Serie: El juego del calamar

El juego del calamar ha sido sin duda el acontecimiento audiovisual del año 2021. Estrenada en Netflix, que ha sido su distribuidora a nivel mundial, se ha convertido en el título más visto en la popular plataforma en toda su historia, suponiendo ciertamente un fenómeno que ha generado litros de tinta (y no precisamente de calamar...), en papel, pero también, y sobre todo, en los formatos digitales más propios de nuestro tiempo.

La acción se desarrolla en nuestros días, en Corea del Sur, centrándose fundamentalmente en el personaje de Gi-hun, un tipo odioso, ruin, con todos los defectos imaginables en un ser humano: rencoroso, mezquino, miserable, vago como él solo, apenas dura en los trabajos infectos en los que se coloca, es ludópata (de los que se juegan el dinero en las carreras de caballos), y llega a robarle la tarjeta de crédito a la madre para apostar una vez más; tiene una hija como de 7 años (única persona en el mundo que realmente le importa), cuya custodia la tiene su exmujer; el tipo fantasea en su delirio de imbécil con ganar mucho dinero con el que conseguir pagar las abultadas deudas que ha contraído con gente pavorosa que le exige la devolución de sus préstamos so pena de sufrir en su integridad física, y después poder vivir con su hija recuperando la custodia. Está en una situación límite cuando un tipo trajeado le invita a jugar a un juego infantil. De ese juego sale la posibilidad de intervenir en uno mucho mayor y con premio estratosférico. Tras llegar al lugar donde se va a celebrar ese juego, encuentra allí a otros muchos jugadores, siendo Gi-hun el último con el número 456; todos ellos esperan conseguir el gran premio en metálico que se ofrece, 45.600 millones de wones, la moneda de Corea del Sur, al cambio casi 34 millones de euros. Pero la primera prueba ya deja claro que el inocente juego infantil al que todos han de jugar (en España conocido como “un, dos, tres, pollito inglés”, o “un, dos, tres, al escondite inglés”; en la serie se llama “luz verde, luz roja”) puede ser, literalmente, mortal...

Ciertamente, es comprensible el extraordinario éxito de la serie, aunque quizá no tanto que se deba no solo a lo que quizá es más evidente, la competición (literalmente) a muerte de un grupo de concursantes, que optan en cada juego por continuar hacia un premio estratosférico y cada vez mayor, pero también a irse al otro barrio, sino, sobre todo, a que, en el fondo, El juego del calamar es un muy matizado a la par que ameno estudio sobre la condición humana, sobre el sistema de clases que impera en el mundo (también en los países comunistas, por supuesto...), una mirada desesperanzada sobre los desheredados de la fortuna, para los que no hay lugar en el paraíso si no es arriesgando temerariamente la vida; es también, como decimos, una visión sobre el clasismo: los ricos, obscenamente, pagarán, por puro aburrimiento de sus existencias, para ver morir a sus semejantes pobres intentando dejar de serlo.

El creador de la serie, Hwang Dong-hyuk (Seul, 1971), tiene ya acreditada una trayectoria de cineasta con una preocupación social. Graduado en la universidad de su ciudad natal, completó su formación cinematográfica en Los Ángeles, concretamente en la Universidad del Sur de California. Desde principios de este siglo XXI viene desarrollando una filmografía todavía menguada, inicialmente con cortometrajes, después con cuatro largos de ficción que fueron otros tantos éxitos en su país de origen, con gran repercusión tanto en taquilla como en la consideración de la crítica. El juego del calamar es su primera incursión en el formato de serie, y ciertamente el resultado ha sido excelente.

Es cierto que su narración es funcional; no se puede decir que Hwang sea un estiloso, pero también que en El juego del calamar la cuestión del estilo queda relegada ante la fuerza de la historia que se nos cuenta. Utiliza el creador de la serie con cierta frecuencia el recurso a los flashbacks explicativos para presentar a los diferentes personajes de la serie, aparte de Gi-hun, en especial los jugadores, que conformarán, a su manera, una especie de microcosmos del mundo, reproduciendo en sus roles los mismos defectos, también las virtudes, de los humanos a los que representan.

