C I N E E N S A L A S
[El lector interesado en la figura de Jane Austen puede consultar también los siguientes artículos publicados en Criticalia: los seis genéricamente titulados A un cuarto de milenio del nacimiento de Jane Austen: su obra en la pantalla, pulsando en los siguientes enlaces: I, II, III, IV, V y VI; y el titulado Escritoras en efigie: cuando las autoras son las protagonistas (V). Reino Unido: las hermanas Brontë, Jane Austen]
Definitivamente, Jane Austen está de moda. En lo que va de siglo XXI, la IMDb censa nada menos que 81 obras audiovisuales (largos, cortos, series, miniseries) basados de una forma u otra, ajustada o libérrimamente, en las seis novelas completas y dos inconclusas de las que fue autora la escritora de Hampshire, además de otras cinco producciones que están ahora mismo cociéndose, en distintos estados. Quién iba a decirlo de una autora que no hace demasiado tiempo, solo algunas décadas, cargaba con el generalizado estigma de escritora de textos romanticonamente almibarados. El tiempo, que todo lo pone en su sitio, ha (re)descubierto sin embargo a una autora que, manejándose dentro de los cánones impuestos por su época (entre otros, el hecho de no ver con buenos ojos que una mujer escribiera: ¡qué escándalo!), supo radiografiar como nadie a la sociedad británica de su tiempo histórico, y fue capaz de fustigar, desde la sutileza, las anquilosadas normas de un país (vale decir de cualquier país de la época, pero de la Gran Bretaña aún más, con su tendencia al clasismo más atroz…) en el que las apariencias lo eran todo, en el que la mujer no llegaba ni a cero a la izquierda, en el que tener la mala suerte de ser fémina y no tener cónyuge o pariente varón que velara económicamente por ti te abocaba, literalmente, a la miseria. Austen, con las formas de un romanticismo exquisito y a menudo contracorriente, supo diseccionar como nadie en su tiempo esa sociedad putrefacta, afortunadamente arrinconada en el desván de la Historia.
Sentido y sensibilidad es una de las novelas austenianas más frecuentadas por el audiovisual; solo en este siglo ya ha conocido 10 versiones. La última (por ahora…) es esta producción británico-norteamericana cuya dirección se le ha encargado a la cineasta inglesa Georgia Oakley, precisamente nacida también en Hampshire, como Austen, aunque algo más de dos siglos después, en 1988. La formación académica de Oakley no es cinematográfica, sino que se graduó en Literatura Inglesa en la Universidad de Newcastle, para después derivar profesionalmente hacia el cine, formándose como tal en la cadena televisiva Channel 4. Tras hacer varios cortos, debutó en el largometraje con su interesante Blue Jean (2022), ambientada en los años ochenta en su país, centrándose en una profesora lesbiana en el armario, en una época en la que ambas circunstancias (docente y homosexual) podía reportarle graves problemas profesionales y personales.
La película sigue con fidelidad los hechos narrados por Austen en su novela. Así, conocemos a la familia Dashwood, compuesta por la madre, recientemente enviudada, sus hijas ya adultas Elinor y Marianne, y la adolescente Margaret. Aunque el padre, en su lecho de muerte, hizo prometer a su hijo John (fruto de un matrimonio anterior) que cuidaría de su madrastra y hermanastras, éste, hombre de poco carácter, se deja influir por su fría y egoísta esposa y las deja casi en la ruina. Las Dashwood tienen que abandonar su hogar de siempre y acomodarse en una casa de campo en bastante mal estado. Allí conocen a dos hombres, Edward Ferrars (hermano de la mentada esposa egoísta de John) y Willoughby; ambos demuestran interés por Elinor y Marianne, respectivamente…
Hubiera podido pensarse que, dado que la directora, Georgia Oakley, es militantemente lesbiana, podría haber hecho una versión que pudiera derivar hacia esa perspectiva, pero no ha sido así. Lo cierto es que esta Sentido y sensibilidad es una versión en buena medida clásica, que no se despega de la peripecia imaginada por Austen, y que en todo caso pone su diferencia en un par de cuestiones que, ciertamente, le confieren una sutil personalidad propia: una sería su carácter más realista que otras adaptaciones que se han hecho con anterioridad, un realismo más marcado en cuanto a lo que vemos (ese nuevo hogar de las Dashwood, que casi se cae a pedazos…) que en lo tocante a los diálogos, que siguen siendo tan floridos y ceremoniosos como los de las novelas austenianas (bueno, como todas las que se escribían a principios del siglo XIX…); y la otra sería el hecho de acentuar la sororidad (el DRAE lo define como “Relación de solidaridad entre mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”), la especial empatía entre féminas que aquí es esencial, en concreto entre las hermanas Elinor y Marianne, cuyas muy diferentes cuitas amorosas les harán estrechar entre ambas unos lazos que excederán del sentimiento fraterno para consolidarse en una fuerte unión de mujeres que les permitirá apoyarse mutuamente.
Clasicismo, mayor realismo y sororidad, pues, serían las claves de esta agradable versión austeniana, puesta en escena de forma esmerada pero sin caer en los subrayados ni en las exquisiteces de otras adaptaciones, buscando acercarse en lo posible a aquella sociedad encorsetada de la Inglaterra de principios del XIX, entre el período de la Regencia y la inminente llegada de la época victoriana, un acercamiento no precisamente benévolo, aunque sin hacer sangre, y todo ello sin desvirtuar el carácter romántico de la doble historia de amor que centra la novela de Jane Austen, aquí perfectamente presentadas con sus diversas idas y venidas, con sus malentendidos, con sus hombres que cubren casi todo el arco posible, desde el calavera que busca mejorar su posición social hasta el hombre honesto a carta cabal que es capaz de sacrificar su felicidad en aras de cumplir su deber.
La obra de Jane Austen goza de excelente salud: como cualquier clásico, sus historias lo aguantan absolutamente todo… hasta que sean versionadas de manera ajustada, sin heterodoxias ni libertades excesivas, como es el caso…
Buen trabajo interpretativo: A Daisy Edgar-Jones (de la que seguimos diciendo que parece una Anne Hathaway joven) ya la admiramos en la serie Normal people, y aquí está muy bien como la sensata y enamorada Elinor; Esmé Creed-Miles hace una muy apropiada Marianne, volcánica y torrencialmente apasionada. De los varones, George MacKay resulta convincente como el callado y reservado Edward Ferrars, y es creíble como el atormentado enamorado incapaz de romper con la palabra dada; menos verosímil vemos a Frank Dillane como Willoughby, que tiene más aspecto de gorrilla (ya saben, los aparcacoches que te rayan el coche como no les des propina…) que de caballero de la época, por más que sea un caballero poco caballeroso…
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