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John G. Avildsen fue un director de cine cuya carrera estuvo vinculada de forma importante al gran éxito comercial que tuvo Rocky (1976), con un guion que Sylvester Stallone escribió, literalmente, en tres días, y que lanzó al estrellato a este, por lo demás, actor muy cortito de recursos al que apodan Sly. La saga de Rocky Balboa conocería varias continuaciones, e incluso un “reboot” ya en el siglo XXI, pero ninguna de esas secuelas tuvo la altura de aquel primigenio, voluntarioso film sobre un boxeador mediocre que, por las carambolas del azar y una voluntad a prueba de hierro, consigue alcanzar la cima en su profesión.

Lo curioso del caso es que Avildsen, hasta ese momento, solo había descollado, y de qué manera, en el interesantísimo drama existencial Salvad al tigre (1973), con un espléndido Jack Lemmon, alejado ocasionalmente de sus papeles de comedia.

Quizá pretendiendo reverdecer el logro de Avildsen con Rocky, los productores del proyecto Karate Kid pusieron en sus manos una historia que, evidentemente, tenía algunas concomitancias con la película que puso en órbita a Stallone, aunque también sus diferencias.

De esta forma, a mediados de los años ochenta del siglo XX se produce un gran éxito de taquilla con este filme de presupuesto modesto, ocho millones de dólares, una bagatela para lo que se gastaban entonces en Hollywood en films con vocación de “blockbusters”. Karate Kid, subtitulada en España con el postizo remoquete de El momento de la verdad (curiosamente hay un film español de ambiente taurino con ese título, dirigido por Francesco Rossi), supuso el comienzo de una saga que tuvo varias secuelas, e incluso en el siglo XXI también ha tenido varios “reboots”, aunque ciertamente la que tuvo verdadero interés y originalidad fue esta primera, que bebe directamente de las filosofías orientalistas del sentido de la vida y de la defensa personal, entonces muy en boga, envueltas para la ocasión en el impecable celofán de la maquinaria del cine USA.

Daniel, un adolescente huérfano de padre, cambia de ciudad junto con su madre para empezar una nueva vida. Allí se enamora de una chica, Ali, pero el antiguo novio de la muchacha, experto en kárate, le hace la vida imposible. Un maestro japonés, Miyagi, le enseñará a encarar la vida de otra forma. Lo mejor del film es, sin duda, la prolija (pero sin desperdicio) descripción del lento aprendizaje del chico (se hizo famosa en la vida cotidiana repetir aquello de “dar cera, pulir cera”), y sobre todo, el prodigioso clímax final, veinte minutos de infarto en lo que constituyó una secuencia magistral.

Ralph Macchio, el protagonista, no supo rentabilizar en términos de filmografía este gran éxito (ni el de, en un tono muy distinto, Rebeldes, de Coppola, en el que también estuvo), adocenándose poco a poco en rutinarios productos televisivos. El carismático Noriyuki “Pat” Morita gozaría de su momento de fama, aunque ya le fue difícil desprenderse de un tipo de personaje inevitablemente inspirado en el Miyagi de este film.


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126'

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Karate kid (El momento de la verdad) - by , Jun 27, 2018
3 / 5 stars
Dar cera, pulir cera