente, o bien, aun permaneciendo sobre la Tierra, sin embargo en realidad dejan de estar presentes para sus hijos, bien por adicciones físicas (alcohol, esencialmente) o mentales (“workaholismo”, adicción al trabajo). Ese último caso es el que presenta esta Los niños del mar, con una adolescente cuya separación de sus padres (la madre entregada a trasegar cerveza como si no hubiera un mañana, el padre focalizado exclusivamente en su trabajo como director del acuario local) ha convertido el núcleo parental en una familia desestructurada, influyendo de forma muy negativa en la hija, una adolescente conflictiva que, sin embargo, encontrará en Umi, un chico mitad humano, mitad marino, lo más parecido a un amigo fraterno, y al hermano mayor de éste, Sora, también en una referencia (aunque en este caso bastante más antipática…) a la que agarrarse en su naufragio vital.
Con unos fondos urbanos muy hiperrealistas, incluidos los coches, que parecen de verdad, los personajes humanos de la película resultan menos realistas, más cercanos a lo que podríamos llamar “canon Heidi”, pero sin ser tan infantiles... Como peculiar recurso, de vez en cuando el director utiliza transparencias de bancos de peces reales insertos en la pantalla junto a los dibujos, confiriéndole a la imagen un aspecto singular. Por cierto que los fondos marinos resultan preciosos, plenos de luz y colores rutilantes.
La película habla, en buena medida, de la soledad no deseada, una soledad especialmente dura cuando los/las que la sufren son menores que aún se están formando, que están en camino de convertirse en los adultos que serán, unos menores que, por supuesto, necesitan un marco relacional (padres, amigos...) que los acompañen en ese camino; la protagonista, entonces, gritará bien a las claras en una de las escenas de la película su anhelo más recóndito, el deseo de ser encontrada, de no estar sola. Y así, nuestra protagonista encontrará esos compañeros de viaje hacia la madurez en los niños del mar, Umi y Sora, seres fantásticos a mitad de camino entre el niño y el pez, que le abrirán los ojos sobre las maravillas del océano, un mundo fascinante donde casi todo es posible, un mundo lleno de luces que brillan aunque saben que van a morir pronto (como los propios “niños del mar”, en alguna medida estrellas fugaces), de ballenas que se comunican entre sí, de leyendas sobre las canciones que canta el propio mar...
Pero junto a esa extraordinaria belleza de las imágenes también nos parece que la película adolece de un guion confuso, con los niños criados en el mar, la caída de un meteorito, los seres marinos que se dirigen a un lugar concreto del mar… Hay un muy buen dibujo, pero la historia no está demasiado entonada ni bien hilada, resultando un tanto embarullada, no aclarando demasiado bien sus intenciones, que parecen vagamente protoecologistas. Los personajes filosofan sobre la materia, los recuerdos, los seres humanos, sobre pensar y sentir… en un relato más bien divagatorio, en una historia un tanto inconexa. No es una mala película, pero sí quizá demasiado digresiva y dispersa.
La última parte de este extraño film (irregular, a ratos brillante), que había jugado hasta entonces con un misterio místico, se torna muy abstracta, filosófica, conceptual, incluso metafísica, alejándose de los parámetros narrativos al uso, lo que, teniendo en cuenta que se trata de un film cuyo primer público objetivo es el infantil y juvenil (al margen del adulto, que suele paladear mejor estas delicatessen que llamamos animes), resulta bastante suicida.
Claro que, en buena medida, ¿no es el anime, en cierto modo, una mitología moderna generada por la sociedad japonesa de nuestro tiempo? Una mitología, eso sí, sin dioses, en un país, el Japón a la vez imperial y modernísimo, cuya religión más característica y extendida, el sintoísmo, efectivamente, no tiene deidades...
(11/02/2026)
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