Pelicula:

Que Estados Unidos es un gran país no parece que sea objeto de debate; que, además de sus cosas estupendas, tenga también otras execrables, tampoco parece estar en cuestión. Por ejemplo, en el asunto tocante a los menores y el trato que la administración les otorga; recuérdese, sin ir más lejos, que es el único país del mundo civilizado que condena a cadena perpetua a los menores de edad. Este film, White boy Rick, va de eso, pero también, y sobre todo, de cómo el estado puede arruinar la vida de un chico de 14 años obligándole a ser confidente y, con ello, abrir una caja de Pandora que terminaría por destrozarle la existencia.

Sobre unos hechos lacerantemente reales, se nos cuenta en el film la historia de Rick Wershe Jr., un chico de 14 años que, en el Detroit de 1984, ha dejado la escuela fascinado por el trapicheo de armas que lleva a cabo su padre en su propia casa, en un degradado barrio de la ciudad. Cuando el FBI le conmina a actuar de informante en temas de narcotráfico, el chico accederá, en parte para salvaguardar a su padre, cuya actividad entre lo ilegal y lo alegal es de conocimiento del Buró Federal de Información, aunque también por conseguir un dinero fácil y (teóricamente) sin consecuencias negativas...

Es el tema del film, entonces, no solo la abyección de un sistema que permite que menores sean utilizados como confidentes y que puedan ser condenados a penas de prisión sin que tiemble el pulso de los jurados y los jueces que los juzgan, sino también ese mismo sistema que tolera, incluso diría que fomenta, las familias desestructuradas como la aquí representada, con la madre huída por el espantoso panorama del hogar; el padre, con la cabeza llena de castillos en el aire; la hija mayor descerebrada y cuya única vocación en la vida es acostarse con el novio, aunque sea un hijoputa, y meterse en vena, o en nariz, o en garganta, cualquier cosa que la ponga en órbita y la haga olvidar, aunque sea solo un rato, el infierno en el que vive; y el hijo menor, adolescente, que ha abandonado la escuela porque no encuentra motivación alguna, tan analfabeto como para no saber qué es una metáfora, y cuya arrogancia y jactancia de púber estúpido (perdón por la redundancia) le llevará directamente a la ruina vital.

Yann Demange, el director, es un parisino que ha hecho toda su carrera como director en el Reino Unido, su país de adopción, mayormente con cortometrajes y series de televisión, además de un único largometraje, ’71 (2014), sobre el lacerante conflicto irlandés en sus inicios, en ese año 1971 del título. Ahora da el salto al cine norteamericano con este film indie que, sin embargo, no termina de encontrar su punto.

Aunque temáticamente es interesante, sobre todo por la denuncia que supone de un sistema darwinista en el que, sin embargo, el individuo (si es pobre y desheredado de la fortuna, como es el caso) cuenta bien poco, y no digamos sus derechos, el guion no es precisamente una obra de orfebrería: va dando bandazos argumentales, entre el conflicto familiar, los problemas del padre y el hermano con la chica yonqui, la relación del chaval con lo peor del barrio, los sueños de grandeza del padre, la execrable coacción del FBI para usar al adolescente para sus fines... Demasiados “palos” (por usar el término flamenco) y, también, no demasiado bien enjaretados por Demange, al que este salto al cine USA parece haberle venido grande. Habrá que darle más oportunidades, porque ’71 tenía interés y parecía presentar a un cineasta con personalidad; aquí, desde luego, no la demuestra, sin por ello restarle méritos a su intento de poner en pantalla a quienes normalmente no aparecen nunca en ella, esos parias que, aunque sean blancos, como en este caso, tienen casi las mismas posibilidades de resultar apisonados por la inicua maquinaria estatal como los negros.

En la interpretación nos quedamos con Matthew McConaughey, que sigue confirmando que la madurez le ha sentado estupendamente; es una pena que gente tan buena como Jennifer Jason Leigh o los veteranísimos Bruce Dern y Piper Laurie, auténticas instituciones del cine USA, tengan papeles que no les permiten lucimiento alguno, que ellos resuelven de un plumazo, con la sencilla maestría de los grandes. No se puede decir lo mismo del protagonista real, Richie Merritt, el “blanquito Rick” del título, un actor de escasos recursos y tendencia a la cara de palo para cualquier ocasión; es cierto que es su primera película, pero mucho habrá de mejorar, me temo, para tener un porvenir dentro de la interpretación. Aquí su personaje, ese confidente a ratos cargado con un pato de peluche gigante (la paradoja del niño en un trabajo de hombre, y de hombre de oficio tirado...), no termina de conectar con el espectador, que lo ve declamando sus diálogos pero sin más convicción que si leyera la lista de la compra del supermercado...


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111'

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White boy Rick - by , Feb 15, 2019
2 / 5 stars
El confidente con un pato de peluche