[Esta película forma parte de la Sección Oficial del 22 Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF’2025)]
Hay cosas que resultan incomprensibles, como que Grecia fuera hace 25 siglos el faro del mundo, de cuyo saber (y del de la antigua Roma, claro) todavía bebemos, y ahora sea lo que es (que no calificaremos para que no se nos molesten los helenos actuales…), o que Italia, durante las décadas de los cuarenta a los setenta, diera una pléyade de directores geniales como pocos países del mundo haya alumbrado (Rossellini, De Sica, Visconti, Pasolini, Fellini, Bertolucci), además de un gran número de buenos o muy buenos directores (los Taviani, Scola, Comencini, Rosi, Monicelli, Zampa, Zurlini, Olmi, Risi, Leone, Ferreri…), todos ellos ya en el otro barrio, y que ahora el panorama cinematográfico itálico sea un desierto, con solo algunos buenos directores, pero ya viejos, todavía en activo (Bellocchio, Amelio, Moretti, Tornatore…). De los más o menos jóvenes solo tienen algún interés (y no demasiado…) Rohrwacher, Guadagnino, Sorrentino, Garrone y poco más.
No parece que Laura Samani (Trieste, 1989) vaya a sacar al cine italiano de su marasmo. Graduada en dirección en el prestigioso Centro sperimentale di cinematografia, nos parece que no le ha sacado demasiado provecho a tan interesante formación… Tras varios cortos, debutó en el largo con Piccolo corpo, de época, un drama sobre la obsesión de una madre por bautizar a su bebé muerto para que no se quede en el limbo (esto hoy es bastante peculiar, sí…). Para su segunda peli ha puesto más los pies en la tierra y nos ofrece este Un anno di scuola, una “coming age” (ya saben, una peli sobre el proceso de maduración adolescente) que se ambienta en 2007, en Trieste, ciudad fronteriza con Eslovenia, situada al noreste del país. Al instituto Marie Curie llega Fredrika (a los que todos llaman Fred), una chica sueca como de 17 años, para hacer el curso correspondiente; viene con su padre, que es el encargado de recortar empleos en una fábrica que da trabajo a muchos triestinos. La chica inicialmente es objeto de deseo de los descerebrados y salidos del instituto (o sea, todos…), con bromas que se pasan de pesadas. Inopinadamente, la chica traba amistad con tres chicos, Antero, el empollón del grupo; Pasini, traumatizado por la muerte de su hermano mayor; y Mitis, que es como un osito protector. Contra toda esperanza (y lógica), la chica se amista con los tres como si fuera un chico más… pero no lo es, claro…
La película de Samani tiene un problema fundamental, el guion, al parecer inspirado en un caso que la propia directora conoció de alguien cercano a ella, y también en algunas experiencias propias de instituto. Pero lo que se nos cuenta tiene graves problemas de coherencia: a ver, cómo es posible que una chica a la que los descerebrados de sus compañeros le quitan en el vestuario toda su ropa mientras está en la ducha, y se tiene que ir a su casa solo con la toalla de baño puesta (esa es otra: ¿en el instituto no hay profesores a los que recurrir si te hacen una putada como esa?), establezca enseguida una amistad como de amigos de toda la vida con tres de los (más que probables) autores materiales o intelectuales de esa perrería. La chica, ¿es subnormal, quizá? Pues no, aparentemente no. Pues así todo.
Como era de esperar, una chica y tres chicos, o como dice el padre de Fred, en una horrible metáfora, una manzana y tres kiwis (o tres membrillos, que también lo son, o, ya que estamos con frutas y verduras, tres nabos…), con las hormonas revueltas propias de la adolescencia, y compartiendo lugar donde dormir, etcétera, pues al final pasa lo que pasa: todos se enamoran de la chica, y cuando ella se decanta a escondidas por uno, se lía parda…
Pero esto, que podría tener un pasar, la verdad es que está contado con menos fuerza que una horchata de chufas, con las idas y venidas de los cuatro memos, entre las neuras del huérfano de hermano, los besitos (y lo que no son besitos…) con el empollón, y el osito de peluche por allí protegiéndolos, más o menos, a todos. Con evidentes intenciones de hacer algo así como un Jules et Jim juvenil e itálico (pero a años luz de la peli de Truffaut), Un anno de scuola, como decimos, confirma que el cine que una vez fue la envidia de muchas cinematografías hoy día presenta un lamentable encefalograma plano.
Por supuesto, la peli está rodada con solvencia (vamos, que el grado de dirección no se lo han regalado a Samani…), pero otra cosa es lo que nos cuenta y cómo nos lo cuenta, que, ya que estamos con vegetales, nos importa mayormente un pimiento... Buena ambientación musical con canciones de grupos pop de la zona de Trieste, y una interpretación fresca y natural de los cuatro protagonistas, todos ellos en su primera experiencia ante una cámara de cine (quién lo diría…).
(07/11/2025)
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