Enrique Colmena

El pasado día 26 de mayo de 2015 moría en Madrid Vicente Aranda Ezquerra, en el siglo Vicente Aranda, uno de los más interesantes directores españoles de todas las épocas.

Aranda vio su primera luz en Barcelona el 9 de noviembre de 1926; aunque asentado posteriormente en la capital de España desde hace varias décadas, el cineasta nació en una modesta familia de origen aragonés, trasladada a Cataluña por problemas económicos. El joven Vicente no podrá cursar estudios medios ni superiores por mor de las penurias familiares, por lo que pronto empieza a trabajar. A los 23 años sigue los pasos de su hermano, que había emigrado a Venezuela, y allí marcha en busca de mejores horizontes. Durante diez años vivirá en el país suramericano trabajando para una multinacional norteamericana. La visión de Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, le descubrirá el cine como pasión, no como simple espectador, sino como autor.

Cuando vuelve a España en 1959, se relaciona con la crème de la crème de la intelectualidad barcelonesa de la época: Román Gubern, Pere Portabella, José Luis Guarner, Jaime Camino, Joaquim Jordá, Juan Marsé… un grupo que, con el tiempo, la Historia conocería como la Escuela de Barcelona. Intenta en Madrid entrar en la Escuela Oficial de Cine, pero su carencia de estudios medios se lo impide. De esta forma recurrirá a una añagaza (conseguir que su amigo Román Gubern firme en comandita la realización de su primera película, aunque en realidad no tuviera relación alguna con ella) para debutar en la dirección.

A partir de ahí, en 1964, y durante cuarenta y cinco años, Vicente Aranda realizó un cine que puede ser calificado de muchas formas, pero desde luego nunca como impersonal ni convencional. Rodó durante esos cuarenta y cinco años un total de veintisiete largometrajes de ficción, considerando como tales tanto el episodio televisivo El crimen del capitán Sánchez (que por duración sería más bien un mediometraje) como la serie televisiva Los jinetes del alba (que en el conjunto de sus cinco episodios sería como un largometraje de 250 minutos), pues fueron rodados con medios cinematográficos y tenían una unidad temática y estética incuestionable, además de dos micrometrajes, si podemos llamar así a los 52 segundos de su segmento de Lumière y Compañía y a los escasos tres minutos de su capítulo de ¡Hay motivo!

Películas

Su carrera se inicia con Brillante porvenir (1964), todavía un ejercicio de estilo que, sin embargo, le hace aparecer ya como un cineasta interesante y con ideas. Su siguiente filme, Fata Morgana (1965), será la más críptica de su carrera, extrañamente ambientada en una Ciudad Condal que pareciera postapocalíptica, convirtiéndose en el estandarte de la Escuela de Barcelona. Con Las crueles (1969), que iba a llamarse El cadáver exquisito, Aranda adaptó un relato de Gonzalo Suárez, un extraño thriller con un fondo de amor lésbico y, ¡ay!, los primeros esbozos de dos de sus más queridas temáticas, el sexo y la crueldad, ambas tratadas con el escaso margen dejado por la censura franquista, pero de forma inequívoca.

En La novia ensangrentada (1972) Aranda versiona libérrimamente a Sheridan Le Fanu y su relato clásico Carmilla, una historia de terror y (de nuevo) amor sáfico, un filme trufado de sexo velado, que la censura, tan ignara, no supo ver. Más sexo habría en su posterior Clara es el precio (1974), ya en plena época que la Historia del Cine conoce como El Destape, cuando el régimen franquista permitió cierto relajamiento en los timoratos criterios hasta entonces usados con respecto al sexo en pantalla. En este caso podría hablarse casi de un filme feminista: la protagonista, teóricamente una chica bien de la alta burguesía, tendrá que llegar a ser consciente de su utilización como objeto de mercadeo sexual para poder conseguir su liberación.

Al año siguiente de morir Franco Aranda rueda Cambio de sexo (1976), confirmando su obsesión por el tema, en este caso con un jovencito (interpretado por Victoria Abril) con graves problemas de identidad sexual: este tema hubiera sido inimaginable sólo unos años atrás; el caso de Mi querida señorita (1972), parecido, tuvo un tratamiento infinitamente más recatado. Una de las características arandianas, sus peculiares adaptaciones literarias, vuelve con La muchacha de las bragas de oro (1979), según la novela de Juan Marsé (al que versionará posteriormente en varias ocasiones), ganadora del Premio Planeta; Aranda hace suya la historia y la trufará de sexo, dominación, humillación, con un estilo que ya va prefigurando su auténtica personalidad.

