Pelicula:

Benjamín Naishtat es uno de los nuevos valores del cine argentino. Este  bonaerense es todavía joven (cuando se escriben estas líneas, solo 33 años), a pesar de lo cual ya ha escrito y dirigido, además de varios cortos, tres largometrajes, incluido el que comentamos, y otro más en comandita con otros cineastas. Su cine generalmente se plantea dentro de los esquemas del thriller o la intriga, si bien pretende llegar más allá que una simple (o no tan simple...) propuesta de género.

Claro que, a la vista de esta Rojo, segundo film de Naishtat estrenado en España, tras El movimiento (2015), una cosa son las intenciones y otra los resultados. La acción se desarrolla en Argentina, en la provincia de Córdoba en concreto, localización fundamental de la película, en el año 1975. Gobierna el país, tras la muerte de Juan Domingo Perón, su esposa, María Estela Martínez de Perón, que era su vicepresidenta en el fallecimiento del mítico general. El país se desangra en enfrentamientos entre militares y paramilitares contra los guerrilleros ultraizquierdistas agrupados en facciones como Montoneros, de origen peronista, y también otros de génesis marxista. En ese contexto, Claudio, un respetado abogado del lugar, espera a su mujer en un restaurante en su pequeña ciudad; un individuo le conmina de malos modos a cederle la mesa, ya que aún no ha pedido, a lo que el letrado accede. Poco después lo humilla ante todos; a la salida, el individuo le agrede y, finalmente, se pega un tiro. Claudio se verá entonces inmerso en una espiral cuyo desenlace no puede prever...

Se supone que Rojo es una denuncia sobre la gran mayoría del pueblo argentino que, llegado el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, perpetrado por las fuerzas armadas, a cuyo mando estaban los generales Videla, Massera y Agosti, miró para otro lado, cuando no respiró aliviado de que se acabara la interminable y estéril confrontación entre militares y paramilitares y guerrilleros de extrema izquierda. Lo que pasa es que la forma en la que Naishtat lo plantea es cualquier cosa menos cinematográfica: con un guion deslavazado en el que se entrecruzan varias historias, algunas manifiestamente irrelevantes, como la de los ensayos del grupo de danza colegial donde interviene la hija del protagonista, o la de la representación del mago incluida en el último tercio del metraje, la historia avanza a trompicones, al arbitrio de su guionista y director, haciendo que los personajes actúen al margen de criterios ineludibles en cualquier libreto, como son la coherencia, la verosimilitud y la racionalidad, entre otros. Cuando la credibilidad de una historia se inmola en el ara de la conveniencia y los intereses de su autor, malo.

Eso es lo que pasa en una historia con un comienzo inquietante y potente, con la secuencia en el restaurante en el que se masca la tragedia que, sin embargo, no llegará hasta poco después, más bien inopinadamente, en las afueras del establecimiento. Sin embargo, a partir de ahí la película baja el pistón y se dedica a dar bandazos: ora denuncia del sinfín de latrocinios que se cometieron sobre el patrimonio de los huidos por causa de la política, ora incorpora un eclipse de sol total que no se sabe muy bien qué quiere decir en términos de la película, e incluso se utiliza el clima de violencia para estúpidas venganzas adolescentes que preludia el clima de terror que la dictadura, a partir del golpe de estado de marzo de 1976, impondría en el país.

Muchos palos (en su acepción flamenca), entonces, y poca concreción, con un final ciertamente irrisorio, por no decir ridículo, terminando con ello de rematar una película con excelentes intenciones y buen planteamiento pero horrible resolución.

Es cierto que Darío Grandinetti, que es muy buen actor, consigue resolver adecuadamente su personaje, a pesar de las incoherencias y disparates que el guionista y director le obliga a ejecutar; el resto está correcto; alguno de ellos, como el chileno Alfredo Castro, leyenda del cine de su país, se ve compelido aquí a un personaje extraño, como si el detective Colombo se hubiera convertido a alguna ultramontana secta cristiana... La hija de Darío, Laura Grandinetti, apunta maneras, aunque es obvio que le falta mucho por aprender.
 
La película, sorprendentemente, consiguió en el Festival de San Sebastián 2018 la Concha de Plata al Mejor Director y al Mejor Actor (Darío Grandinetti), además del Premio del Jurado a la Mejor Fotografía (Pedro Sotero), un ramillete de galardones que evidencian que el nivel del viejo certamen donostiarra no debió ser muy alto ese año...


Rojo - by , Aug 17, 2019
1 / 5 stars
La credibilidad inmolada