Seguramente no se puede decir que Vincente Minnelli fuera uno de los grandes del Hollywood clásico, pero sí que fue un cineasta fiable, creativo y ecléctico, que brilló especialmente en tres géneros: el drama o melodrama (Cautivos del mal, Como un torrente, Con él llegó el escándalo, Castillos en la arena…), la comedia (El padre de la novia, Mi desconfiada esposa, El noviazgo del padre de Eddie…) y el musical (Un americano en París, Melodías de Broadway 1955, Brigadoon…). Se puede convenir que su mejor época abarca toda la década de los cincuenta y la primera mitad de los sesenta; antes de eso tuvo algún título apreciable, como la aventurera (y musical…) El pirata (1948), con Gene Kelly y su ya entonces esposa Judy Garland, pero en general se suele considerar que sus primera películas, a partir de su debut en 1942, fueron fundamentalmente obras que sirvieron para foguearle en el oficio.
Algo de eso entendemos que sucede con esta por lo demás agradable Cita en St. Louis, que combina al menos hasta tres géneros: la comedia más o menos zumbona, que juega con la ironía y a veces con los malentendidos; la peli romántica, de forma muy ñoña, blanquísima (un besito hay, y casi de refilón…); y el musical, con varios números bailables que se hicieron en su momento muy populares, y que cimentaron la fama de la Metro como el estudio musical por excelencia.
La historia se ambienta en la ciudad de Saint Louis, en el estado de Missouri, en la primavera de 1903: en un año tendrá lugar en la ciudad la Exposición Universal. En el transcurso de ese tiempo, y dividida la historia en segmentos estacionales (Primavera, Verano, Otoño, Invierno), conocemos a la familia Smith (también se partieron mucho la cabeza con el nombre…), compuesta por padre, madre, un hijo ya veinteañero y cuatro hijas (sí, como las niñas de Mujercitas…), entre los 17 de Esther (Judy Garland, que por cierto ya tenía 22…) y los 8 de la pequeña Tootie, que es un auténtico trasto, con una inagotable capacidad para meterse en líos. Una de las niñas casaderas de la familia está esperando la llamada de su (supuesto) pretendiente desde Nueva York, llamada en la que cree que el papafrita se va a declarar, por lo que mueve los hilos familiares para que, sin que se entere el padre (que, por lo demás, es un cacho pan, como decimos en mi tierra…), cenen pronto para poder hablar con el pánfilo y escuchar su declaración. Pero el padre no entiende por qué hay que cenar esa noche tan pronto… Por otro lado, Esther bebe los vientos por un joven que se ha mudado a la casa de al lado, John, pero este no ha reparado en absoluto en la joven ni en sus señales más que evidentes…
La película de Minnelli tiene un tono jovial, divertido, amable, no tomándose demasiado en serio a sí misma, lo que desde luego es un punto a su favor. Tiene un humor suave, a veces casi imperceptible de lo sutil que es. Debe tenerse en cuenta el momento histórico de la película, rodada en 1944, cuando ya ha tenido lugar el Desembarco de Normandía y las potencias aliadas saben ya que van a ganar la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, quizá el tono agradable, zumbón y suavemente irónico no dejaba de ser la forma en la que la sociedad norteamericana expresaba (sin tirar las patas por alto, como dice la manida frase hecha) la euforia de un pueblo que se sentía triunfante e invencible, sabedor de que con ello revalidaba su lugar preeminente en el mundo de su época.
Pero desde el punto de vista musical parece evidente que la película dista mucho de posteriores muestras del género del propio Minnelli (la maravilla de Un americano en París, por ejemplo, aunque en buena parte el mérito fue de Gene Kelly, excelso creador, coreógrafo y bailarín). Aquí, sin embargo, los números cantables son bastante estáticos, sosos y poco creativos, apreciándose pronto que están muy lejos de la vibrante espectacularidad de los musicales de los cincuenta. Hay una concepción muy primitiva, muy teatral, de las escenas musicales, con una cuarta pared inamovible, como si estuviéramos en cualquier teatrito de variedades. Tendremos que convenir, entonces, que, en su aspecto musical y coreográfico, Cita en St. Louis ha envejecido mal.
La parte de comedia funciona razonablemente bien, sobre todo por esa evanescencia y simpleza de la trama, con pequeñas travesuras infantiles (esa Tootie, una auténtica generadora de follones, aunque siempre dentro de un orden) o devaneos románticos de las hijas más mayores, siempre con ese tono absolutamente blanco, muy gazmoño, típico de la comedia de la época, sobre todo si era familiar; otra cosa era en la comedia de tipo “screwball”, la comedia alocada que satirizaba el amor, que siempre se las ingeniaba para poner aunque fuera un mínimo de picante…
Está rodada la película con colores fuertes, vivos, con planos muy coloridos, partiendo el guion de la novela de Sally Benson. Por cierto, es curioso que la peli parece “muy Cukor”, al ser un film en el que brillan esencialmente los caracteres femeninos, como ocurría con las cintas dirigidas por el gran George Cukor; por el contrario, los personajes masculinos son claramente inferiores a los de las mujeres, permitiéndose la historia cachondearse a placer de los hombres, sobre todo de los jóvenes, pintados aquí como bobos, o simples, o escasamente sutiles, o todo ello a la vez, con un romanticismo inferior a cero y con menos líbido todavía…
La estrella absoluta del film es, por supuesto, la gran Judy Garland. Aunque durante el rodaje tuvo muchos problemas por su alcoholismo y su falta de autoestima, resulta deliciosa como la Esther casadera que sueña con dejarse besar por su supuesto pretendiente (solo que el pretendiente aún no sabe que lo es…). Garland, por cierto, conoció en la película a Vincente Minnelli, y tras un idilio se casó con él, naciendo su única hija, la también grande Liza Minnelli.
(24-07-2025)
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