[Esta película forma parte de la Sección Oficial del 22 Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF’2025)]
Hay búsquedas de caminos que llevan a lugares valiosos, pero hay otras que no llevan a ninguna parte. Siempre hemos sido partidarios de la exploración, de la indagación dentro del cine (bueno, en realidad, de todo en la vida, no solo en el arte…), pero esa búsqueda puede ser fructífera, o no. Y cuando no lo es, mala cosa es empecinarse en que se ha encontrado una maravilla, porque sería como hacerse trampas al solitario.
Algo de esto hay en esta por lo demás más que voluntarista propuesta, La anatomía de los caballos, de la que para enterarse de la trama hay que leerse la gacetilla preparada “ad hoc” por la distribuidora, porque de otra forma es más bien imposible. Según esa información “que no está en la película” (que es donde debería estar…), la cinta cuenta la historia de Ángel, integrante de la revolución de Túpac Amaru II en el siglo XVIII contra la Corona Española, cuando huye a su pueblo en los Andes peruanos a la vez que en la cercanía del mismo cae un meteorito; una joven busca desde entonces a su gemela, supuestamente aplastada por el asteroide al caer…
El cineasta peruano Daniel Vidal Toche hace con esta película su debut en el largometraje, tras solo un corto como experiencia anterior. Lo cierto es que lo vemos todavía bastante verde, con una puesta en escena de corte casi “amateur”, lo que, la verdad, a estas alturas, y en una coproducción entre cuatro países (incluidos Francia y España), resulta poco justificable. El director, guionista y montador lo fía casi todo a sus imágenes, ciertamente con frecuencia deslumbrantes, filmadas en buena parte en el Altiplano andino, unos paisajes agrestes, bellísimos en su extrema dureza, y también en los monólogos (más que diálogos) que desgranan sus personajes, fundamentalmente el llamado Ángel, también su hermano, que muere por el camino de vuelta a casa, herido durante la revolución, y Eustaquia, la gemela que busca a su hermana supuestamente aplastada por el meteorito. Unos monólogos altisonantes, en los que supuestamente se busca reflexionar sobre la espiritualidad amerindia, hablando mucho de pumas, dioses, nubes, sombras... vamos, una castaña en toda regla, una verborrea supuestamente elevada que, en realidad, no son sino una serie de tópicos enjaretados uno tras otro, unas parrafadas larguísimas que, aunque buscan resultar hipnóticas, lo que consiguen más bien es provocar en el espectador ese acto reflejo que consiste en abrir la boca sin querer y emitir una involuntaria bocanada de aire…
Con una puesta en escena muy elemental, la película mezcla los tiempos históricos con desparpajo, pasando del siglo XVIII inicial a nuestros días sin despeinarse (otra cosa de la que hay que enterarse por la gacetilla…); hay que reconocer (nobleza obliga…) que el director consigue algún hallazgo visual estimable, como el de filmar las escenas oníricas sobre el ondulante reflejo en el agua de los personajes, pero abusa en exceso de ese recurso, convirtiéndolo con tanta repetición en una herramienta banal, perdiendo pronto su originalidad.
Hay también en la película, metidos un poco como con calzador (porque parece evidente que lo que más le interesa a Vidal Toche es el tono supuestamente “poético” de los monólogos que nos endilgan sin compasión los personajes…), algunos otros elementos recurrentes en este tipo de cine, tales como el capitalismo y el colonialismo, representados aquí por la explotación de la mina, repudiada en una (esta sí) muy curiosa asamblea con los propios indígenas enfrentados verbal pero ferozmente a sus fuerzas vivas. Hay también una especie de desaliento impostado en los personajes, que suena inevitablemente a falso, a teatral (la vetusta guardarropía del siglo XVIII tampoco ayuda…), en una película que habla mucho de la revolución que se ha perdido, pero que se volverá a hacer, aunque sin mucha esperanza de que prospere…
Muy interesante, eso sí, la música de Inur Artegui, de lo mejor de la película, con los folclóricos instrumentos propios de los Andes peruanos, a los que arrancan sones que confieren al film, a ráfagas, el tono alucinado que sus peroratas no consiguen. Eso sí, la interpretación es casi robótica, quizá sin pretenderlo; también es verdad que los actores (todos no profesionales) no tenían asideros a los que agarrarse para desarrollar sus papeles.
P.S.: En cuanto al título, La anatomía de los caballos, se supone que será también metafórico (y de esto no dice nada la gacetilla...), porque caballos salen unos cuantos, pero afortunadamente (porque ya sabemos la tendencia a la explicitud del cine actual…) de anatomía, ni de los caballos ni tampoco de los humanos, ni se habla ni se ve nada…
(11/11/2025)
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