Película: Entre dos aguas

Hace 12 años el cineasta gerundense Isaki Lacuesta rodó La leyenda del tiempo (2006), film que tomaba su título, lógicamente, del mítico álbum homónimo de Camarón, editado en 1979. Aquel film entre el documental y la ficción, que interesó por su curiosa mezcla de realidad y ficción, estaba ambientado fundamentalmente en la localidad gaditana de San Fernando, con dos hermanos adolescentes, Isra y Cheíto, en un retrato en sepia sobre una juventud sin horizontes: de etnia gitana, sin formación, ambos soñaban con un futuro mejor. Ahora Lacuesta los retoma, una docena de años después, para armar este a ratos fascinante docudrama, con ambos hermanos ya crecidos, veinteañeros; nos enteramos entonces que, mientras Cheíto se ha enrolado en la Marina Española, Isra ha dado con sus huesos en la cárcel por trapichear con marihuana. Cuando Isra sale de la cárcel tras cumplir su condena, se encuentra con que su mujer, harta de que su hombre coquetee permanentemente con la ilegalidad y la marginalidad, le exige que se marche de la casa; a partir de entonces el muchacho sobrevivirá malamente con el único objetivo vital de poder volver con sus tres niñas pequeñas...

Al igual que La leyenda del tiempo era también el título del mítico disco de Camarón, Entre dos aguas toma el suyo del no menos lengendario álbum de Paco de Lucía, publicado en 1975. Las dos aguas del título, se supone, se refieren a las que navegan los dos hermanos: Cheíto, embarcado (literalmente) en la aventura de amoldarse a una vida normalizada, con un empleo, el de militar profesional, que le permite, mal que bien, mantener a su familia (mujer, tres niñas), con la no tan secreta esperanza de poder montar una panadería (la tarea en la que se desempeña en el barco en alta mar) en su pueblo y así despejar el futuro económico de los suyos; Isra, por el contrario, dando tumbos de oficio en oficio, siempre precarios, siempre echados a perder por un talante que, como dice en un momento de la historia, no admite que le manden, que le digan lo que tiene que hacer; en su ansia por recuperar a los suyos, a la mujer que le repudia hasta que cambie de verdad, a las niñas pequeñas que lo adoran, el joven volverá al menudeo de hachís, a cualquier asunto que le pueda deparar la supervivencia pura y dura.

Lo realmente llamativo en la película es la facilidad con la que Isaki Lacuesta consigue extraer de sus dos improvisados actores una inusitada, genuina emoción; ambos demuestran a lo largo de la película una rara capacidad para transmitir sensaciones, sobre todo amarguras: la traumática pérdida del padre, vivida por ambos en primera persona, más en el caso de Isra, que fue testigo directo de su asesinato; el temor al futuro de Cheíto, un futuro que, para él, se acaba económicamente al cumplir los 45 años y tener que dejar la Marina; el miedo al presente de Isra, condenado, por su indómito talante, escasa formación e inconstancia, a no poder recuperar lo que para él es más preciado, su familia. Ver a ambos, en sus diálogos, hablar de lo divino y lo humano, apegados a la tierra pero a la vez con una desarmante capacidad para abstraer, resulta sorprendente.

Lacuesta consigue el raro prodigio de que tanto los dos hermanos como sus familiares y amigos resulten absolutamente naturales, como si no hubiera una cámara de por medio. Parece evidente que el director les ha dejado hablar a su manera del tema que previamente hubieran convenido, y esos diálogos dichos con sus propias palabras resultan tan extraordinarios en su (aparente) inanidad que nos reconcilian con el ser humano, nos hace dolernos con ellos, nos hacer sentirnos contritos cuando lo están, felices en los fugaces momentos en los que todo queda atrás y un simple baño en el mar, o en una sencilla piscina doméstica de plástico, hacen que, momentáneamente, ya no haya penas, no haya lugar más que para un instantáneo, evanescente “carpe diem”.

Lástima que no todo el film tenga el mismo nivel, porque no todo lo que les sucede (o se reproduce como sucedido) a los hermanos Gómez Romero y sus allegados tiene el mismo interés. El excesivo metraje tampoco ayuda, y, de nuevo, un cuarto de hora o veinte minutos menos la habría hecho más sintética, más redonda. Pero esos errores, que nos parecen evidentes, no deben empañar una película desasosegante, que durante hora y media nos sumerge en un universo tan próximo (San Fernando, al sur de Andalucía, de España, de Europa), donde nacer en un contexto étnico determinado, en este caso gitano, te puede condicionar (o no, como demuestra Cheíto) toda tu vida.

Los hermanos están espléndidos: es cierto que se autointerpretan, pero hay quien, en otros films, lo hace y se les nota muchísimo. Estos, sin embargo, no parecen afectados por el principio de incertidumbre, y la presencia de una cámara que los graba no perturba sus palabras, que parecieran dichas en su contexto familiar, sin testigos extraños que los están fijando para siempre en soportes digitales.

Entre dos aguas confirma que hay un venero que bebe en el antiguo concepto del “cine-verdad”, el que intenta aproximarse a la vida sin que esa aproximación influya en lo filmado; ya sabemos que eso es imposible, pero, vista esta película, lo cierto es que se puede conseguir un acercamiento a esa sensación; o, al menos, parecerlo...


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136'

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Entre dos aguas - by , Dec 04, 2018
3 / 5 stars
Una inusitada, genuina emoción