C I N E E N S A L A S
Alejandro González Iñárritu, que ahora solo firma como Alejandro G. Iñárritu, es uno de los tres mexicanos de oro que desde hace ya varias décadas triunfan en Hollywood. Los otros son, por supuesto, Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón, todos ellos ya varias veces oscarizados. Iñárritu tiene una larga carrera desde que a principios de siglo llamara poderosamente la atención con Amores perros, hecha en su México natal. Después se ha asentado en Estados Unidos, donde ha llevado a cabo una filmografía peculiar, no demasiado numerosa, con títulos notables como 21 gramos, Babel y Birdman, pero también otros bastante menos interesantes, como El renacido o Bardo. También ha rodado en España la deprimente (en sentido literal…) Biutiful, con Javier Bardem, donde junto a la entrada te daban un Prozac…
La historia se ambienta en… bueno, digamos que se ambienta en algún momento del futuro, sin determinar; conocemos a Digger, un magnate del petróleo que extrae crudo en la zona del Ártico, y al que uno de sus temerosos subordinados hace una videollamada para decirle que la fisura de un iceberg ha crecido hasta ser peligrosa; pero Digger desoye las advertencias, justo a tiempo para que todo salte por los aires en el Círculo Polar Ártico y un iceberg como varias ciudades de Washington se desprenda en dirección a Europa. Convocado por el presidente Compson (aquejado de un cáncer terminal…), Digger y el resto de la administración USA tendrá que intentar revertir lo que acontece, o, al menos, que no parezca que ha sido culpa suya…
Hay otra curiosidad en la carrera de Iñárritu, cual es que, de un tiempo a esta parte, parece haberse especializado en forjar vehículos para que estrellas de Hollywood sin Oscar consigan el suyo. Ya lo intentó con Birdman, donde Michael Keaton se quedó a las puertas, teniendo que conformarse con la nominación, pero tuvo un éxito pleno con El renacido, donde Leonardo DiCaprio consiguió, por fin, la anhelada estatuilla dorada de la Academia. Pues ahora, con esta Digger, parece volver a intentarlo, en este caso para lograr que Tom Cruise se haga por fin con el Oscar al Mejor Actor, premio al que ha estado nominado ya en tres ocasiones (y una cuarta como productor por Top Gun: Maverick). Y es que ahora que Cruise parece haber dado portazo a su muy fructífera (en términos económicos) etapa como estrella de cine de acción, parece que le ha entrado el gusanillo de sus primeros tiempos, en los que alternaba cine de calidad y cine comercial.
El resultado, sin embargo, no tenemos demasiado claro si llevará a Cruise al escenario del Dolby Theatre para pronunciar su discurso de agradecimiento, mientras manosea nervioso la estilizada figura chapada en oro. Porque (aparte del costalazo comercial que parece se va a pegar la peli: 125 millones de presupuesto, recaudación USA-Canadá en el primer fin de semana de 8 millones; fuente: IMDb) nos parece que la película, que parte de una buena idea, no consigue su objetivo, que primeramente tiene que ser que la gente no se aburra: no estamos pidiendo que pasen 600 cosas a la vez (que aquí, de todas formas, pasan…), sino que lo que se nos cuente prenda el interés del espectador y ya no lo suelte hasta el final.
Por el contrario, aquí lo que tenemos es una primera parte en la que el personaje de Digger es omnipresente, con sus manías, sus idioteces de viejo chocho y rico, su avasallamiento de sus subordinados, etcétera, para después, cuando se van incorporando otros personajes, como las altas esferas políticas yanquis, ir tomando cuerpo poco a poco y, al menos, interesando algo al público. Habrá entonces escenas muy peculiares, muy cinematográficas, como la de las televisadas y trágicas consecuencias del iceberg al llegar a Europa, dada sin mostrar esas consecuencias, sino fijándose solo en la reacción de los espectadores de las mismas (todos de alto copete: la administración USA al completo), con gestos, muecas, gritos, lamentaciones, vómitos…
Hay después un giro de guion, que no debe desvelarse, que busca conferir al film el lustre de la distopía que denuncia los graves errores del pasado y del presente (hablamos del cambio climático y la laxa forma en la que el mundo se ha enfrentado a él), pero esa distopía solo alcanza su verdadera dimensión prácticamente en el último cuarto de hora, siendo el resto un vehículo a mayor gloria de Cruise, para que se luzca como el (sin duda) buen actor que es, y de una vez por todas le den el puñetero Oscar… Como serán las ganas del bueno de Tom por conseguir la estatuilla, que hasta aparece en una escena con un barrigón obsceno (obviamente a base de prótesis…), como si dijera, “mira, yo, como Robert de Niro en Toro salvaje, también engordo si lo requiere el personaje…”. Pero, claro, no solo es cuestión de barrigón y michelines postizos, ni de ejecutar un papel pasado de rosca, evidentemente buscando denunciar el poder omnímodo de los grandes magnates, de ahora y de siempre, solo que los de ahora nos pueden llevar a la ruina como civilización, con tal de no dejar de ganar indecentes cantidades de dinero.
Hay alguna escena especialmente relevante, y que pone el dedo también en una llaga no demasiado hollada, cual es la de Digger declarando ante lo que parece un trasunto del Parlamento Europeo, donde dirá dos o tres cosas que no andan demasiado desencaminadas, como el hecho de que todos somos muy ecologistas y tal, pero después que no nos toquen el móvil, el coche, los aviones… todo eso que hace que el planeta sea cada vez más una pocilga y menos una tierra amable y gentil.
Todo esto en un film con un “look” irreprochable, rodado por un cineasta muy creativo, con una fotografía de su habitual operador Emmanuel Lubezki que juega con los tonos pálidos, casi fantasmagóricos, quizá los tonos de una sociedad agonizante (uy, que se me escapa un espóiler…), y una sugestiva música del visionario Cosmo Sheldrake. En la interpretación Cruise está entregadísimo, quizá imaginando ya su discurso en el Dolby Theatre. El tono entre sarcástico, irónico, paródico, farsesco y hasta sainetesco, en una evidente comedia nigérrima que termina prácticamente en tragedia humanística y telúrica, propicia buenas interpretaciones de un puñado de estupendos actores secundarios como John Goodman (la influencia en su presidente del payaso Trump es evidente…), Riz Ahmed, Sandra Hüller o Jesse Plemons.
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