Película: Lola Pater

Hay películas que se hacen en torno a una persona, más bien un mito, una diva que se lo come todo; es el caso: Lola Pater es, en un ochenta por ciento (y quizá nos quedemos cortos...), Fanny Ardant, la gran actriz francesa, que fuera compañera de François Truffaut durante bastantes años (de hecho, lo era cuando el director murió precozmente en 1984) y que, además de varias de las películas de su amor en sus últimos años, como La mujer de al lado (1981) y Vivamente el domingo (1983), trabajó en aquella época, entre los años ochenta y noventa, con lo más florido del cine francés, europeo e incluso norteamericano: Resnais, Lelouch, Delvaux, Schlöndorff, Costa-Gavras, Scola, Von Trotta, Antonioni, Pollack... A partir del siglo XXI, coincidiendo, como suele suceder con las actrices, con la llegada a la madurez, a los cincuenta años, su estrella pareció oscurecerse; siguió trabajando intermitentemente con los grandes nombres del cine francés de la época, como Ozon, o del italiano, como Sorrentino, pero parecía evidente que su tiempo había pasado.

Ahora, con el aura de leyenda que supone su historia, sus relaciones, su talento, es el centro y eje de esta por lo demás bienintencionada Lola Pater, tan bienintencionada como, lamentablemente, predecible. Porque cualquier espectador mínimamente avisado sabe por dónde va a discurrir la película, cuáles van a ser los momentos de fricción, cuál será el final de esta dramedia ciertamente poco distinguida. París, en nuestros días: Zino es un joven afinador de piano, francés de origen argelino; su madre acaba de morir; viaja al campo a visitar a su padre, que los abandonó siendo él un niño; la dirección paterna, hasta entonces desconocida para él, se la ha dado el notario que lleva el tema de la herencia; pero cuando llega al domicilio del padre lo que se encuentra es una vistosa señora madura, Lola, que tiene una academia donde enseña la danza del vientre, entre otras danzas orientales; esa vistosa señora será, claro está, su padre, que se ha sometido desde entonces a un proceso de cambio de sexo...

La cuestión entonces, como cabe inferir, es si el chico Zino aceptará a su padre con hechuras de mujer. No hacemos ningún “spoiler” si confirmamos que, efectivamente, hará exactamente lo que estás pensando, querido lector, porque este tipo de cine buenrollista tiene un muy limitado registro y una predecibilidad notable. Entonces todo va en la dirección prevista, con un hijo enojado y confuso y su padre con faldas al que se le va la olla con un par de copitas, como a la Kim Basinger de Cita a ciegas, sabiendo como sabemos cómo terminarán los dos, por más que el director y guionista intente echar algún picante en forma de viejo truco argumental para parecer que hay más de lo que realmente se ve.

Nadir Moknèche es un cineasta parisino nacido en 1965, de padres argelinos; ha vivido también en el país de origen de sus progenitores, pero su formación cinematográfica la recibió en París y Nueva York. Tiene por ahora una filmografía relativamente corta, con cinco largometrajes en dieciocho años, desde comienzos del siglo XXI, sin ningún éxito comercial llamativo, aunque el carácter mestizo de su cine llamó localmente la atención en algún título como Viva Laldjérie (2004). Se aprecia su intento, tan de agradecer en estos tiempos, de reflejar a ciudadanos franceses de origen musulmán que están en las antípodas de ese cáncer de la convivencia en Europa que es el yihadismo: el protagonista, Zino, un chico alrededor de los treinta años, tiene orígenes musulmanes pero su relación con el islam no excede de unas raíces meramente culturales: ni acude a la mezquita ni hace los rezos de rigor de los devotos, bebe alcohol y no se ajusta a los cánones de la comida halal, mantiene una relación sexual intermitente con una chica con la que no tiene ninguna intención de formar una familia; es, en definitiva, un joven francés de hoy día, normal y corriente, sin pulsiones por catequizar a nadie, mucho menos por liquidar alevosamente a nadie por no tener su mismo credo.

Ese quizá sea (por encima incluso del entendimiento, de la aceptación de la diversidad que supone que tu padre se convierta en una señora) el mayor valor de esta por lo demás no precisamente distinguida película, de ritmo mortecino, historia de planteamiento y desenlace más que previsibles, en la que brilla, cómo no, el carisma de una Fanny Ardant que, digámoslo ya, está increíble para los 68 años que tenía cuando rodó la película, hasta el punto de que se dice en algún momento que su personaje tiene en torno a 50 años... y los aparenta, que es lo mejor. Como ya hemos dicho, Ardant es centro y eje de esta Lola Pater; sin ella, directamente, no habría película. Del resto nos quedamos con el trabajo matizado, aunque no le permita grandes cosas, del coprotagonista, Tewfik Jallab.


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95'

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Lola Pater - by , Jul 19, 2018
1 / 5 stars
Madre no hay más que una (o dos...)