Enrique Colmena

En la primera parte de este artículo, titulado Aranda, de duelo: películas (I), motivado por el fallecimiento el 26 de mayo de 2015 de Vicente Aranda, comentábamos los veintisiete largometrajes y los dos minimetrajes que rodó el cineasta catalán a lo largo de cuarenta y cinco años de carrera.

Toca ahora comentar tanto sus temáticas como los intérpretes con los que llevó a cargo una tan feraz filmografía, aquéllos que le ayudaron a plasmar un corpus fílmico de indudable personalidad.


Temáticas

Quizá la más llamativa, pero también la más persistente de las temáticas de Vicente Aranda en sus películas sea una determinada combinación de temas. Porque sexo y crueldad, y a ellos nos estamos refiriendo, aparecen en su cine generalmente a la vez, compartiendo en igualdad de condiciones los asuntos preferentes de la filmografía arandiana.

Sexo y crueldad, que parecen preanunciar un cierto gusto por esa práctica sexual a la que hemos dado en llamar sadomasoquismo, si bien es cierto que, con frecuencia también, aquí los masoquistas no suelen serlo por convicción sino porque no les queda otro remedio.

La figura geométrica que más se da en esta intersección de temas en Aranda será el triángulo, dos hombres y una mujer, o dos mujeres y un hombre, nunca en “ménage à trois” (todos contra todos, para entendernos), sino buscando cada uno de ellos una relación bilateral, de donde partirá el conflicto que habrá de resolverse, velis nolis, casi siempre violentamente.

Los triángulos en Aranda están en casi todas sus películas, ya sean en la parte inicial de su carrera, como Brillante porvenir, o en su última etapa, en Tirante el Blanco o Canciones de amor en Lolita’s Club, y no digamos en su época dorada (años ochenta y noventa), en filmes como Amantes (el triángulo arandiano por antonomasia), Los jinetes del alba (en ésta habrá varios triángulos, incluso un cuadrilátero), Intruso o Fanny Pelopaja. Las relaciones que se plantean en estos triángulos amorosos o sexuales pueden tener un vértice de dominación y otros dos que intentan no ser dominados, y en otras ocasiones son figuras en las que los tres ángulos juegan en igualdad de condiciones.

Si hablamos de una constante arandiana en esta temática imbricada de sexo y crueldad, ésta sería, sin duda, la obsesión, la pérdida de otros referentes que no sean el deseo irrefrenable de estar con el otro o la otra, obsesión que aparece de forma casi continua en toda su filmografía. De esta manera, tendremos personajes obsesionados con tener sexo con una persona en concreto, de una forma u otra, en filmes como Fanny Pelopaja, Amantes, El amante bilingüe, Intruso, La pasión turca, Juana la Loca, Carmen, Canciones de amor en Lolita’s Club.

En cuanto a la crueldad imbricada con el sexo, hay dos maneras generales de enfrentarla en el cine arandiano. Una sería la autoaniquilación, generalmente como resultado de una frustración sexual, lo que veremos en películas como Las crueles, La novia ensangrentada, Cambio de sexo o Los jinetes del alba. Otra sería la violencia infligida a otros, con intenciones libidinosas: estamos entonces ante la figura del sadismo, a veces complementada con el masoquismo, en filmes como Los jinetes del alba, La pasión turca, Clara es el precio, y, sobre todo, Si te dicen que caí.

Otra de las temáticas habituales en Aranda es la preeminencia de la mujer tanto en el protagonismo como en la capacidad para conducir las historias, para hacer que giren en torno a ellas. El cine arandiano es, en ese sentido, muy profeminista: sus mujeres suelen ser dueñas de sus vidas, y si no lo son lo intentan desesperadamente; raro es encontrar una mujer en el cine de Aranda que sea conformista, resignada a un papel secundario. En su filmografía rastreamos hasta quince títulos en los que el protagonismo es absoluto en cuanto a la mujer, en películas como Fata Morgana, La novia ensangrentada, Clara es el precio, Cambio de sexo, La muchacha de las bragas de oro, Fanny Pelopaja, Intruso, Celos, Carmen… un universo femenino en primer plano, sin que ello suponga que en el resto de su filmografía la mujer no tenga un lugar relevante, significativo, en las tramas arandianas.

La mujer como temática, pero también como reivindicación: sus mujeres son luchadoras, transgresoras, saben lo que quieren y como lo quieren, juegan a menudo con los hombres como títeres en sus manos; en algunos casos parecen trasuntos de los arquetipos masculino y femenino desarrollados en La mujer y el pelele, de Pierre Louys: véanse los ejemplos paradigmáticos de La muchacha de las bragas de oro, Amantes, El amante bilingüe o Carmen.

