Chiwetel Ejiofor (Londres, 1977) es un actor británico de ancestros nigerianos. Trabaja tanto en su país natal como en Estados Unidos, y la fama le sonrió cuando en 2013 interpretó el papel protagonista de 12 años de esclavitud, el percutante drama antirracista y antiesclavista del director también angloafricano Steve McQueen (nada que ver con el famoso actor homónimo), que consiguió 3 Oscars, entre ellos el de Mejor Película, aunque no el de Mejor Actor Protagonista, para el que estaba nominado. No obstante, es evidente que aquel éxito le ha ayudado mucho en su carrera, y si bien es cierto que no ha vuelto a trabajar en un papel principal de ese calibre, sí ha intervenido como secundario de lujo en muchos proyectos costeados e importantes, como las pelis de Marvel sobre el Doctor Strange, la ridleyana Marte, o la kingiana La vida de Chuck.
También aquel ya algo alejado éxito le ha permitido iniciar una todavía incipiente carrera como director: cuando se escriben estas líneas ha dirigido dos largos (aparte de un par de cortos anteriormente), este El niño que domó el viento (2019) y Rob Peace (2024). Sus preocupaciones en ese sentido parecen estar muy relacionadas con su raza, la raza negra, como sucede en este film que comentamos, basado en una historia real, llevada a formato libro por William Kamkwamba (el protagonista de la historia) y Bryan Mealer.
La historia (verídica, como decimos) se inicia en Malawi en 2001. Se articula en cinco capítulos, con los títulos “Siembra”, “Cultivo”, “Cosecha”, “Hambruna” y “Viento”. Conocemos a la familia protagonista, la del joven William, un adolescente como de 13 años; en los primeros minutos nos familiarizamos con ellos, con William, sus padres y sus hermanos. Vemos que William está muy contento porque va a ir a la escuela a estudiar secundaria. Entre tanto, en el país hay movimientos políticos, parece que hay ansias de democracia. La familia, que se dedica a la agricultura, como casi todas las familias de la zona, empieza a ser tentada, como los otros propietarios, para vender las tierras a bajo precio, pero hay una resistencia fuerte a ello. William tiene problemas para seguir con sus estudios, porque su padre no tiene dinero suficiente para pagar la cuota y además no puede encender la lámpara de queroseno por la noche para estudiar, por ser muy caro ese combustible. Cuando se quede fuera de la escuela, conseguirá estudiar de forma autodidacta camelándose a la bibliotecaria…
El film, con buen criterio, busca hacer un poco de didactismo sobre la zona, esa África negra que con frecuencia tiene en cine una presencia como de postalita; aquí vemos al principio algunas características de la tierra, como la vida cotidiana, pero también el folclore, tan importante en el irredento Continente Negro (bueno, realmente en todas partes…), pero también las consecuencias de las hambrunas que, periódicamente, asolan aquellos países, por temas casi siempre externos a ellos; en este caso, por la crisis que produjo la caída en picado de los mercados de materias primas (de las que África, por supuesto, es una de las principales proveedoras mundiales) a raíz de los atentados del 11-S.
En la película la historia principal es por supuesto la del protagonista, el adolescente que, sin formación por no podérsela pagar su familia, pero con una inteligencia natural y una curiosidad intelectual a prueba de cortapisas económicas o sociales, conseguirá revertir la situación de su comunidad y (como dice el título) domar el viento para conseguir agua en tiempos de sequía extrema. Pero hay otras líneas argumentales, a veces de forma un tanto inconexa, pareciendo ir los temas cada uno por su lado, sin mucha confluencia entre ellos. Hay, por ejemplo, la típica dicotomía entre las dos visiones del mundo, los que quieren irse a la ciudad para empezar de nuevo y adherirse a los tiempos modernos, y los que prefieren seguir viviendo del campo, como sus ancestros, pero también la fricción entre los que apuestan por formarse para mejorar y los que quiere seguir actuando como siempre; al final estamos ante la habitual tensión en los países en vías de desarrollo entre tradición y modernidad, una tensión en la que, según vemos, la tesis de la película es la de hacer una síntesis de ambas, considerando que las dos son necesarias y no tienen por qué ser excluyentes.
La filmación de Ejiofor, sin alharacas, se ajusta a lo que se cuenta, dejándose de florituras, confiando en la fuerza y la veracidad de lo que se nos cuenta, con una buena fotografía (África es un paisaje paradisíaco, por supuesto) del británico Dick Pope y una música del brasileño Antonio Pinto que, la verdad, pasa un tanto desapercibida.
Habrá también algunos momentos para la crítica nada solapada hacia los políticos africanos (bueno, en realidad, la crítica se podría hacer hacia todos los políticos, ¿no?), como en la visita al poblado del presidente del país, donde el jefe del pueblo es apaleado por sus gorilas al exponer ingenuamente sus quejas, creyendo que realmente el gerifalte los visita para intentar solucionar sus problemas, y no para darse lustre y postín, como siempre…
La película tiene a ráfagas problemas narrativos, si bien es cierto que va de menos a más, conforme la comunidad, con la tremenda sequía de principios del siglo XXI, se va hundiendo más y más, propiciando frases como la de la madre de William a su marido: “cuándo dejaremos de perder”, que podría ser lema de frontispicio de estos países dejados de la mano de Dios. Esa última parte de la película, con la hambruna, los campos yermos y el caos que se apodera de la comarca, gana enteros, mejora en intensidad trágica, en un duro drama comunitario que nos habla de la fractura familiar que puede provocar la falta de recursos, haciendo verdad el famoso dicho de que “cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana”…
Sin embargo, a la escena cumbre de la película (que no revelaremos, aunque es fácil de imaginar), cuando el chico consigue su encomiástico propósito para salvar a su comunidad, quizá le falte grandeza, es el gran momento de la peli, pero se da con poca fuerza, habiendo sido preferible un crescendo, incluso un cierto suspense que lo realzara. Y es que el film, que no esta mal, hubiera ganado probablemente con otro cineasta más experimentado a los mandos. En cualquier caso, es una película ciertamente encomiable, que habla de la capacidad de superación del ser humano, aún más de elogiar cuando se produce en un chico que apenas ha dejado atrás la etapa infantil pero al que aún le quedan varios años para ser un adulto: que haya personas así, que todavía en la etapa adolescente, en la que, como es notorio, la cualidad inherente es, como decimos en mi tierra, estar “acarajotao”, sin embargo sean capaces de, en un rapto de madurez y lucidez, sobreponerse a todo por el bien de la comunidad, es para quitarse el sombrero…
Muy bien el chico protagonista, Maxwell Simba, en su primera aparición ante una cámara, muy creíble y natural. Ejiofor se reserva el papel del padre, un personaje demediado entre su amor por su familia y la frustración por no poder atender sus necesidades básicas.
(30/04/2026)
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