Pelicula:

Norman Jewison (1926-2024) fue un cineasta generalmente adscrito por los historiadores a la llamada Generación de la Televisión, heterogéneo grupo de directores norteamericanos que se foguearon, y de qué manera (con rodajes rápidos, expeditivos: cada semana había que poner un episodio de la serie en cuestión en los hogares de millones de espectadores), en la industria de la llamada pequeña pantalla. Jewison comparte esa etiqueta con otros cineastas que también gozaron de predicamento: Lumet, Frankenheimer, Penn, Schaffner, Ritt, Delbert Mann, Mulligan… Además de rapidez, todos ellos aportaron al cine de los años sesenta (década en la que desembarcaron en la gran pantalla) temas más sociales, más realistas, también más comprometidos con la situación política.

Jewison, en esos primeros años sesenta, acababa de aterrizar en la industria del cine, tras haber echado los dientes en un buen número de series televisivas. En esa época Norman aún no estaba demasiado definido en lo que quería hacer en cine, al contrario que, por ejemplo, Frankenheimer, que en esa misma década dio lo mejor de sí con una serie de potentísimos dramas con frecuentes implicaciones sociales y políticas. Pero Jewison aún buscaba su voz, inicialmente con una serie de comedias, como esta No me mandes flores y también Un soltero en apuros o Su pequeña aventura. Tendrían que pasar algunos años para, a partir de En el calor de la noche, encontrar el cine que mejor le iba, los potentes thrillers (El caso Thomas Crown, Justicia para todos, Historia de un soldado) y también musicales con (eso sí…) cierto tufillo projudío (El violinista en el tejado, Jesucristo Superstar).

Así que esta No me mandes flores no es precisamente de sus mejores películas, sin que eso supongo que esté exenta de interés. La historia se centra en los personajes de George y Judy, matrimonio en el que él es un hipocondríaco superlativo, lo que hace que su mujer, y con razón, se burle de él y sus aprensiones… Pero cuando George va al médico a hacerse un chequeo por alguna de sus muchas enfermedades imaginarias, escucha una conversación en la que cree que le queda poco tiempo de vida; sin intentar confirmar lo que no es sino algo que realmente no le afecta, el hombre, compungido, se lo cuenta a su amigo del alma, Arnold, y le dice que cuando se muera quiere que su mujer se quede con alguien de confianza. Así comienza a imaginar con quién podría emparejarla para cuando llegue el momento tan temido… 

Bajo los auspicios de Universal, la película comienza con una escena que recuerda poderosamente el tipo de humor conocido como “slapstick”, el humor físico, que durante el cine mudo se llamaba “de tartazo y patada en el trasero”; aquí vemos a Judy, la esposa de George, salir a la calle (estamos en la típica zona residencial tantas veces vista en las familias de clases medias yanquis, de casas individuales o adosadas, con su porche y su jardincito delantero) a recoger la leche y los huevos, con una serie de coincidencias catastróficas que hacen que se quede en camisón en medio de la calle (para la época esto era el no va más, claro…).

Pero realmente el grueso del humor del film se articulará a través de los malentendidos que propicia el hecho de la supuesta enfermedad terminal del prota, que no es tal, y cómo ello hace que sus intentos de buscar un futuro marido a su presunta futura viuda dé lugar a una serie de escenas bastante cómicas, todas ellas a vueltas con la hipocondría del protagonista, recordando la famosa comedia de Molière El enfermo imaginario, aunque no tengan relación directa. Además del humor de malentendidos y físico hay también bastante humor negro, sobre todo en las escenas en las que George, con un sentido previsor digno de mejor causa, compra una parcela en el cementerio para su última morada, lo que dará lugar a algunas curiosas y divertidas situaciones y, al final, propiciará, paradójicamente, la reconciliación de la pareja. 

Entre las virtudes del film nos parece que hay también varios personajes curiosos, como el lechero, que es el cotilla del barrio y trae y lleva (nunca mejor dicho…) todos los chismes que se cuecen en el vecindario; o el casanova que se dedica a tirarle la caña (y, lo que es mejor -o peor…-, pican…) a cuanta divorciada (o viuda…) se le pone a tiro, lo que enfurece a nuestro pobre enfermo terminal de excelente salud; también es curioso el personaje del médico, quejándose permanentemente de lo poco que gana y lo mucho que trabaja, al contrario de otros colegas que se han hecho ricos y no dan un palo al agua… Pero el personaje más peculiar es el de Arnold, el amigo del alma del protagonista, tan amigo que cuando George le cuenta lo de su grave enfermedad enteramente parece que el cuasi moribundo es él, cogiendo (alternativa y/o consecutivamente) una tremenda cogorza y una depresión de caballo; además, en una de las escenas finales, cuando Judy echa al marido del hogar conyugal porque cree que le está siendo infiel con otra mujer, acoge a su amigo en su casa y en su cama, escena bastante ambigua, teniendo en cuenta que ya entonces en Hollywood era sabido que Rock Hudson, el George protagonista, era gay…

Estamos entonces ante una agradable comedia sobre la hipocondría, aunque le falta esa gracia alada, ese ritmo vigoroso propio de la gran comedia americana clásica, la de Hawks y Cukor, la de Lubitsch y Capra, la de Preston Sturges y Billy Wilder. La música de Frank de Vol (el compositor preferido del gran Robert Aldrich) resulta muy apropiada para este tipo de comedias basadas en malentendidos.

Buen trabajo actoral, con un Rock Hudson que se desenvolvía muy correctamente en la comedia, pero sobre todo por una Doris Day que, evidentemente, nació para este tipo de papeles, que ella bordaba como nadie. 

(08/02/2026)


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100'

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No me mandes flores - by , Feb 08, 2026
2 / 5 stars
El enfermo imaginario