Película: Tres caras

Lo cierto es que lo de Jafar Panahi tiene mérito: encarcelado hace unos años en su país por supuesto atentado contra la seguridad del estado (vale decir hacer cine con una mirada libre), cuando se le juzgó se le impusieron, entre otras penas, la imposibilidad de rodar películas en Irán, pero también la prohibición de salir del país, en ambos casos por un período de 20 años. Pero como, afortunadamente, estos no son los tiempos en los que para rodar una película había que movilizar prácticamente un ejército de profesionales, Panahi se las ha arreglado para, hasta la fecha de escribir estas líneas, rodar cuatro films, todos ellos en la clandestinidad, con escasísimo personal técnico y artístico y un equipo de cámaras que a veces se limita a un simple iPhone. Esas cuatro obras hechas en la ilegalidad son Esto no es una película (2011), Pardé (2013), Taxi Teherán (2015) y esta Tres caras.

En esta ocasión, también como en las anteriores, Panahi profundiza en un estilo que mezcla con habilidad realidad y ficción. En este caso, el director de cine llama a una famosa actriz de cine y televisión de nuestro tiempo, Behnaz Jafari, mostrándole un vídeo que ha recibido en el móvil, procedente de una muchacha, Marziyeh, que vive en Mianeh, en las montañas de la región azerí del país, al Noroeste de Irán, precisamente donde nació Panahi. En el vídeo se muestran supuestamente las últimas palabras de una chica que, tras la negativa de su tradicional familia a que curse estudios de interpretación en el Conservatorio de Teherán para convertirse en actriz, está decidida a quitarse la vida. Behnaz y Panahi se trasladan en coche hasta las montañas de Mianeh para conocer qué hay de verdad en la historia que les ha contado la chica a través del vídeo...

Como queda dicho, Panahi es un consumado experto en mezclar realidad y ficción; ya lo hacía cuando eso era casi impensable, al principio de su carrera, en películas como El globo blanco (1995) y El espejo (1997). Ahora su técnica es mucho más depurada, y la diferenciación de qué es documento o reportaje y qué es inventado es ciertamente complicada, a ratos inextricable. Pero lo verdad es que, en el fondo, se nos da una higa si la historia es verídica o apócrifa, o qué parte lo es y cuál no lo es. Se puede colegir que en el fondo la historia de la joven Marziyeh es cierta, quizá sin el elemento más controvertido, el supuesto intento de suicidio: no es difícil imaginar que en un pueblo perdido de la mano de Dios (o de Alá...), donde la tradición es ley, donde la mujer nace para ser hija, hermana, esposa, madre y nada más (alguno dirá “y nada menos”; pero es que hay algo más: ser mujer, y decidir si se quiere ser todo lo demás), que una de las suyas pretenda ejercer de actriz, con la pésima fama que la bohemia, la farándula y el teatro tienen entre las clases más conservadoras (y en Irán ser “muy conservador” es mucho...), no debe ser precisamente plato de gusto.

Así que, en principio, podemos colegir que la anécdota inicial es cierta, aunque en este caso recreada bajo los ropajes del docudrama; el resto sí que podemos reputarlo como documental puro: las conversaciones de Panahi y Jafari con los lugareños, el exagerado (o así nos parece a los occidentales, tan descreídos) sentido de la hospitalidad de estos, su vida regida por viejos códigos que, probablemente, hunden sus raíces en siglos atrás, cuando los iraníes abrazaron el islam como religión; todo ello remite a diálogos improvisados con la gente del lugar, con alguna indicación inicial por parte del director pero con las palabras propias de los campesinos.

Hecha a base de largos planos secuencia de una perfección extraordinaria, jugando con el plano estático con una parsimonia que a cualquier cineasta occidental le daría pavor, Tres caras es, finalmente, el retrato translúcido (porque una de esas caras, la de la anciana, no llegamos a verla) de tres actrices, tres mujeres iraníes: la anciana que lo fue todo antes de la Revolución, y que a la llegada al poder de Jomeini y sus secuaces se vio proscrita y aún tuvo que agradecer salvar la vida; la actriz madura, en su pleno apogeo, una mujer que, con las limitaciones habituales en el régimen para con las féminas, está pudiendo realizarse como tal; y la jovencita aspirante que ansía salir del pavoroso futuro que la espera, siempre a la sombra del padre, del marido, del hijo.

Esas tres caras nos dan un retrato, quizá en sepia, del Irán actual, o al menos de sus mujeres, es una metáfora sobre tres vidas a las que la Revolución islámica ha influido de forma determinante en su devenir. Pero también forma parte de ese retrato el paisaje y, sobre todo, el paisanaje, compuesto por los hombres (muchos) y mujeres (pocas) del lugar, que hablan de sus usos y costumbres, alguna tan peregrina o extravagante como la que cree a pies juntillas que enterrar el prepucio (“un trozo de piel”, lo llaman...) de un circuncidado le puede facilitar ser médico o ingeniero, si se le da tierra cerca de un hospital o una universidad...

Film atípico, como casi todos los de Panahi, y más en las peculiares circunstancias en las que se ve obligado a rodar su cine, lo cierto es que esas mismas dificultades parecen agudizarle el ingenio para hacer este tipo de películas de escasísimo presupuesto pero notable intencionalidad y virtuosa utilización del lenguaje cinematográfico.

El propio Panahi, como es habitual en su cine clandestino, es uno de los protagonistas; la otra pieza actoral fundamental es la actriz Behnaz Jafari, que se autointerpreta, y en la que es difícil, como en el resto de la cinta, saber cuándo es la actriz y cuándo la mujer; a lo mejor es ambas cosas siempre...

El film obtuvo merecidamente el Premio al Mejor Guion en el Festival de Cannes, además de otros galardones en los certámenes de Sâo Paulo, Anatolia y Hamburgo.


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100'

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Tres caras - by , Nov 26, 2018
3 / 5 stars
Entre la realidad y la ficción