Película: Qué fue de Brad

No descubrimos nada si decimos que la sociedad norteamericana quizá sea la más competitiva del mundo. El cine se acerca generalmente a ese fenómeno desde la perspectiva de los ganadores, de los que triunfan, de los que se sientan en la cima del mundo: el cine yanqui está lleno de historias de este tipo. Por eso es llamativo que alguien plantee un film sobre un ciudadano al que reconcome no haber llegado a la altura (según cree él) de sus colegas, de sus pares universitarios.

La película gira en torno al Brad del título: se acerca a la cincuentena, tiene un hijo de 17 años, Troy, que va a iniciar sus estudios superiores, y están visitando los distintos centros universitarios para ver dónde puede matricularse, siendo su centro favorito el de Harvard. Pero Brad está atormentado porque sabe que la mayor parte de sus amigos de la época en la que se graduó en Yale son gente que ha triunfado, de una forma u otra, en la vida: un popular escritor bien relacionado con la Casa Blanca, un empresario de altos vuelos con jet privado, un emprendedor de las TIC que pegó un pelotazo y se da la gran vida en la playa…

Mike White, el guionista y director, es un hombre muy avezado en la primera de esas funciones y bastante menos en la segunda, aunque en este caso se puede decir, sin faltar a la verdad, que el cambio que ha realizado como libretista en este film es considerable: sus guiones generalmente han estado en la línea de la comedieta fácil, cuando no chusca: Escuela de rock, Super Nacho, Emoji: la película, entre otras. Aquí, sin embargo, se le ve implicado, hablando quizá en primera persona, aunque sea remotamente. Habla de un sentimiento quizá más extendido de lo que pudiera suponerse, en Boston pero también en Madrid o en Pekín: la sensación de haber desperdiciado la vida, de no haber sabido aprovechar las ocasiones, de envidiar (no precisamente de forma sana) el éxito de los próximos, de autocompadecerse por lo que se quiso ser y no se supo, o no se pudo, alcanzar.

Ese es quizá el mejor mérito del film, esa intrahistoria del propio Brad hablando para sí mismo, comparándose permanentemente con los demás, encelándose del que cree triunfo de los otros, aunque a la postre comprenda que su propia miopía le impida ver que ni son tan triunfadores ni, si lo son, quizá mereciera la pena haber llegado a serlo. Film muy yanqui, tienen un tono amargo que entronca con un cierto cine de crisis existencial que hunde sus raíces (de forma muy distinta, desde luego) en obras como El compromiso (1969), de Elia Kazan, aunque la película del grecoamericano es, por supuesto, muy superior. Pero late aquí también esa desesperación por lo que pudo haber sido y no fue, la nostalgia de la juventud en la que todo parecía posible, la melancolía de haber perdido todas las vidas que no vivió.

White se revela como un director interesante, con buen tono general, haciendo un retrato a la vez acerado y tierno de su protagonista, este hombre mediocre que no se resiste a serlo, este “middle-class” que se creía llamado a comerse el mundo y ahora se encuentra con el que mundo se lo ha comido a él: o quizá no tanto, y no ha sabido entender que no todo el mundo puede ser especial, como se lamenta, sobre todo porque esa “especialidad” es, con frecuencia, fatua e impostada, falaz y presuntuosa: vacía.

Film irregular pero con ráfagas de buen cine, el autorretrato del personaje central es lo mejor; no tanto sus relaciones con los demás, donde el guionista-director se muestra algo más torpe. Un final con apariencia conformista quizá cuadre con la moraleja que se espera, si bien la forma de llegar a ella no sea del todo convincente.

Ben Stiller se esfuerza en uno de sus escasos papeles dramáticos, quizá deseoso de conseguir (por qué no) el Oscar que acaso cree merecer, como su propio personaje: tal vez Stiller sea también, a su manera, un Brad que se ha quedado en cómico de astracanadas cuando quiso ser Laurence Olivier. Del resto del reparto nos quedamos con la serenidad de Austin Abrams, en el papel del hijo, un chico que irradia tranquilidad, por contraposición al rol de Stiller, que es un manojo de nervios. Michael Sheen, uno de los más talentosos actores ingleses de su generación, añade un nuevo personaje (éste un tanto estrambótico) a su colección.


 


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101'

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Qué fue de Brad - by , Jan 08, 2018
2 / 5 stars
Todas las vidas que no vivió