1982 es el año de Asesinato en el Comité Central, versión de la novela homónima de su paisano Manuel Vázquez Montalbán, con el detective Carvalho a los mandos. Con un evidente error de casting (Patxi Andión no pareció ser la mejor elección para el protagonista), el filme se aleja un tanto de las obsesiones arandianas, y tuvo una repercusión tirando a regular.

Con Fanny Pelopaja (1984) Aranda versiona la novela Prótesis de Andréu Martín, prolífico escritor catalán especializado en novela negra, un sórdido filme con amores obsesivos, que tan bien (y también) cuadraba con los intereses del cineasta barcelonés. Al año siguiente el productor Pedro Costa le convence para hacer uno de los capítulos de la entonces exitosa serie televisiva La huella de crimen. El capítulo de Aranda es El crimen del capitán Sánchez (1985), y pronto es evidente que su calidad es muy superior al resto de la serie (sin ser ésta desdeñable, ni mucho menos), una historia ambientada en los primeros años del siglo XX, donde el incesto, los celos, la picaresca y el crimen se daban la mano.

La siguiente adaptación que lleva a cabo Aranda será la de Tiempo de silencio (1986), sobre la novela homónima de Luis Martín Santos, uno de los hitos literarios de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX; ambientada en el Madrid de los años cuarenta, recrea con maestría los ambientes obscenamente pobres de la época, donde toda miseria, toda crueldad, era posible.

Posteriormente Aranda se encarga de poner en pantalla un díptico sobre la vida de Eleuterio Sánchez, un quinqui, un robagallinas que durante los años sesenta puso en jaque a la Guardia Civil de la época, cuando el Benemérito Instituto era un implacable instrumento de represión por parte del régimen franquista; la figura de este “outsider” se agrandó con el tiempo tras una singular reinserción: en la cárcel estudió Derecho y, ya fuera de ella, pudo ganarse la vida como abogado y escritor. El Lute: Camina o revienta (1987) y El Lute: Mañana seré libre (1988) fueron las películas que Aranda rodó sobre los dos tomos de biografía del quinqui reinsertado; especialmente interesante fue la primera, una crónica plena de tensión sobre este pobre diablo al que las circunstancias colocaron en el ojo del huracán, víctima de su paupérrima existencia y de la conveniencia para el Estado de contar con una cabeza de turco con la que mostrar su impiedad.

En 1989 Aranda afronta uno de sus más queridos envites, llevar a la pantalla la novela Si te dicen que caí, de Juan Marsé, con sus extraordinarios e imaginativos “aventis”, fábulas inventadas a partir de la realidad por los niños pobres de la Barcelona de la más dura postguerra, justamente la que él conoció y con la que seguro que se sintió muy identificado. Excepcionalmente escabrosa en cuanto a sexo (sin por ello ser pornográfica), la película sin embargo no tuvo el éxito que sin duda se merecía.

La década de los años noventa se inicia para Aranda con la adaptación para la pequeña pantalla que le encarga TVE de la novela de Jesús Fernández Santos Los jinetes del alba (1990), ambientada entre la proclamación de la Segunda República y la dura postguerra. A Aranda le interesó sobremanera las relaciones eróticas que se plantean entre los protagonistas, de nuevo con triángulo donde hay un poderoso y otros dos que no lo son, en una ejemplar adaptación catódica que se alimenta del original literario para después ser una obra con aliento propio, con evidente personalidad.

1991 es el año de la (para mí) obra maestra de Vicente Aranda, Amantes, en este caso sin adaptación literaria sino con guión escrito directamente para la pantalla, libremente basado en un caso real de la crónica negra española. Un soldadito en la meseta castellana, a finales de los años cincuenta, con novieta estrecha, se aloja en la pensión de una viuda que lo engatusará. A partir de ahí, y de las artes amatorias que la mujer despliega sobre el pipiolo, el triángulo se vence hacia la pareja adúltera (por llamarla de alguna forma…), con un prodigioso final que contiene la que posiblemente sea la mejor elipsis que se haya rodado nunca en el cine español, una elipsis a la que no le habría hecho ascos Robert Bresson, el cineasta por antonomasia perito en tan sutil recurso cinematográfico (sí, también literario, por supuesto).