La Guerra Civil Española, y la posterior y tan negra postguerra, son dos de los momentos históricos preferidos por Aranda para llevarlos a la pantalla. Hasta siete películas nos encontramos situadas temporalmente en esos atribulados años que van desde 1936 (comienzo de la Guerra Civil, con el golpe de Estado dado por Franco el 18 de Julio) hasta 1977, fecha de las primeras elecciones democráticas. Porque además la localización de esas cintas en tales momentos no es baladí, el contexto histórico tendrá siempre una importancia fundamental en el desarrollo de las tramas; la situación política, esencialmente la represión del régimen franquista, influirá de forma primordial en el devenir de los acontecimientos que se nos cuentan. Así, la incidencia de la negra postguerra en la vida del generoso médico de Tiempo de silencio, o en la de los amantes de Los  jinetes del alba, incluso en las mojigatas formas de entender el amor en la novia de Amantes, que facilitará la entrada de la otra en juego y la pérdida irremisible del amado. En la Guerra Civil propiamente dicha se ambientan dos filmes, Libertarias en su totalidad, y parcialmente la mentada Los jinetes del alba.

En todos estos casos la mirada de Aranda siempre estará del lado de los republicanos: la represión franquista supondrá una forma de perturbación de las vidas de los protagonistas, de una forma u otra, ya sea por ideología o, más habitualmente, por pura lascivia, cuando las bajas pasiones se disfrazan con los ropajes de la política. Ello nos lleva hacia otra de las temáticas arandianas, la del antifranquismo en todas sus vertientes, desde la propia guerra contra el cuartelazo (continuado en tan sangriento conflicto, como sabemos) de Franco, en filmes como Libertarias o Los jinetes del alba, a la denuncia de la represión del régimen, en películas como Tiempo de silencio o el díptico deEl Lute. Su mirada siempre se identifica como antifranquista, e hilando fino en cuanto a una postura política en positivo, la más cercana a Aranda parece ser la anarquista, que aparece con claros tintes favorables en Libertarias, pero también en Los jinetes del alba, no así los comunistas, que en ambos filmes no resultan precisamente bien parados, ni tampoco en Asesinato en el Comité Central. Curiosamente, la socialdemocracia encarnada en el PSOE no aparece, ni para bien ni para mal, en sus películas, a pesar de ser la ideología dominante en la mejor época de Aranda, los años ochenta y noventa.

Vicente Aranda, en su juventud, quiso ser otro distinto al joven catalán de origen charnego que malvivía en la España de Franco. Emigró entonces a Venezuela, donde trabajó durante diez años para una multinacional USA, la NCR. Vio entonces Muerte de un ciclista y quiso ser otro, un director capaz de llegar al espectador como lo hacía Bardem en aquel inolvidable filme. A partir de ahí volvió a España y empezó a labrarse una carrera como cineasta. Quiere ello decir que también su cine está trufado de ese deseo, el de ser otro, el de no conformarse con lo que se es y se quiere llegar a otro estado, a otra situación, incluso a ser otra persona distinta.

Esta temática la encontramos con una profusión inusitada: la más evidente en Cambio de sexo, donde el atribulado jovencito protagonista quiere ser mujer, que es como realmente se siente. Como otro quiere ser el viejo protagonista de La muchacha de las bragas de oro, el falangista que quiere reciclarse en demócrata cuando el viejo régimen se desmorona. En El crimen del capitán Sánchez será la hija del militar del título la que quiere escapar a toda costa de la espiral de picaresca, latrocinio e incesto en la que se encuentra inmersa. El protagonista de Si te dicen que caí también querrá dejar de ser el niño del paupérrimo barrio barcelonés, y para ello no parará en mientes, en barrera alguna; tampoco las sexuales, cualesquiera que éstas sean. Qué decir entonces de El Lute, el pobre infeliz al que los acontecimientos llevaron a ser otro, y finalmente lo fue, muy lejos de sus inicios de elementalidad económica y social. Ello por no hablar del Juan Marés de El amante bilingüe, el caso quizá más evidente, donde una misma persona se desdobla en el amante charnego que encandila a la nacionalista y el catalán de pura cepa que la aburre.