La historia, al menos en su planteamiento inicial, resulta un tanto elemental, pero efectiva, aunque conforme avanzan los 9 capítulos se va adensando y haciendo más compleja, a la par que los comportamientos de los personajes principales (un grupo reducido de unos seis o siete en los que se centra fundamentalmente la trama, con el resto como metafórico coro a la manera de las tragedias griegas) irán evolucionando conforme los juegos vayan haciéndose cada vez más complicados, cada vez más imprevisibles y arriesgados.

Estamos entonces ante una mirada ambivalente hacia el ser humano puesto en situación crítica: colocados en la tesitura de ganar o morir, se revelarán conductas insospechadas incluso en aquellos que parecían más generosos y desprendidos; de la misma manera, alguno que parecía la hez de la Tierra demostrará una altura moral, ética, probablemente impensable. Asistiremos entonces, en el desarrollo de los distintos juegos a las distintas formas de afrontar la posibilidad de la inminente muerte, desde la capacidad de algunos para el sacrificio, para el apoyo y la solidaridad, hasta la recurrencia a la trampa, a la emboscada para sobrevivir, al sálvese quien pueda.

La teórica acción única se enriquecerá con algunas subtramas incluidas en el mismo escenario, como una cierta resistencia clandestina en los guardianes (aunque una resistencia de marcado objetivo económico, que no ético) y cierto agente de la ley que andará también de por medio, aunque con una motivación muy personal. Es cierto que esas subtramas, en especial la primera, no aporta gran cosa a la central, pero permite cierto “aireamiento” del tema único.

Estamos entonces ante una obra audiovisual que, en sus nueve capítulos, presenta un producto lleno de tensión y fuerza, pero también una mirada con luces y sombras sobre la condición humana y la actitud de mujeres y hombres ante la inminencia de la muerte. Será también la comprobación de que en todo ser humano, incluso en los de más baja ralea, puede anidar un hombre justo, una mujer justa. No siempre la presión intolerable hacia la muerte deviene en un egoísmo a todo trance, viene a decir Hwang, sino que precisamente puede desembocar en dar lo mejor de nosotros mismos.

Es curiosa la utilización en la serie de algunos toques cultistas interesantes: así, es frecuente la utilización de músicas clásicas, como la que invariablemente escuchan de fondo los jugadores en cada uno de los juegos, El Danubio azul... y, más eruditamente (porque al fin y al cabo la partitura de Johann Strauss es conocida por todo el mundo,  incluso por los no melómanos), la arquitectura de las escaleras de colores pastel por las que transitarán los jugadores y sus guardianes entre juego y juego recuerdan poderosamente a las recurrentes escalas pintadas por Escher, que no es precisamente tan conocido, ni mucho menos, como Velázquez o Van Gogh, por citar a dos pintores sumamente populares.

Buen trabajo actoral, teniendo en cuenta que la escuela interpretativa oriental (hablamos de los países de etnia chinesca) tiende a una cierta sobreactuación que está más que aceptada por sus paisanos, aunque a los occidentales nos rechine un tanto. Gran trabajo, en ese sentido, el del protagonista, Lee Jung-jae, sobre el que pesa toda la carga del protagonismo de la serie, y que habrá de matizar su personaje con la evolución que experimentará a lo largo de una tan brutal experiencia, una peripecia vital absolutamente devastadora. Por encima de él, el veterano Oh Yeong-su, actor fundamentalmente teatral, hace una virtuosísima composición de su personaje, el viejo desvalido que, sin embargo, propiciará más de una sorpresa en la trama...

(31-10-2021)


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El juego del calamar - by , Oct 31, 2021
4 / 5 stars
Ganar o perder (la vida)