Juan Marsé es adaptado de nuevo por Aranda en El amante bilingüe (1992), entre la comedia y el erotismo, la historia de un charnego demediado entre catalán y murciano, que quiere recuperar a su chorba (ya que estamos con la jerga…) y las trapisondas y estratagemas que ideará para ello. Al año siguiente rueda Intruso (1993), de nuevo una historia de triángulo amoroso y sexual, con pareja establecida en la serena Santander, donde aparecerá un antiguo amante de ella, gravemente enfermo, que producirá una auténtica catarsis en lo que parecía paradisíaca convivencia del matrimonio. Hecha con un estilo depuradísimo, donde la iluminación juega un papel fundamental, con una intensidad emocional subterránea que contrasta con la supuesta sobriedad icónica, Intruso es, para mi gusto, una de esas obras de Aranda que, pareciendo menores, sin embargo tienen una entidad, una altura más que notables, y donde se condensan la mayor parte de sus obsesiones como autor.

Aunque en teoría no era Antonio Gala un escritor afín a los intereses arandianos, la adaptación que el cineasta barcelonés hace de La pasión turca (1994) se ajusta apreciablemente a esas constantes temáticas y estéticas tan caras a Aranda. Estamos ante la historia de una muchachita de provincias, aburrida en un matrimonio sin alegría, cuyo viaje a Estambul y el encuentro con el guía turco (curiosamente interpretado por un actor griego: cosas del cine) supondrá el descubrimiento de otra vida, donde el sexo lo llenará todo, haciéndola abandonar su anterior y tan morigerada existencia. El filme funciona mejor que los anteriores en taquilla, si bien la acogida crítica no es tan buena. Vista con perspectiva, la versión de la novela de Gala se inscribe plenamente en el interés de Aranda por las obsesiones pasionales, en este caso la dependencia física de la protagonista de su fogoso amante otomano, en una película bellísimamente fotografiada y a la que sucesivas revisiones mejoran constantemente en su aprecio crítico.

El proyecto de Sarah Moon Lumière y Compañía (1995) pretendía rendir un homenaje a los creadores del cinematógrafo, Louis y Auguste Lumière, coincidiendo con el primer centenario del cine. Vicente Aranda compartió el honor, junto a otros 39 directores de todo el mundo –entre ellos vacas sagradas como Angelopoulos, Costa-Gavras, Kiarostami, Greenaway, Konchalovski, Spike Lee, Lelouch, Wenders…--, de rodar un micrometraje de 52 segundos para este tributo que, evidentemente, no ha pasado a ninguna Historia del Cine, a pesar de la pléyade de autores concitados, pero estando todos ellos limitados por el pie forzado que suponía la duración del minifilme y las características técnicas que habían de ser respetadas (sólo luz natural, sonido directo, mínimo número de tomas, etc.).

1996 será el año de Libertarias, una historia ambientada en la Guerra Civil Española, con un grupo de mujeres anarquistas que intervendrán activamente en el conflicto bélico más incivil que haya existido en España. Las relaciones entre esas mujeres guerreras y sus homólogos hombres, con una monjita rescatada de por medio, componen este filme en el que la ideología ácrata tiene fuerte influencia, en detrimento de otras que tuvieron un papel importante en la guerra, como fue el caso del comunismo, pintado aquí no precisamente con notas positivas. Historia de duros perfiles, como prácticamente todo el cine de Aranda, su desmesurado coste, con espectaculares reconstrucciones históricas, y su pronunciado tinte ideológico no le permitieron una carrera comercial brillante.

Pasarán dos años hasta que Aranda vuelve al cine, ahora con una historia contemporánea, de nuevo con una adaptación literaria, la de La mirada del otro (1998), sobre la novela de Fernando G. Delgado, premiada con el Planeta, siendo con ello el segundo texto ganador del galardón instituido por el Grupo Lara que versionaba el director barcelonés, tras La muchacha de las bragas de oro. Texto sin duda inferior al de Marsé, parece claro que el interés de Aranda por esta novela se debió a la muy atrevida exposición de sexo que el escritor canario presentaba en su historia, con una mujer de atrabiliaria, promiscua vida erótica. Quizá contagiado del inferior nivel de calidad del texto original, la película no tenía la intensidad habitual en Aranda, aunque sí su osadía.

