[Esta película forma parte de la Sección Rampa del 22 Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF’2025)]
Marc Ortiz Prades debuta en el largometraje tras hacer varios cortos, y lo cierto es que nos parece un debut prometedor. Es cierto que parte de una historia real (envuelta en la leyenda, eso sí) que ya de por sí era muy potente, la historia de una (en principio) niña nacida en 1917, a la que llaman Teresa, pero que, conforme va creciendo, se va viendo que de femenina tiene más bien poco… se trataba, evidentemente, de un hermafrodita, sin genitales claros, aunque durante su infancia, adolescencia y juventud se mantuvo teóricamente como mujer, aunque ya era “voz populi” que, como decían los crueles niños (como todos…) de la época, debajo de las faldas no tenía lo que parecía… Muerto el padre, la madre lo envía con un matrimonio mayor que no tiene hijos, para que lo críen, lo que supone ya un grave trauma para la chica (o el chico…). Ya en la guerra civil, Teresa intenta quedarse al margen, cuidando de sus ovejas, etcétera, pero finalmente, en la postguerra, y precisamente por su ambiguo sexo, se tendrá que unir a los maquis, que intentan (infructuosamente, claro) ganar en los montes y bosques la guerra que perdieron en el campo de batalla…
La historia de quien finalmente se llamó Florencio es ciertamente fascinante, una persona con ambos sexos, o de sexo difuso, no queda demasiado claro, nacido supuestamente como mujer que finalmente presentó evidentes caracteres de hombre, y que, unido al maquis, terminó siendo el supuesto criminal a quien el gobierno franquista le atribuía todos los delitos de la zona en la que se movía, convirtiéndolo en un personaje de leyenda, casi un Hombre del Saco. Desde su nacimiento a su muerte fue conocido con varios nombres: Teresa en su infancia; Teresot, cuando ya era una chica con aspecto de hombretón; Durruti, que fue el mote (como homenaje al famoso militar anarquista, obviamente) que escogió al ingresar en los partisanos; La Pastora, que era como la criminalizaron los franquistas; y Florencio, que fue el nombre que asumió cuando partió a Francia a salvar el pellejo y “empezar de cero”, ya como hombre; esos nombres conformarán también otros tantos capítulos de la película, porque todos esos “malos nombres” a los que alude el título original en valenciano de la peli fueron los que pespuntearon su vida, los que le dieron sentido, los que, al final, le confirieron sustancia; un personaje como decimos fascinante, marcado a fuego por su ambiguo sexo físico, sobre el que, en una escena de la película, cuando habla del diccionario, dice que en ese libro están todas las palabras, menos una: “yo no salgo”, remata, confirmando que no hay nombre para lo que es.
Ortiz Prades presenta sus credenciales como prometedor director, buscando un tono elegíaco, melancólico, para su historia, la historia de una persona que, en realidad, no sabía qué era, qué quería, y que se vio compelido a vivir una existencia azarosa de la que, milagrosamente, pudo salir con bien. El director juega acertadamente sus cartas, con una cámara estática que con frecuencia busca una composición del cuadro que parece casi pictórica, con hermosos paisajes casi siempre cubiertos de nubes, como la propia existencia de su protagonista, con un tiempo deliberadamente moroso que conviene al tono del film. Es cierto que no siempre consigue ese buen tono, sobre todo en las escenas de diálogos, en una película que gana mucho en los silencios, auscultando el rostro torturado de su personaje central. También se aprecia en la continuidad narrativa algunos baches atribuibles a su bisoñez, y es evidente que algunas de las peripecias que se nos cuentan tienen menos fuerza que otras más poderosas, pero el conjunto, aunque irregular, es apreciable, tiene interés, y sobre todo nos permite conocer a un personaje curiosísimo y, en buena medida, desconocido.
En los años ochenta del pasado siglo se hablaba despectivamente del cine sobre la postguerra española motejándolo como “cine de tazón”, haciendo alusión a esa modesta pieza de la vajilla que no faltaba en cualquier film que se ambientara en esa época. Pero hay mucho “cine de tazón” por hacer, porque la guerra civil española, y por supuesto la posterior y durísima postguerra, (con)tiene numerosas historias que, como ésta, merece la pena contar, y que el cine debería contar.
Esforzado trabajo especialmente de Pablo Molinero, en un papel ciertamente complejo que él resuelve muy bien. Muy interesante la música firmada por Marina Alcantud, María Bertomeu y Tere Núñez, con sones telúricos, muy ajustada al tono de la historia que se nos cuenta, y preciosa la fotografía de Alberto Bañares.
(08/11/2025)
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