La muerte, siempre presente (como asegura la canción), también en las temáticas del cine arandiano. Es curioso porque hay muy pocas películas de Aranda en las que no se contabilice al menos una muerte, cuando no más. Salvo Brillante porvenir (que era todavía un intento, una búsqueda de caminos), La pasión turca (aunque en ésta hay un tiro en los genitales del coprotagonista) y El amante bilingüe, en el resto de la filmografía arandiana siempre la muerte está presente, en ocasiones de forma alevosa, y también invariablemente de forma violenta, no por muerte natural.

Las adaptaciones literarias son también una de las constantes en la obra arandiana. De los veintisiete largometrajes de ficción, nada menos que dieciocho parten de obras literarias. Pero Aranda es cualquier cosa menos eso que los críticos llamamos un “pulcro ilustrador”. Sus películas basadas en textos literarios siempre se convierten en obras propias: el director toma lo que le interesa de esos textos y los lleva a su terreno, construye sobre esas bases sus filmes, pero el resultado siempre es una obra inequívocamente arandiana, con plena autonomía del original del que bebe.

Cabe aplicar aquí el famoso aserto del “traductor, traidor”, si bien en este caso la traición carece de connotaciones negativas: no hay mayor traidor que Orson Welles haciendo de la mediocre novelita La dama de Shanghai una obra maestra cinematográfica. Con Aranda pasa con frecuencia: varias de sus versiones al cine mejoran los originales de los que partieron. Su autor preferido es, como se ha dicho en este díptico a modo de obituario, Juan Marsé, del que ha versionado hasta cuatro novelas. En el resto de su filmografía ha sido mucho más ecléctico, adaptando desde clásicos de la literatura gótica, como Joseph Sheridan Le Fanu (Carmilla en La novia ensangrentada) hasta notables autores de novela policíaca catalana, como Vázquez Montalbán (Asesinato en el Comité Central) y Andreu Martín (Prótesis en Fanny Pelopaja), pasando por popes de la literatura española del siglo XX, como Luis Martín Santos (Tiempo de silencio) o Jesús Fernández Santos (Los jinetes del alba), brillantes escritores populares contemporáneos, como Antonio Gala (La pasión turca), e incluso polvorientos dramaturgos novecentistas españoles, como Manuel Tamayo y Baus (cuyo drama La locura de amor es el origen literario de Juana la Loca).


Intérpretes

Una de las peculiaridades en el cine de Aranda es que con frecuencia ha trabajado con los mismos actores y actrices para empeños muy diferentes. De hecho, con una de ellas, Victoria Abril, trabajó hasta en doce ocasiones, desde una cuasi adolescente en Cambio de sexo hasta la pérfida matriarca de Tirante el Blanco, con treinta años de diferencia entre una y otra. Con Victoria tuvo además Aranda una historia de amor/odio (platónico, aclaramos…), de tal forma que tras ser uña y carne durante muchos años, tras el fiasco comercial de Libertarias dejaron de hablarse, hasta reencontrarse diez años más tarde con la adaptación del caballero andante de Joanot Martorell.

Imanol Arias ha aparecido hasta en cinco filmes arandianos, desde Tiempo de silencio hasta Intruso. También Jorge Sanz ha intervenido en otros cinco títulos de Vicente, desde El Lute: Mañana seré libre hasta Libertarias. Maribel Verdú, inolvidable en Amantes, se puso hasta cuatro veces a las órdenes de Aranda. Otro grande del cine y la televisión en España, Fernando Guillén, trabajará hasta tres veces para el cineasta barcelonés, desde El crimen del capitán Sánchez hasta El amante bilingüe.

Parece como si Aranda, por épocas, confiara en determinados intérpretes para que llevaran a buen puerto sus filmes. No deja de ser curioso que ello ocurra fundamentalmente en sus mejores décadas, las de los años setenta, ochenta y noventa, mientras que a partir del siglo XXI, cuando sus triunfos menguan, escasean también las repeticiones en los elencos de los mismos actores. Parece, entonces, como si Vicente  insistiera en los mismos mimbres actorales cuando el resultado es bueno, y reniega de ellos cuando no se ha obtenido lo que se esperaba. Algo, por lo demás, bastante razonable…

Con la muerte de Vicente Aranda se cierra una carrera meritísima. Tuvo, por supuesto, sus luces y sus sombras, pero en su filmografía hay muchas y buenas películas que hacen olvidar aquellas otras que no estuvieron a esa misma altura. En el conjunto, la obra arandiana se puede considerar ya como una de las más interesantes de la cinematografía española de todos los tiempos.

Pie de foto: Imanol Arias componiendo la recreación de la famosa foto de la detención de Eleuterio Sánchez en El Lute: Camina o revienta.