Película: La invasión de los ultracuerpos

Don Siegel, en los años cincuenta, rodó La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), un humilde film de terror entreverado de ciencia ficción, sobre la novela homónima de Jack Finney. Aquel fue un pequeño prodigio de talento con escasos recursos, un film que ha quedado como de culto. Esa misma historia se ha llevado a la pantalla otras tres veces: esta La invasión de los ultracuerpos (1978), dirigida por Philip Kaufman, que mantenía razonablemente el nivel de calidad (aunque la película de Siegel se reputa superior); Secuestradores de cuerpos (1993), de Abel Ferrara, que ya bajaba más que apreciablemente en su interés; y La invasión (2007), primera película norteamericana del alemán Olivier Hirschbiegel, que también fue un fiasco comercial y, sobre todo, artístico.

Pero, como queda dicho, La invasión de los ultracuerpos fue un más que entonado remake de la maravilla siegeliana. La historia discurre en términos parecidos, aunque para la ocasión se cambia la localización, del pequeño pueblo californiano original a la ciudad de San Francisco. Matthew Bennell, inspector del Departamento de Sanidad es informado por algunos amigos que sus parientes, o esposos, o conocidos, han experimentado un raro cambio que les hace parecer diferentes, aunque exteriormente sean como siempre. Inicialmente renuente, Bennell se implicará en el tema cuando una amiga, Elizabeth, botánica de profesión, de la que secretamente está enamorado (y ella le corresponde, aunque está casada), se vea acosada por gente que quiere evitar que siga propagando que su marido ya no es quien era...

Queda dicho que el film de Kaufman es algo inferior al de Siegel, pero no carente de interés, en absoluto. Con buen criterio, el director no abusa de los sustos (aunque alguno ahí), esa peste del cine de terror del último medio siglo, y se inclina más por la creación de una atmósfera agobiante, en la que los hieráticos invasores irán acorralando al escaso grupito de supervivientes que queda en San Francisco sin haber sido abducidos por los alienígenas, llegados de otro planeta en forma de esporas, que terminarán penetrándolo todo, asolándolo todo, asumiendo la personalidad de toda la Humanidad.

La puesta en escena es, entonces, pulcra, aseada, buscando el terror en la progresiva gradación de la intriga, con escenas excelentes, como la del protagonista llamando a las autoridades (que se intuyen ya todas bajo la férula extraterrestre, o en el mejor de los casos renuentes a creer la denuncia por extravagante e inverosímil), con un guirigay de excusas por parte de estas, invocaciones a no alarmar, sospechas de paranoias, todo ello ilustrado con inquietantes planos de gente corriente caminando por las calles, quizá no tan inocentes. También es notable la escena en la que Matthew se queda dormido en la terraza de la vivienda y las esporas comienzan a penetrarlo, un pequeño prodigio de sutileza y horror.

Estamos, por supuesto, ante una metáfora de la tentación del Hombre de eliminar las emociones, los sentimientos, para acabar con el dolor y las tribulaciones, pero con ello se pierde la esencia humana, el Hombre deja de ser Hombre para ser otra cosa, no necesariamente mejor. También es un trasunto de la tentación por perder la personalidad diluyéndose en un ser o comunidad superior, tal vez una analogía del colectivismo contra el personalismo.

Un inteligente final que juega hábilmente con el espectador y no cae en la tentación del “happy end” cierra un film que, entre otras novedades, aporta el horrísono grito de las criaturas cuando descubren a algunos de los seres humanos que se resisten a dejar de serlo, un horrísono grito que, desde luego, forma parte ya del prontuario básico del cine de terror moderno.

Curiosamente, Philip Kaufman, que por aquel entonces estaba muy bien considerado, tanto como director como guionista (suyo es el argumento de En busca del arca perdida), tras hacer varios films que gozaron de predicamento, como The Wanderers (1979), Elegidos para la gloria (1983) y la adaptación de la novela de Milan Kundera La insoportable levedad del ser (1988), prácticamente desapareció de la primera línea.

Donald Sutherland hace un convincente inspector de Sanidad al que los acontecimientos zarandean y habrá de tomar decisiones duras y rápidas para salvar el pellejo propio y el de los que quiere. Brooke Adams, que en aquellos años estaba muy en boga, con títulos como Días del cielo (1978), de Terrence Malick, o La zona muerta (1983), de David Cronenberg, después lamentablemente se adocenó en títulos olvidables. Jeff Goldblum era todavía un recién llegado: faltaban algunos años para que se hiciera famoso en films como La mosca (1986), también de Cronenberg, y, sobre todo, Parque Jurásico (1993), de Spielberg. Como curiosidad, Don Siegel, director de la anterior versión, aparece en un cameo, como taxista, y el protagonista de aquella primera versión, Kevin McCarthy, también tiene aquí un pequeño papel.


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115'

Año de producción

La invasión de los ultracuerpos - by , Aug 14, 2018
3 / 5 stars
Entonado remake