El siglo XX en el cine de Aranda lo cierra Celos (1999), en el que el director catalán busca recuperar sus señas de identidad, en una historia que se anuncia perfectamente en el título, con pareja teóricamente idílica donde, sin embargo, la aparición de una foto en la que ella está con un antiguo novio liberará el demonio de los celos. Formalmente impecable, como todo el cine de Aranda, el último tramo toma el camino del más desaforado melodrama, y ahí se pierde el filme, estando acostumbrados a la (a pesar de todo) sutileza arandiana en sus historias.

A pesar del fracaso comercial y crítico de su anterior película, y como suele ocurrir en estos casos, con esa frase tan propia de “huida hacia adelante”, la siguiente cinta de Aranda será una costosísima producción de época. Él, que hasta entonces no había salido del siglo XX como espacio temporal de sus filmes, viaja hasta el XVI para poner en imágenes Juana la Loca (2001), donde cabe imaginar cuál fue el interés arandiano: la obsesión de la protagonista, la que fuera primera reina (sin reinar) de España, cuya perdida razón por la muerte de su marido, Felipe el Hermoso, sería la excusa para que primero su padre, Fernando II de Aragón y V de Castilla, y después su hijo, el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, la apartaran del poder. Historia de notable fuerza visual y narrativa, supone un cambio fundamental en el cine arandiano, que busca ya, bien adentrado en los setenta años, otro tipo de cine más apartado de sus habituales filmes más íntimos.

En 2003 Aranda rueda Carmen, nueva versión sobre el mito de Merimée, ambientándolo en la Sevilla donde supuestamente hubiera ocurrido la historia (si es que ésta se hubiera producido), y, como era de esperar, dotándola de un notable voltaje erótico. Es también una mirada sobre el atribulado José, el hombre que perdió todo lo que daba sentido a su vida entre los brazos de la artera cigarrera sevillana.

¡Hay motivo! (2004) fue el título del documental colectivo que varios directores españoles (entre ellos Mariano Barroso, Icíar Bollaín, Isabel Coixet, José Luis Cuerda, Manuel Gómez Pereira, Julio Medem, Pedro Olea, David Trueba, y así hasta un total de treinta y cuatro) rodaron sobre la situación política y social en España en 2004, buscando no tan secretamente contribuir a la caída del gobierno del Partido Popular en las elecciones de aquel año. Aunque efectivamente ocurrió así, no parece que fuera este filme el que se pueda atribuir el mérito (las causas son suficientemente conocidas), entre otras cosas porque su distribución en los canales de exhibición habituales fue mínima, por ser benévolos. El segmento de Vicente se titulaba Técnicas para un golpe de estado, y se trataba de un montaje de imágenes sobre los diversos golpes de Estado, abiertos o encubiertos, reales o metafóricos, ocurridos en España desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Dos años más tarde Aranda recupera el cine de ficción que le es propio en Tirante el Blanco (2006), ambiciosa adaptación de la homónima novela de caballerías del escritor valenciano del siglo XV Joanot Martorell, tan costeada que tenemos escrito que el presupuesto se comió al autor. Aunque hay algunas perlas marca de la casa, en general estamos ante un fiasco que supuso un serio batacazo tanto comercial como artístico para el catalán.

Así las cosas, Aranda vuelve a lo conocido, a Juan Marsé, al que adapta de nuevo en Canciones de amor en Lolita’s Club (2007). Pero ni Marsé es ya el extraordinario fabulador de La muchacha de las bragas de oro o Si te dicen que caí, ni Aranda tiene el fuelle de la época en la que las adaptó al cine. Así las cosas, esta historia con policía de mala hostia (así se autodefine el protagonista en la película) obligado a emigrar de su destino profesional, que se enamorará hasta las trancas de su cuñada, no está a la altura, ni de lejos, de las grandes películas arandianas.

La carrera cinematográfica de Aranda se cerrará con Luna caliente (2009), libérrima adaptación de la novela del resistenciano Mempo Giardinelli, cambiando la Argentina de la Dictadura de Videla por la España del tardofranquismo, en un filme sobre las obsesiones sexuales que, aunque busca reencontrarse con el mejor Aranda, no lo consigue nunca.

Próximo artículo: Aranda, de duelo: temáticas, intérpretes (II)

Pie de foto: Fotograma de Amantes, la obra cumbre de Vicente Aranda, con uno de los apasionados encuentros amorosos de Victoria Abril y Jorge Sanz.