Película: Caras y lugares

Agnès Varda es historia viva del cine: aparte de ser una de las escasísimas directoras de la Nouvella Vague, en pie de igualdad (aunque quizá no tuviera su misma repercusión popular) con los cuatro realizadores más famosos del movimiento (perdón por la perogrullada: Truffaut, Godard, Chabrol, Rohmer), Varda fue siempre un espíritu libre, una realizadora que hizo, literalmente, lo que le apetecía en cada momento; esa libertad de espíritu, como era de prever, la confinó a circuitos paralelos, cuando no marginales, apartándola de las salas de cine de las grandes avenidas. Esa libertad estuvo marcada siempre por la curiosidad intelectual, por la necesidad de experimentar, por la búsqueda de nuevos caminos, de nuevas expresiones artísticas. Fruto de una feracísima carrera que se inició a mediados de los años cincuenta, y que, sesenta y tantos años después, gozosamente continúa, fueron títulos imprescindibles del cine como Cleo de 5 a 7 (1962), La felicidad (1965), Una canta, la otra no (1977), Sin techo ni ley (1985) y Los espigadores y la espigadora (2000).

Por su parte, JR son las siglas con las que es conocido el activista urbano (como le gusta llamarse) Jean René, un parisiense de origen judío tunecino, que empezó a principios del siglo XXI una meteórica carrera como artista callejero; su especialidad es tomar fotos, con frecuencia de rostros, aunque no exclusivamente, sacar copias gigantescas y pegarlas en edificios singulares, casi siempre antiguos, consiguiendo un efecto extraordinario.

Del encuentro de estos dos artistas, Varda y JR, surge esta deliciosa Caras y lugares, un documental entreverado de confesión de ambos (en sus diálogos, pero también en algunos monólogos que suenan a pensamientos íntimos dichos en voz alta), un fantástico documental que, como es habitual sobre todo en Varda (que es la auténtica cineasta; JR tiene una experiencia mucho más breve en el tema, y no tan significativa, ni mucho menos, como la de la magistral Agnès), juega con la innovación, busca ansiosamente nuevas formas de expresar el arte, de hacer cine.

Ambos acuerdan lanzarse por las carreteras de Francia en busca de objetivos a los que fotografiar para, tras ampliar las instantáneas (siempre en blanco y negro, el tono “per se” de la fotografía artística) a tamaño gigante, decorar con ellas grandes edificios desvencijados, viejas estructuras, incluso zonas urbanas degradadas. Conoceremos entonces muchas pequeñas historias, relatos que apenas se esbozan en las breves entrevistas de los rostros fotografiados, siempre con complicidad, siempre con una ironía que, sobre todo en JR, nos muestra a un artista tan perspicaz como capaz de reírse de sí mismo; tampoco Varda es manca en este aspecto: lo ha sido todo, lo es todo, y sin embargo se aviene llanamente a estar a la altura de un recién llegado, por más que los incipientes méritos del judeotunecino le hayan dado fama y fortuna.

Caras y lugares se inicia (y se cierra) con unos preciosos títulos de crédito dibujados, modernísimos, absolutamente adorables, que preanuncian la joyita que estamos a punto de contemplar. El comienzo ya da pistas del tono jocosamente artístico del proyecto: Agnès y JR nos dicen cómo NO se conocieron: en la carretera, en la parada del autobús, en una sala de baile... A partir de ahí asistiremos a las explicaciones, a través de sus propias conversaciones, de lo que va a suponer el film, una mirada distinta, a tamaño como de cíclope, de rostros ordinarios, que no vulgares, rostros de personas anónimas que, a tamaño XXL, bellamente fotografiados y en un blanco y negro espectacular, decorarán algunas de las paredes en las que se desarrollan sus vidas, sus existencias cotidianas, cobrando esas fachadas, de tal forma, una sutil, novedosa perspectiva: ya no serán solo muros de puro ladrillo, de mero hormigón: tendrán también los rasgos humanos de quienes las frecuentan, las rondan, las visitan tan a menudo.

Los fotografiados son múltiples: la última y numantina vecina de un barrio que va a ser derruido, una pizpireta chica con sombrilla, la ganadera de cabras que se niega, tan justamente, a mutilar los cuernos de los animales, los empleados de una fábrica, las mujeres de los estibadores, que se convierten ellas mismas en protagonistas, obviando el ignominioso “señora de...”; un gigantesco caleidoscopio que bucea más allá de las imágenes para mostrarnos una poliédrica taracea humana, un sinfín de rostros, pero también de personas de verdad, de vidas cotidianas tras las meras efigies.

Aunque pudiera parecer que un proyecto de estas características caería inevitablemente en la monotonía, nada más lejos de la realidad: Caras y lugares se hace amenísimo, no cansa nunca, siempre queremos más de esta pareja de locos artistas dispuestos a fotografiar la “aurea mediocritas”, que sin embargo, tras sus lentes (de cámara de cine y de cámara de foto), se convierte en seres únicos, excepcionales: el cartero con su bicicleta decorando la calle por la que lleva repartiendo cartas desde hace décadas; el artista aficionado, prejubilado con pensión mínima, de rostro estragado por el tiempo y las penurias; el hombre que sirvió de modelo a Varda seis décadas atrás, cuya agigantada, oblicua foto ilustrará efímeramente (lo que dura una pleamar) un viejo búnker de la Segunda Guerra Mundial.

Ligera, divertida, artística sin fatuidad, extraordinariamente creativa, Caras y lugares resulta ser entonces un delicioso bocado, un regalo exquisito donde cine y fotografía cohabitan en igualdad de condiciones, donde ambas disciplinas se tutean con franqueza, con sinceridad, buscando siempre lo novedoso, siendo siempre ambiciosamente artísticas sin ser ampulosas. Con gozoso gusto por los paisajes urbanos erosionados, las construcciones medio derruidas, el luminoso film de Varda y JR combina admirablemente la presentación de tipos humanos peculiares con esas zonas periféricas, suburbiales, rurales, que parecen perdidas de la mano de Dios hasta que estos dos artistas separados por medio siglo de existencia les confieren una nueva personalidad con los rostros ampliados de los seres que los habitan, que los pueblan, que moran en ellos.

En uno de los primeros paisajes y paisanajes que Agnès y JR visitan, la mujeruca que se resiste a dejar su hogar les habla de su padre el minero, y del pan que se llevaba cada día a la mina; si le sobraba algo, al volver a casa ese pan era llamado poéticamente “pan de alondra”, porque había estado todo el día bajo tierra, en una hermosa metáfora que ilustra perfectamente el carácter artísticamente lírico de esta belleza que incluso en su título original, Visages villages, se permite irónicamente la rima de la jocunda, humanísima poesía que en el fondo es.



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Caras y lugares - by , Jun 06, 2018
4 / 5 stars
Pan de alondra