Película: El orden divino

Seguramente parece mentira, pero es así: en Suiza el voto femenino solo se pudo ejercer a partir de 1971, fecha en la que los varones (únicos que hasta entonces podían hacerlo) aprobaron un referéndum en ese sentido. Parece mentira en un país, Suiza, que es el epítome de la civilización, el súmmum, o así nos lo parecía, de los derechos civiles, de las libertades públicas... Sin ir más lejos, en España las mujeres pudieron votar por primera vez en 1933, casi cuarenta años antes que las suizas. Sobre ese extraño anacronismo en una de las sociedades más avanzadas del mundo ha construido Petra Volpe su guion, que ha dirigido ella misma, siendo este su segundo largometraje de ficción, tras varios cortos y un primer largo, Traumland (2013), no estrenado en España.

Suiza, 1971, en un pequeño pueblecito en los Alpes suizos. Aunque el mundo ha cambiado profundamente en los últimos años (movimiento hippie, lucha contra la guerra del Vietnam, el “black power”...), la vida en la villa sigue igual que siempre, con sus hacendosas esposas que cuidan del hogar y los hijos, mientras los maridos salen a la calle a ganar el sueldo familiar (iba a escribir “salen a cazar mamuts”, pero no llega a tanto...). Nora, una apacible mujer con esposo y dos niños de corta edad, no se siente concernida por el inminente referéndum que se va a celebrar para permitir que las féminas puedan votar, pero cuando su marido le niega (porque la ley se lo permitía) trabajar a tiempo parcial fuera de casa, empezará a reflexionar sobre lo injustas que son las reglas hechas solo por hombres...

El orden divino tiene un buen trecho ganado por su tema: es tan antediluviana la norma contra la que se lucha, que ya de entrada te pones de su lado sin condiciones. Es cierto que no es un film estiloso: Petra Volpe no parece interesada mayormente en ser exquisita en la filmación, y tampoco la película lo precisa. Lo que sí le interesa es presentarnos este progresivo, despacioso proceso de concienciación de la protagonista, para pasar de afable, bonancible esposa y madre de familia a mujer que quiere decidir por sí misma sin que ningún hombre (tampoco su marido) le imponga su criterio, todo ello con un estilo impersonal, sencillo, modesto, sin hacerse presente nunca como directora, sin subrayados.

También gana enteros el film en su forma sosegada de contarnos su historia, sin grandes tragedias ni muertes ni nada por el estilo, sino una lucha sorda pero nunca terrible, donde los momentos de mayor tensión se resuelven sin mayores aspavientos, aunque, es cierto, la protagonista será objeto de algunas humillaciones que hoy día serían inadmisibles. Pero en el conjunto predomina el tono relativamente amable, sin aristas, sin cargar las tintas, en un film que no busca la confrontación entre sexos sino el entendimiento entre ellos.

Se puede argüir, y quizá no sería incorrecto, una cierta tendencia hacia el maniqueísmo, pero se puede justificar considerando el microcosmos retratado, un pequeño pueblo rural donde las costumbres son leyes, donde el papel protagónico del hombre no se ha cuestionado en siglos, donde los roles están definidos y a nadie (ni a los varones ni a la inmensa mayoría de las mujeres) se les había ocurrido ponerlos en cuestión.

Obra sencilla y modesta, máxime cuando la protagonista es una mujer corriente que habrá de ponerse al frente del movimiento sufragista para intentar que su vida fuera otra cosa que la mera sumisión al marido, en el futuro a los hijos, el título de El orden divino viene dado por la recurrencia de la carcunda helvética a un supuesto mandato de Dios que establecía que el hombre tenía todos los derechos y la mujer ninguno, que el hombre decidía y la mujer lo asumía, que el hombre mandaba y la mujer obedecía. Contra ese supuesto “orden divino”, la rebelión de mujeres ordinarias, vulgares, de clases trabajadoras, fue fundamental para que se pasara a un “orden humano” que, sin duda, es mucho menos manipulable, mucho más justo.

En una escena al principio de la película, la protagonista, que anhela secretamente poder viajar por el mundo, les cuenta a sus hijos pequeños, ante un mapamundi iluminado, que en el Océano Pacífico, en sus profundidades, viven los peces abisales, criaturas que jamás ven la luz; metáfora meridiana, por supuesto, sobre las mujeres, que en aquel tiempo en la supuestamente civilizada Suiza, eran seres de segunda, no podían ver la luz de la libertad que les tenían secuestrada.

Buen trabajo del elenco artístico, en especial de la protagonista, Marie Leuenberger, que aporta fuerza en su fragilidad, tenacidad en su desventaja, oposición discreta pero firme ante el avasallamiento masculino. Marie es alemana y tiene en su país natal una ya bastante dilatada carrera como actriz; el cine suizo, en el que trabaja esporádicamente, ha hecho de ella la ficticia heroína que luchó, desde su posición de ciudadana anónima, contra la abyecta visión reduccionista del ser humano.


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96'

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El orden divino - by , Jun 24, 2018
3 / 5 stars
Peces abisales